lunes, 23 octubre, 2017

El arte de pasear (2ª parte)


Parajes abiertos para que el alma se levante
y se engrandezca con el aire y el cielo libre.

Séneca.

Karl Gottlob Schelle fue un profesor de filosofía nacido en 1777 que escribió un libro cuyo título ha dado pie a esta pequeña serie de artículos: «El arte de pasear». Sabemos que murió en un manicomio y que fue editor de Kant, aunque seguramente no haya relación entre una cosa y otra.

El libro se inicia con una de esas deliciosas dedicatorias en las que el escritor rinde pleitesía a su mecenas. En este caso se trata de Su Alteza Serenísima Leopoldo III. Seguramente, la historia de la filosofía y el arte contemporáneas hubieran sido bien distintas si esta relación entre mecenas y artistas se hubiera mantenido en los mismos términos, ya que la obligación de producir algo de valor que sea reconocido por el individuo que va a disfrutar de la obra acaso sea más interesante que la creación que busca el refrendo del mercado, o de esa entelequia llamada «público» o, no digamos ya, los que escriben para sí mismos.

El arte de pasear

El arte de pasear

Encontramos dos prólogos: uno dirigido a los críticos de arte y otro a los lectores. A los primeros Schelle ya les dice algo que resultaba muy pertinente en esa época —pienso en los inminentes libros de Hegel—: que se están olvidando de reflexionar sobre la vida y declara su intención de que el presente ensayo contribuya a «la necesaria introducción de la filosofía en el mundo». En el segundo prólogo, Schelle reivindica la condición artística del paseo en razón de la gran variedad de impresiones que la naturaleza causa en el paseante. En la página 27, Schelle revela a quiénes se dirige su tratado: «Un arte de pasear interesaría a todo individuo culto, capaz de valorar la posibilidad de deambular por la naturaleza en cuerpo y alma».

En la Introducción, Schelle señala que somos «seres de dos mundos», ya que nuestra naturaleza es pensante, pero al mismo tiempo tenemos necesidades físicas. Esta doble realidad es el origen de una tensión que anida en el hombre (p. 29): «como seres pensantes deseamos […] librarnos de las opresoras ligaduras de lo físico […] pero las leyes de la existencia física ponen barreras de todo tipo a nuestra capacidad de raciocinio». Analiza nuestro autor la causa de nuestro bienestar (p. 30): «pero no sólo el bienestar físico depende del movimiento del cuerpo: también depende de él el bienestar psíquico en virtud de la influencia mutua entre cuerpo y mente». La introducción concluye con una interesante revelación (p. 31): «pasear está lejos de ser únicamente una actividad física, y muy bien puede ponerse de relieve su valor espiritual».

El siguiente capítulo se titula «Pasear no es un mero movimiento del cuerpo». Atención a la interesante idea que el escritor nos presenta y al modo en que la expone (p. 33):

Para sentirse conmovido por los encantos de un paseo y llegar a tener la necesidad psíquica de pasear se precisa cierto grado de formación […] que no cualquiera posee; y por ello, como es natural, un simple jornalero no puede experimentar el grato placer del paseo. No obstante, a este grupo pertenece también todo el conjunto de individuos insensibles cuyo espíritu no se mueve ni se conmueve por nada, y que tan sólo hacen de manera mecánica aquello que en la persona cultivada genera una necesidad intelectual.

Seguidamente, nuestro autor se pregunta por el tipo de actividad intelectual que conviene al paseo. Tras rechazar cierta clase de pensamiento que acaso pueda interesar al lector de La mirada infinita —p. 34: «no tiene como finalidad seguir estudios físicos o metafísicos, resolver problemas matemáticos o repetir la historia. En resumen, no tienen como finalidad la meditación»—, Schelle se decanta a favor de que la mente deambule de una cosa a otra (p. 34): «no se debe tensar la atención de la mente; ha de ser más bien un juego agradable antes que algo serio. Ha de vagar sobre los objetos con ligereza».

Templo de Venus en el Jardín de Wörlitz, a orillas del Elba

Templo de Venus en el Jardín de Wörlitz, a orillas del Elba

El capítulo tercero se titula «Sobre el paseo en general». Schelle tiene una visión romántica del asunto y se muestra partidario de cierto tipo de hermosura conectado con la naturaleza: amaneceres, valles, prados, montañas son su principal inspiración. De nuevo vemos la impronta romántica de nuestro autor en su creencia de que (p. 38): «Sólo cuando se abandona a sus impresiones, el alma ingenua y no sólo pasiva consigue la única disposición interior favorable al paseo y la naturaleza sus efectos más plenos y puros para alegrar el espíritu».

En el capítulo cuarto —«Intereses del espíritu y condicionamientos al pasear»—, nuestro artista del paseo afirma que (p. 41): «el interés del paseante por la naturaleza debería ser de orden estético. Sólo la contemplación estética de la naturaleza produce el libre juego de las facultades del alma». Aparece un nuevo objeto de la atención: el ser humano. Schelle evalúa el paseo en compañía de otros y hace referencia al libro anterior que hemos comentado en esta serie (p. 42):

[aquel] que se desfoga en los paseos, perdiéndose al tiempo en consideraciones morales e intelectuales sobre el lujo, la decadencia de las costumbres o los avances de la cultura. Aquel cuyo estado de ánimo dominante sea éste, tampoco será capaz de pasear en compañía de otros: en su presencia no encontrará materia para alegrar su ánimo enfermo, y sólo se disgustará más. En cierto modo éste fue un error de Rousseau, y de ahí se explica su relación demasiado unilateral con la naturaleza.

Sólo puede pasear quien tenga serenidad de ánimo, según Schelle. Además se requiere de (p. 42) «unos condicionantes externos propios del lugar y que no están en poder del paseante». El lugar donde estas condiciones están presentes es la gran ciudad. La ciudad pequeña tiene el inconveniente de que se encuentra uno con muchos conocidos y eso es una fuente de distracciones. Otra recomendación importante (p. 43): «pasear es un placer libre y no coexiste con obligación alguna. Las cosas más agradables que hay en el hombre —y de seguro que los paseos los son— se convierten en una auténtica carga por la presión de las circunstancias».

Paisaje de Karl Kuntz

Paisaje de Karl Kuntz

Para ilustrar los inconvenientes de encontrarse con gente conocida, Schelle cita (p. 43) a Horacio, que en una de sus Sátiras cuenta la historia del hombre que «mientras camina absorto en sus pensamientos, es abordado por un individuo que pronto se muestra como una molestia, pues su única intención es la de obtener algún beneficio de su amistad». Pero si encontramos desconocidos (p. 44), «¡Cómo se alegra el viajero solitario de encontrar a un ser humano!».

Tras haber establecido la conveniencia del paseo por la naturaleza o por una gran ciudad, en el capítulo V —titulado «Necesidad de pasear regularmente por el campo y por los paseos públicos»— se afirma que hay que combinar los dos ámbitos para obtener todos los beneficios del paseo. ¿Cuáles son estos beneficios? (p. 48): «Pasear por el campo inspira el conocimiento de la naturaleza […] La amplitud y la libertad de la naturaleza liberan de las mezquindades de las obligaciones urbanas». La ciudad, empero, también tiene sus ventajas (p. 48): «Salta a la vista que la mente no precisa tanto de tal sublimación como de la distracción de los negocios. Tal distracción y alivio rápidos los proporciona un breve paseo por una avenida llena de gente». El capítulo concluye conectando paseo por la naturaleza y soledad, sin la cual (p. 49): «la finalidad del paseo por el campo, la contemplación tranquila y sin ataduras de la naturaleza, se perdería en la contemplación distraída de los individuos».

“Sólo puede pasear quien tenga serenidad de ánimo”

Iglesia de la universidad de Leipzig, de Ernst Wilhelm Straßberger

Iglesia de la universidad de Leipzig, de Ernst Wilhelm Straßberger

El capítulo VI se titula «Influencia del paseo solitario por el campo sobre el desarrollo del espíritu», y en él nuestro autor sostiene que los pensamientos se conforman cuando el hombre está solas, y el paseo es la ocasión óptima para ello. Leemos nuevas apologías del contacto con el medio natural —(p. 54): «Quien de tanto en tanto no sienta la necesidad del trato solitario y despreocupado con la naturaleza no es más que un hombre mediocre, que no ha llegado a dominar su naturaleza interior»— adobadas con referencias al trato que Goethe da a la naturaleza en «Werther» y el autor inglés James Thomson en su obra «Las estaciones del año».

Los capítulos siguientes se centran en diversas modalidades del paseo. El VII se titula «Paseos públicos en avenidas» y en él Schelle vuelve a relacionar la aptitud para el paseo y la clase social (p. 58): «la carencia de paseos dispuestos adecuadamente […] podría tener su origen en el hecho de que se está aún en un nivel demasiado bajo de cultura, que no incita a esta necesidad». Tras nuevas reconvenciones dirigidas a Rousseau, nuestro autor trae a colación la preferencia femenina por las relaciones sociales, de ahí que las mujeres suelan pasear acompañadas.

En el capítulo «Jardines de recreo», Schelle elogia que los jardines estén a la disposición de su propietario, lo cual permite disfrutar de la naturaleza sin perturbaciones. Hay una referencia a un hecho artístico que sólo estaba al alcance de la nobleza: los conciertos organizados al aire libre con idea de amenizar los paseos. Escuchemos la siguiente recomendación (p. 68): «cuando se pasea a alguna distancia de los músicos, la música surte un efecto magnífico en los paseos por los jardines, especialmente cuando se trata de un concierto de instrumentos de viento». Y una nueva advertencia inefable de nuestro teórico del paseo (p. 69): «No es en realidad la vida rural —pues ningún ciudadano querría cambiar su posición por la de un campesino—, sino la relación de ésta con la propia naturaleza y el contraste con los modos de vida de la ciudad que se dan en ella, lo que otorga a la vida y a los paseos del ciudadano por el campo tantos momentos gratos».

Construcción en el Jardín de Wörlitz

Construcción en el Jardín de Wörlitz

El capítulo se cierra con un interesante aserto en torno al concepto de jardín de Schelle, aún tributario del Siglo de las Luces: se trata de un paisaje embellecido, ya que (p. 69) «esta impresión se produce gracias a construcciones dispuestas de manera racional, estatuas, puentes, cenadores […] Pero siempre han de estar en una relación de subordinación con la naturaleza». Seguidamente, Schelle se refiere encomiásticamente al jardín de Wörlitz, cuya construcción ha promovido el dedicatario de la obra que comentamos.

A la comparación entre los paseos a caballo, a pie y en coche se dedica el Noveno Capítulo. El paseo a pie es el más natural ya que (p. 71) «somos totalmente libres para contemplar todos los elementos que nos rodean con la más absoluta tranquilidad de ánimo». El paseo a caballo o en coche tiene la ventaja de que es menos cansado y permite pasar menos tiempo en los parajes que no resulten atractivos. La posición elevada del paseo a caballo asimismo es elogiada. El coche debe ser abierto —ya que el coche cerrado es (p. 74) «peor que las jaulas de los animales»— y el viajero debe sentarse en el sentido de la marcha. Los paseos en barco deben emprenderse por ríos no demasiado anchos (p. 74) «para poder disfrutar de una visión completa de la tierra en ambas orillas».

Paisaje de Jan Frans van Bloemen

Paisaje de Jan Frans van Bloemen

Seguidamente encontramos unas «Observaciones particulares sobre los paseos en el campo» en el que Schelle insta al lector a no contentarse con meras descripciones campestres. Introduce una sutil distinción: no es lo mismo vivir en el campo que vivir bajo el influjo de la naturaleza. El campesino vive en el campo pero, como sus sentidos están embotados por la costumbre, p. 76) «acaba siendo insensible». Para no caer en esta situación, debemos alternar la vida en el campo y la vida urbana, y quien vive así (p. 76): «mantiene vivo el interés por la naturaleza sin que sus impresiones se diluyan, y permanece en contacto con la sociedad cultivada, la única con cuyo trato se puede despertar una necesidad tan viva de naturaleza».

Schelle compara la naturaleza con una obra de teatro que se desarrolla a lo largo de las estaciones con el fin de invitar al lector a disfrutar de la diversidad que ofrece un mismo paisaje. Ya en esta época hay individuos que no frecuentan el campo (p. 78):

Nunca saben cuándo florecen los árboles, nunca ven la semilla que brota, nunca el fruto maduro antes de verlo ya llevado al mercado, ni saben nada de la época de la cosecha. Las adorables manifestaciones de la naturaleza pasan ante ellos sin que puedan sentirlas y el gratificante avance de su gran obra de teatro de una escena a otra no lo han percibido jamás con sus propios ojos.

Schelle glosa a continuación montañas (capítulo XI), valles (capítulo XII), campos, prados y bosques (capítulo XIII) y los fenómenos de la naturaleza (capítulo XIV). El libro concluye con un capítulo dedicado a «La naturaleza según la medida de nuestras sensaciones» y con «Algunas consideraciones sobre los condicionamientos físicos del paseo». El escritor da acierta cuando imprime un sesgo psicologista al disfrute del paseo (p. 110):

Aquel que sepa que a determinados espacios naturales hay que ir con un estado de ánimo ideal para ser capaz de su disfrute, o que otros lugares únicamente hacen partícipe de su delicada dulzura y de su libertad a quien observa con infantil sentido despreocupado.

Para Schelle —y esto es lo que nos parece verdaderamente moderno de su encantador y un tanto ingenuo libro—, la esencia del paseo es intelectual, aunque el elemento físico juegue un papel importante, como es lógico dado el carácter unitario del hombre. Escuchemos su juiciosa conclusión (p. 118):

Cuando durante el paseo las sensaciones físicas se agolpan sin freno en la conciencia, la mente no tiene la libertad interior que se necesita para pasear […] Los individuos que llevan una vida sedentaria y no ejercitan sus fuerzas físicas se agotan rápidamente con un paseo. Cuando se da este caso, las sensaciones físicas se mezclan con los sentimientos y entonces la libertad del ánimo está perdida.

La libertad del ánimo: he aquí lo que encontramos nosotros que el paseo proporciona a quien lo practica. La salida a la calle o al campo es una salida de la casa que implica una salida de uno mismo. En ocasiones pienso que los problemas están hechos de una sustancia que se adhiere a los lugares que uno frecuenta. Por eso es necesario deambular: para que cosas nuevas nos lleguen y ciertas cosas queden atrás. Para siempre.

Álvaro Fierro Clavero
 www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. De cualquier forma, Alvaro es bonito y necesario pasear para sentirnos vivos y dentro del mundo que nos ha tocado vivir. Aunque con la imaginación, la meditación, sobre todo si eres poeta puedes estar en lugares muy apetecibles y hasta en el Paraíso, con puentes y cascadas muy refrescantes pero aún no hemos conseguido trasladar los aromas , al menos yo, sí el recuerdo de ellos y los colores, afortunadamente, así es puedes pasear por el campo, la ciudad o retirarte un buen rato y pasear con la mente. también afortunadamente. A elegir…

  2. Gracias, Álvaro, por acercanos con sensibilidad y entendimiento los `Spaziergänge’ de Schelle.
    “Sólo puede pasear quien tenga serenidad de ánimo”, según Schelle. Yo diría que el paseo precisamente puede contribuir a encontrar esa serenidad. Abrazos. L.

  3. Qué bonito, Álvaro…Ell paseo de Shelle y tu reflexión. Gracias!
    Pasearse en uno mismo y pasearse en los demás. Para lo segundo, sin duda está la ciudad, descubrirlo en su maravilloso pulso cotidiano. No hay nada más triste que una ciudad vacía, pues sus calles y edificios sólo cobran sentido por los hombres que la habitan. Pero es en el campo donde mejor nos contamos a nosotros mismos lo que somos. El ritmo pegado a la tierra, esa armonía pausada habla de la esencia, del origen…Lo canta S. Juan de la Cruz.

Deja un comentario