sábado, 22 septiembre, 2018

El agradecimiento y la relatividad


ciudadDe entro los muchos índices con los que se mide el desarrollo -o la falta de desarrollo-, hay uno que siempre me llama la atención: el índice de pobreza relativa. Es distinto del índice de pobreza, que se mide de manera absoluta sobre un criterio común, como los ingresos diarios.

El índice de pobreza relativa mide la brecha económica entre el nivel de la mayoría de la población y el nivel más bajo. Y considera que padecen esa pobreza relativa los que, en un entorno social determinado, carecen de aquellos elementos que los acercan a la media, aunque no sean lo que popularmente llamaríamos “pobre de solemnidad”. Así en un país desarrollado, puede considerarse pobre desde una perspectiva relativa a una familia que coma todos los días y duerma bajo techo pero no tenga televisión.

Hace unos días estuve paseando por uno de esos entornos que se consideran de lujo. La riqueza de las tiendas nos sorprendía con precios que considerábamos imposibles. Per nos sorprendía más aún que de ellas pudieran salir clientes cargados de bolsas. Las maravillosas casas a los lados de la calle, los restaurantes impolutos, la ropa de aquellos con los que nos cruzábamos, nos hicieron sentir “relativamente pobres”. Nuestro estilo de vida está realmente alejado de la mediana del lugar.

cieloAl caer el día tuve la suerte de poder charlar con un inmigrante afincado desde hace diez años en el país. La familia se dividió hace años cuando a su mujer le surgió una buena oportunidad en Londres, donde vive con los dos hijos. Él se siente privilegiado por trabajar en una casa en la que tiene alojamiento: un pequeño habitáculo. Se exprime trabajando para enviar algo de dinero a su suegra que se afana por levantar, ladrillo a ladrillo, una casa para que un día la familia pueda regresar. Entonces me sentí “relativamente rica”.

Es sabio el refranero cuando nos asegura que “las comparaciones son odiosas” y que todo depende “del color del cristal con que se mira”. Porque me doy cuenta de que, superada una pobreza radical, la que impide cubrir nuestras necesidades básicas y tener satisfechos nuestro derechos fundamentales, nuestro grado de felicidad respecto a nuestro estatus económico es, si se me permite el oximoron, “absolutamente relativo”.

Nuestra sensación de bienestar depende, en buena medida, de si miramos hacia los más ricos o hacia los más pobres. El deporte de mirar a los ricos se ha convertido en estrella en una sociedad individualista hasta el extremo que justifica la envidia como el trampolín al crecimiento. Y cuando miramos hacia abajo y nos descubrimos privilegiados, caemos en el relativista que tiende a magnificar los problemas propios por minúsculos que sean.

Solo hace falta un cambio de actitud, un enfoque basado en el agradecimiento, para que nos sintamos enormemente afortunados, “relativamente ricos”, y aunque nos sepamos “relativamente pobres”, nos tengamos por absolutamente felices.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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