lunes, 24 septiembre, 2018

#StopSuicidioDemográfico por el bien de nuestros hijos


Hay batallas que hay que seguir dando porque alguien las tiene que mantener abierta en el debate público. Por eso es tan de agradar que la biblioteca del periódico ABC acogiera el I Foro Stop Suicidio Demográfico donde una selección de los mejores representantes intelectuales sobre la materia se dieron cita para analizar la realidad. Y la realidad es terrible.

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Lo es desde el punto de vista humano, desde el sociológico, pero también desde el económico. La llamada pirámide de población hace tiempo que se asemeja a un hongo radiactivo, con una base cada vez más estrecha que tendrá que soportar el peso de las pensiones de aquel boom demográfico de los 60 y los 70. Cuando los niños que hoy juegan alegres en los parques, hiperprotegidos por unos padres entrados en años que retrasan la decisión del primero y solo con ese se quedan, con un nivel de vida increíblemente alto porque no tienen que compartir con más hermanos, lleguen a adultos, soportarán con su trabajo su propia vida, la de su s padres jubilados, la de sus ancianos abuelos y tal vez, quién lo sabe, la de sus hijos.

Pero, ¿por dónde empezamos a deconstruir este proceso? Me gusta la idea que defiende María Teresa López López, catedrática en la Universidad Complutense, especializada en el análisis de políticas públicas aplicadas a la familia.

image2Explica con mucho acierto que no hay ninguna persona en su sano juicio que decida convertirse en padre por el dinero que va a recibir de las autoridades. Padres y no padres se hacen cargo del esfuerzo económico y emocional que supone tener descendencia. Un esfuerzo dilatado en el tiempo, con un inicio pero sin un final, un esfuerzo plagado de alegrías y satisfacciones pero que no se elige por que un presidente conceda 2.500 euros al recién nacido.

Para López, la clave se sitúa en otro punto. Las encuestas sociológicas demuestran que, con las condiciones económicas adecuadas, las parejas jóvenes sí querrían tener hijos. Son factores como la temporalidad en los los contratos, las escasas perspectivas a largo plazo o las trabas que el mundo laboral pone a los futuros padres los factores esenciales de esta falta de hijos. Después, esta realidad se disfraza y justifica con la idea del hedonismo y el materialismo, de una juventud que se niega a ceder en comodidad. Pero lo cierto es que si descendemos al corazón de cada persona, es el miedo paralizante lo que más los desmotiva.

Si esa voluntad de hacer familia ya existe y las políticas económicas, que suponen un gran gasto, no sirven para incentivar la natalidad, lo que nos queda por hacer para evitar el suicidio demográfico en el que estemos inmersos es retirar los obstáculos que impiden a las parejas jóvenes cumplir con sus deseos. El reto pasa, sobre todo, por la toma de conciencia. Tenemos que dejar claro que el problema del envejecimiento nos va a azotar a todos por igual con mucha mayor virulencia que el tan cacareado del cambio climático. Mientras tanto, nuestro futuro se presenta como una lenta agonía que ha perdido de vista lo fundamental: el centro debería estar siempre en la persona. Hoy, lo tenemos en las cosas.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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