domingo, 20 mayo, 2018

Nadie tropieza con una montaña


Adiciones msolano 20160509 foto1Es curiosa la cualidad común de los autores que se perpetúan en el tiempo y se mantienen tan frescos como el día en el que, negro sobre blanco, sus originales vieron la luz. Hablan, todos ellos, en novela, en ensayo, en teatro, el formato es lo de menos, de las cosas que atañen al corazón de los hombres. Y como el corazón de los hombres poco ha variado con el paso de la historia, que solo muda el contexto, se leen hoy igual que ayer, igual que cuando fueron creados.

Eso me estaba pasando con una entretenida antología de artículos de Chesterton. Por más que le caigan los años encima, es poco probable que esa fina ironía del británico pase de moda. Sus ensayos son tan breves y bien trabajados como profundos. Me detenía en uno de peculiar título, como todos ellos: “Las ventajas de tener una sola pierna” (Correr tras el propio sombrero, Acantilado, 2009). No les desvelo el relato pero sí el tema que subyace: somos capaces de sobrellevar las grandes adversidades con mayor facilidad que las pequeñas.

Uno de los símiles que plantea Chesterton es que, mientras caminamos, podemos tropezar con una piedra del sendero, pero nadie tropieza con la montaña entera. Sin embargo, de piedra en piedra, la vida se nos puede hacer tan complicada que perdamos en el camino la fuerza necesaria para llegar a la cima, sea cual sea el objetivo que buscamos con el ascenso.

Adiciones msolano 20160509 foto2Pienso muchas veces en la absurda desazón que me produce llegar al andén del Metro y que me falte un buen rato para que pase el siguiente tren. Es ridículo por dos motivos: el primero, nunca tardan demasiado en pasar; el segundo, es más probable llegar al andén y que el tren no esté que llegar y que nos esté esperando (cuestión de estadística y minutos disponibles).

¿Por qué a veces nos dejamos llevar por estas piedras tan minúsculas? ¿Por qué nos amarga el día encontrar el atasco esperado en cada amanecer con lluvia? ¿Por qué perdemos la paz con nimiedades que, para colmo, escapan a nuestro control? Si nos obsesionamos con esas piedras minúsculas, enturbiamos el camino que nos conduce a la cumbre.

Llama la atención esta tendencia a sentirnos ofendidos por el mundo cuando nos toca rellenar el azucarero, cuando la colada sale desteñida, cuando no nos responden al otro lado del teléfono o nos importunan para vendernos algo. Llama la atención si se compara con la capacidad que tenemos de sobreponernos a grandes piedras, coger al toro por los cuernos y buscar soluciones de inmediato.

Quizá el problema de fondo es que cada vez somos menos capaces de mirar hacia lo alto de la montaña, por miedo, por desconocimiento, por falta de costumbre. Con los ojos clavados en el suelo, el fin deja de importar porque solo vemos los medios. Y cada piedra, por minúscula que sea, se nos antoja infinita si no tenemos con qué compararla.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

Comentarios

  1. Muy buena entrada. Gracias por compartir. Tropezamos por creer que las piedras son montañas, nos falta visión exacta de la realidad.

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