lunes, 16 julio, 2018

Los chicles pegados que pagamos todos


Subo en un ascensor en el Metro de Madrid que, he de decir, está limpísimo, dado el volumen de personas que por él transitan, limpiandomás aún si se compara con el metro de cualquier otra ciudad de relumbrón. El techo, una luminaria moderna compuesta por una placa de acero y múltiples círculos de cristal, ha sido “decorado”, no sin esfuerzo, por alguna mente poco pensante que ha colocado un chicle masticado en el centro de cada lucecita. Hay que tener ganas, y chicles, y saliva, bueno, mala baba, porque ahora alguien pagado indirectamente con mis impuestos tendrá que encaramarse a una escalera y retirar con esmero la dudosa obra de arte de un gracioso al que imagino riendo entre dientes como hacen mis hijos cuando oyen la palabra “caca”.

Meditaba sobre los costes que asumimos por la falta de civismo de algunos que, curiosamente, es poco probable e contribuyan a través de los impuestos a financiar los desperfectos que ocasionan. Así es la vida: unos rompen mientras otros arreglan o, quizá, unos rompen porque otros arreglan.

Los vecinos del barcelonés barrio de Gracia saben bien lo que supone que unos energúmenos resuelvan sus problemas a pedradas y verbalicen su protesta en forma de escaparate triturado y contenedor achicharrado. Son hijos de un tiempo en el que hasta la kale borroka se defiende como vehículo para la libertad de expresión. Es la era de los falsos derechos.

Ahora que Hacienda nos aprieta el bolsillo, sobre todo a esa extendida clase media que se sabe vigilada hasta el extremo y que paga limpiando2por lo que los no vigilados desvían a los panamás de turno, a uno le duele más que una parte de lo que pague esté destinada a restituir los cristales rotos en Gracia por quienes se han enfadado por qué les quitaran lo que no es suyo, por ridículo que parezca. Le duele más pensar que de la jornada laboral de un operario de limpieza, habrá que descontar los buenos veinte minutos que tardará en quitar los chicles que llegaron hasta el techo por la libre y deliberada acción del hombre.

Si calculásemos todo el dinero del que dejamos de disponer por culpa del incivismo de algunos, detrás de cada grafiti marrullero veríamos los euros que nos faltaron para llegar a final de mes y que se nos van en forma de impuestos. La falta de civismo no sólo demuestra una carencia absoluta de educación, sino un desaforado egoísmo basado en extendida confusión que asimila la libertad con la irresponsabilidad. Somos libres para el bien y el mal, pero en una sociedad civilizada organizada en función de parámetros que faciliten la vida en común, el mal tiene consecuencias.

El egoísmo de los incívicos va más allá. No sólo suponen una carga para todos por lo que destrozan, sino por lo que gastan. El incívico que con su comportamiento aligera nuestros bolsillos disfrutará, no obstante, de los servicios sociales que le ofrece la misma comunidad a la que agrede.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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