lunes, 23 octubre, 2017

Los mundos de Ellen Kooi


La Fotografía no es documental, sino intuición, una experiencia poética.

La Fotografía no ha cambiado desde sus orígenes
excepto en sus aspectos técnicos, que para mí no son importantes. 

Henri Cartier-Bresson

Para Pilar Berrozpe y David Ruiz

Bisonte de Altamira

Bisonte de Altamira

El pintor es alguien que recuerda. En Altamira, en la Capilla Sixtina, en El Jardín de las Delicias, en Las Meninas, en El buey desollado, en el retrato de Gertrude Stein, para el espectador la función predominante es la misma que anima al que coloca una cruz en un enterramiento: situar cuerpos ausentes en el espacio y en el tiempo. Por esta razón, el pintor es un curioso híbrido de notario, porque da fe, y de forense, porque explica cómo fueron las cosas. Al mismo tiempo es un creador, ya que en la sutilísima destrucción que se produce en el paso de las tres a las dos dimensiones, el pintor añade nuevos mundos para que la realidad no desaparezca en el trauma.

¿Qué añade?: Una determinada composición, unos colores, una escena concreta que compensan al espectador de la pérdida. Nos hemos quedado sin lo que el cuadro representa, es cierto, pero al menos perdura la imagen. El pintor es alguien que nos consuela.

Vasili Kandinski

Vasili Kandinski

Naturaleza muerta, de Giorgio Morandi

Naturaleza muerta, de Giorgio Morandi

La llegada de los genios al oficio añade un nuevo cometido a esta arte sublime, y el pintor se convierte en un maestro que nos enseña a mirar porque consigue que contemplemos de manera nueva y comprendamos. Hemos visto muchos cientos de recipientes en una cocina, pero ante las naturalezas muertas de Morandi nos damos cuenta de que los objetos también nos observan a nosotros, y asimismo tendrán cierta opinión, no siempre favorable, de lo que hacemos con ellos.

Baltasar de Castiglione, según Rafael

Baltasar de Castiglione, según Rafael

Parafraseando la vieja frase de Pascal, el hombre es incapaz de estarse sentado en su habitación conceptual, y se le quedan antiguas las cosas y un buen día decide que la pintura ya no es una herramienta capaz de representar la realidad, o bien considera que la realidad no le interesa, y dos geniales antipintores —Kandinski y Mondrian— tienen la idea brillante de la pintura abstracta, que es un desarrollo iconográfico interesantísimo cuya consecuencia ha sido que la pintura sea reemplazada por la psicología. Las historias de la pintura y la locura dejan de ser paralelas y ahora se explican la una a la otra.

Autorretrato de Lucian Freud

Autorretrato de Lucian Freud

Durante buena parte del siglo XX se ha considerado que la pintura representativa era algo antiguo, anticuado, fuera de moda. Estos astutos juegos trágicos son característicos del siglo pasado y no seremos nosotros quienes le discutamos a la pintura abstracta su importante lugar en la historia de la estética, pero al reencontrarse con los viejos maestros, al ver creaciones clásicas del calibre del retrato de Baltasar de Castiglione, o los retratos de los artistas que se han mantenido fieles a la religión de la pintura —como Lucian Freud, como Francis Bacon, como el jovencísimo pintor noruego Henrik Uldalen— es inevitable sentir que algo se ha roto en la secuencia que comenzó en una cueva a la luz de una antorcha hace 40.000 años.

La fotografía estaba destinada a ser la sucesora de la pintura clásica. Todo eran ventajas: limpieza, fidelidad, rapidez, facilidad, menores barreras de acceso, pero de nuevo algo se ha malogrado en algún sitio. Algunos de mis amigos pintores suelen hacer referencia a la fotografía con el aire de un pontífice al que se le preguntase por un cisma: hablan de ella con educación. Al igual que a la pintura, a la fotografía le ha llegado la muerte por intentar ser demasiadas cosas: periodismo, sociología, folklore, activismo, ostentación, exceso, precisión, instante, documento. En época reciente ha sido disuelta a consecuencia de dos factores: la falta de atención de los mecenas y la banalización a la que los móviles la han sometido. En el transcurso de los siglos es verosímil que la fotografía acabe valiendo menos.

Retrato, de Henrik Uldalen

Retrato, de Henrik Uldalen

Hay un factor adicional que perjudica a la fotografía: En la época actual se ha delimitado enormemente lo sagrado en sus dos vertientes: la religiosa y la profana. Tanto una como otra no sobreviven lejos del templo. Por eso el arte no puede desvincularse del museo, que secretamente siempre remite al recinto donde tiene lugar el culto, y eso es algo que los fotógrafos —movidos por legítimas razones de orden alimenticio— han hecho mal en olvidar.

Sin embargo, todavía existe un resquicio para que no todo se pierda. Hay un camino de regreso desde la fotografía a la pintura que conduce de nuevo al templo en el que debe aspirar a ser expuesta. El camino pasa por el sueño, por la nostalgia, por la memoria y la infancia, por la inocencia y la culpabilidad, por la oposición irreductible entre lo caduco y lo eterno, por la imaginación, que a algunos fotógrafos les sirve para que este oficio tecnológico —y ahora digital— pueda seguir desarrollándose y mantenga un estatuto estético relevante y diferenciado entre las artes iconográficas.

 

ELLEN KOOI

No sé apenas nada de la vida de esta fotógrafa holandesa. En la información que he podido encontrar en la red figura que nació en 1961 y que está radicada en Haarlem. Ha expuesto su obra en Alcobendas —donde he tenido ocasión de examinarla— así como en otras ciudades españolas, Turquía, Estados Unidos, Francia, Luxemburgo y su país de origen.

Borsele rode jurk, de Ellen Kooi

Borsele rode jurk, de Ellen Kooi

Roland Barthes

Roland Barthes

En su interesante ensayo «El mensaje fotográfico», Roland Barthes considera que la fotografía opera, al igual que otras artes imitativas, en un doble plano: por un lado, el denotativo o «analogon» —esto es, lo que la fotografía representa de manera directa—, y en segundo término, transmite un significado connotativo, que es lo que el espectador interpreta íntimamente a consecuencia del trabajo —el estilo, el gesto, el color, la composición, los elementos— del creador de la imagen. En el caso de Ellen Kooi, este segundo plano es extremadamente poderoso por la concepción onírica y teatral de cuanto nos presenta.

Escalera, de Ellen Kooi

Escalera, de Ellen Kooi

En su dramaturgia nihilista y lírica de la realidad, Ellen Kooi enfrenta a los figurantes de sus fotografías a un adversario que nos escamotea —de ahí la nada— para que, ante el vacío, nos sintamos observados también nosotros, y el escenario de la imagen expuesta se convierta en un escenario donde asimismo los espectadores representamos involuntariamente un rol. En un alarde sutil, en un giro aviesamente cándido, a menudo el que observa está tendido en el suelo y es el motivo de la postración el verdadero centro de la imagen, como si los seres que Kooi nos muestra se hubieran rendido antes quienes los amenazan o intrigan.

“lo sagrado no sobrevive lejos del templo”

Quizá no sean enemigos lo que estos personajes observan, acaso sean simplemente seres lejanos que esperan columbrar al paso de la línea del horizonte. Tanto en un caso como en otro, de nuevo la mirada de Ellen Kooi se dirige elípticamente al público en una inversión de cuño baudelairiano: El que acecha a mis personajes —o bien aquel a quien esperan, parece decirnos— eres tú, hipócrita espectador, mi semejante, mi hermano. Pero, al esperarnos, los figurantes no miran a cámara y dirigen la mirada hacia otro lado, en una búsqueda circular que inevitablemente aplaza el descubrimiento.

La linde del bosque, de Ellen Kooi

La linde del bosque, de Ellen Kooi

En su ensayo, Barthes señala varios elementos esenciales que construyen el significado connotativo de la fotografía. Kooi se vale especialmente de dos: la pose y el objeto, insertos ambos en una gramática cultural centenaria que remite siempre a algo: una mirada hacia arriba sugiere oración, un objeto es inevitablemente un símbolo. Junto con los restantes elementos señalados por Barthes —fotogenia, esteticismo, trucos visuales—, contribuyen a que todo en la fotografía resulte significativo.

Niewkoop, de Ellen Kooi

Niewkoop, de Ellen Kooi

De nuevo la subrepción, la elipsis: las poses de los figurantes de Ellen Kooi no podemos verlas porque a menudo nos dan la espalda o adoptan escorzos desmesurados, en coherencia con la integración del transeúnte a la que nos referíamos antes. Por otra parte, el gran objeto de la fotografía de Ellen Kooi es muy posible que nos pase desapercibido en una primera aproximación: es el paisaje —urbano, rural— en que los figurantes se desenvuelven, como si el sentido de la existencia no fuera el ser, sino el estar.

El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich

El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich

Hay un último aspecto de la obra de Ellen Kooi al que deseamos referirnos porque, a nuestro entender, aquí radica su trascendentalidad y su más profundo valor. Por influencia del gran Cartier-Bresson, las generaciones de fotógrafos han buscado captar el instante decisivo, como es lógico en un arte que deriva de la pintura, que secularmente ha recogido los momentos cumbre de la acción: el Descendimiento, la Anunciación, la Expulsión del Paraíso, el Embarco para Citerea, el instante en que los náufragos de la Medusa ven un buque a lo lejos, los Fusilamientos de la Moncloa, Saturno devorando a sus hijos. Sin embargo, lo que recoge Ellen Kooi en sus fotografías es algo bien distinto: el instante anterior, la inminencia, la acción a punto de desarrollarse, que enlaza con esa obra maravillosa de Caspar David Friedrich que es «El caminante sobre el mar de nubes» en un sagaz prefacio a todo lo que el arte lleva siglos dando.

Álvaro Fierro Clavero
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Ana López de Letona dice:

    Muy bueno Álvaro, gracias por compartir beso entrañable Ana Letona

  2. Pilar Berrozpe dice:

    ¡Muchísimas gracias Álvaro! Tu artículo genial, como siempre. Besos. Pilar Berrozpe.

  3. Interesante reflexión la que abordas aquí de esta artista y de dos temas apasionantes, pintura y fotografía, pero bien distintos y que me ha servido para mi propia reflexión.
    Es curioso cuando hablas de antipintores al referirte a Kandisky y Mondrian, porque personalmente siempre me ha parecido más interesante lo que decía Kandisky en sus escritos que lo que al final expresaba por medio de su pintura con la que no le contaba al mundo lo que veían sus ojos, sino lo que sentían al verlo.
    Ese camino que comentas de la fotografía a la pintura no me convence, pues la pintura crea y construye un mundo con cada trazo o pincelada mientras que a la fotografía ya le viene dado y por lo tanto, en esa línea, siempre se va a quedar corta y nunca va a llegar a la interpretación del mundo que hace un pintor. Pero lo que tiene de apasionante la fotografía, cuando la realiza un artista, es que con esa instantánea que captura nos descubre algo nuevo de esa realidad que de otro modo no veríamos. Nos ofrece algo más de esa realidad, desde su mirada.
    Las fotografías de esta artista me han inquietado, he seguido con mucho interés tu escrito y he buscado más imágenes para intentar comprenderla. Pero no me llega.
    Lo que me dice es que la realidad no le interesa pues entiendo que es sólo un escenario que construye para expresar soledad, distancia, aislamiento. Pero lo que más me inquieta y me produce rechazo es que la figura humana la trata como un objeto más de ese escenario, de una manera distante.
    Estoy más en la línea de lo que decía Simon, el vecino pintor en ‘Mejor imposible’: “Te quedas mirando un rato a alguien y entonces descubres su humanidad”.
    Pero claro, esto no es más que mi mirada. ¡Muchas gracias por la tuya!

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