lunes, 23 octubre, 2017

Calvario


El estilo es el hombre mismo.

Georges Louis Leclerc, conde de Buffon

Si tuviéramos que contarle a un extraterrestre en qué consiste para nosotros la existencia es posible que nos entendiese si le dijéramos que se asemeja a un larguísimo corredor con puertas a derecha e izquierda que los seres humanos vamos abriendo a lo largo de nuestra biografía. En la mayor parte de los casos, tras la puerta no hay nada que nos interese verdaderamente y, tras una somera inspección, salimos por donde hemos entrado y continuamos adelante. En otras ocasiones pasamos de largo y hacemos caso omiso de la puerta o tenemos alguna dificultad en abrirla y renunciamos a hacerlo finalmente, pero a veces lo que nos aguarda detrás de la puerta se adueña de nosotros y nos mantiene en vilo durante un tiempo mágico en el que las cosas transcurren de otro modo porque algo cambia en nuestra manera de estar en el mundo.

Si lo que está al otro lado de una de esas puertas maravillosas es una persona, acaso nos enamoremos, si es una actividad, comenzamos a practicarla febrilmente, en el caso de que sea un lugar o un objeto o una costumbre, se incorpora a nuestro entorno y somos distintos a partir de entonces. Hay gente que lo que encuentra es una marca, o un coche, o una manera nueva de relacionarse con su propio cuerpo mediante el baile o el yoga o el deporte. A veces, lo que nos espera es un personaje creado por un escritor o por un guionista y un actor que tiene el máximo poder imaginable porque es un alter ego, una copia de la persona que somos en la que vemos más fácilmente cómo nos trata el mundo.

Brendan Gleeson

Brendan Gleeson

Yo he abierto una de esas puertas y he visto la película irlandesa «Calvario».

En el interminable piélago de largometrajes anecdóticos o exasperantes, de producciones que no tienen un solo plano, un solo recurso remotamente original o interesante, de vez en cuando aparece una obra que nos parece modélica de principio a fin. «Calvario» se abre sin títulos de crédito, in medias res, con el diálogo más aterrador que recordamos para desencadenar una trama. Un cura católico escucha sobrecogido los planes que con respecto a él un desconocido le cuenta bajo secreto de confesión.

John Michael McDonagh

John Michael McDonagh

La película entera descansa sobre Brendan Gleeson, un colosal intérprete al que habíamos visto en multitud de películas sin prestarle toda la atención que merece. En algunos momentos nos recuerda a Don Camilo, el genial sacerdote creado por Giovanni Guareschi que se las tiene tiesas a Don Peppone, el alcalde comunista de un imaginario pueblo italiano, pero los designios del guionista y director John Michael McDonagh son refinadamente perversos y lo que en verdad pretende es que le cojamos cariño a James Lavelle, el bueno del cura de la ciudad de Sligo encarnado por Gleeson.

Paisaje de Sligo

Paisaje de Sligo

Kelly Reilly

Kelly Reilly

La galería de personajes que nos presenta esta película coral con héroe protagonista es sencillamente inolvidable. A la cabeza figura la actriz Kelly Reilly en el papel de la hija que Lavelle tuvo antes de enviudar y redirigir su biografía hacia el sacerdocio. Han estado demasiado tiempo lejos uno de otro y tienen mucho que contarse en las conversaciones memorables que mantienen a lo largo de la película. La complejidad de las sociedades actuales a causa de la inmigración, el maltrato, la siniestralidad, el alcoholismo, la secularización, la incomunicación está presente a través de sendos personajes con los que Lavelle se relaciona con una mezcla de severidad, ternura y caridad que nos resulta conmovedora.

Cartel promocional de «Calvary»

Cartel promocional de «Calvary»

Fernandel como Don Camilo

Fernandel como Don Camilo

Una de las cosas que nos fascinan de la película es que no tiene un género claro. La página especializada www.filmaffinity.com le asigna como género nada menos que «Comedia. Drama. Comedia negra. Religión». Se podría argumentar también que la cinta pertenece a otros géneros como el drama social, el cine negro o el documental. ¿Por qué es tan importante que una buena película carezca de género definido? Porque eso es precisamente lo que le ocurre a nuestras vidas: en nuestra existencia convive la tragedia con la comedia, lo trascendental con lo anecdótico, lo estimulante con lo denigrante. Si el estilo es el hombre, el hombre es muchas cosas, y lo humano carece de un estilo intrínseco porque los tiene todos. Desde un punto de vista estrictamente narrativo, el mestizaje de géneros hace que el espectador experimente emociones de muy distinto signo constantemente a causa de la enorme sabiduría cinematográfica que exhibe John Michael McDonagh, que en todos los registros resulta magistral.

Sello conmemorativo de James Joyce

Sello conmemorativo de James Joyce

La obra maestra de Joyce

La obra maestra de Joyce

Lo cierto es que hasta la época presente en el arte se ha venido considerando los géneros como un vehículo imprescindible para que el espectador sepa a qué atenerse. Una de indios y vaqueros, una de policías corruptos, una de abogados, y en este plan. Sin embargo, nada menos que en 1922 un irlandés genial, James Joyce, publicó «Ulysses», una novela en la que cada capítulo está narrado en un género diferente. Es cierto que la influencia de «Ulysses» ha sido colosal en toda la narrativa posterior, pero se ha tratado más bien de un influjo que tiene que ver con las técnicas de escritura y con la experimentación y no tanto con la mezcla de géneros que exhibe la inmortal obra en prosa de Joyce y que asimismo nos fascina en «Calvario». Por las razones que sea, el lector comprende y acepta el monólogo interior —acaso la más importante contribución de James Joyce a la técnica narrativa—, pero está todavía pendiente la tarea de generalizar el empleo de estilos diversos, e incluso contrapuestos, en una misma obra. Es cierto que toda creación importante recoge multitud de influencias, pero lo común es que el autor aúne esas distintas fuentes de inspiración y les otorgue un sello unificador que, inevitablemente, desfigura los orígenes intelectuales de lo que se nos expone.

“el estilo es algo suavemente totalitario”

Grabación de la Primera Sinfonía de Schnittke

Grabación de la Primera Sinfonía de Schnittke

Algunos de los grandes artistas del siglo XX han experimentado una enorme evolución en su estilo a lo largo de sus carreras. Pienso en Stravinski, en Schönberg, en Picasso, en Neruda, en Aleixandre, en Eliot, en Rilke, en Juan Ramón Jiménez, en Miguel Hernández, en Gerardo Diego. En otros autores el paso del tiempo ha dejado una honda huella en sus maneras de afrontar el hecho artístico, y pienso en Rembrandt, en Cernuda. Otros creadores han mantenido discursos diferentes en paralelo: pienso en la poesía y en la narrativa de Borges, tan distintas y tan interesantes ambas. Pero nos queda pendiente para el siglo XXI la fusión de múltiples estilos antagónicos en una misma etapa creativa y en una misma obra. En música existe el preclaro ejemplo del máximo compositor ruso del último cuarto del siglo XX Alfred Schnittke, un adalid del poliestilismo cuya extensísima producción está pendiente de suscitar el interés que merece. Por ejemplo su Primera Sinfonía, una titánica pieza de unos setenta y cinco minutos de duración ¡escrita entre 1969 y 1972!, recoge citas de Chaikovski, de Strauss, de Chopin, de Haydn, de Beethoven, y en esa joya musical que es su portentoso Segundo Movimiento incluye nada menos que una improvisación jazzística entre otras muchas travesuras.

Retrato de Schnittke, por Reginald Gray

Retrato de Schnittke, por Reginald Gray

El estilo es algo suavemente totalitario. Un teórico marxista diría que es una forma de fascismo. Para nosotros es algo que resulta previsible, lo cual atenta directamente contra nuestra concepción de la estética. Si llevamos las cosas a su extremo, la obra de arte ideal tendría que inaugurar ella misma un nuevo estilo, ya que sólo así puede ser verdaderamente creativa. Los músicos llevan siglos buscando nuevas experiencias sonoras mediante el sonido simultáneo de timbres distintos. Una misma nota expuesta por un oboe y un clarinete, por un fagot y un violín. Por fin llega algo semejante al cine. Tendríamos que hablar mucho más a menudo de Schnittke.

Álvaro Fierro Clavero
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Emilio Porta dice:

    Extraordinario, sensacional artículo. Cuando uno puede pensar o aprender algo de lo que lee, la escritura cumple su más alta función. Gracias, Álvaro, por contribuir a que veamos más allá de lo concreto, por hacer que la cultura nos ayude a reflexionar.

  2. Ana López de Letona dice:

    Me dejas sin palabras álvaro que belleza de reflexión… La película me gusto mucho tu artículo es maravilloso.

  3. Gracias de nuevo, Alvaro. A mí me gustó Calvary en general, pero alguno de sus particulares, menos. El asesino que provoca y culmina el calvario no está suficientemente justificado, no da pistas, sale al final como el conejo de la chistera del mago. Sus razones no le justifican tampoco. El “hombre rico” es solo una caricatura de trazo grueso. Su desesperación y su quiebra sobrevenida están pespunteadas sin arraigo en el relato. Lavelle, es verdad, da relieve por si mismo a la película; es amplio, humano y supera la ortodoxia clerical católica. Sabe reconocer su ignorancia cuando es necesario. Tiene una idea motivadora, pero no clara, de lo que pueda ser Dios. Su trayectoria de buen enjuiciador de valores y actitudes, de generosidad, de pragmatismo, se trueca cuando decide aceptar un innecesario calvario e inmolarse a manos de un loco: un gesto de mala poesía cinematográfica que no engrandece al personaje. Una concesión a la sensiblería, en última instancia. Pero, con todo eso, la película me gustó.

  4. Teresa heredia armada dice:

    Acabo de leer, adiciones pasadas.
    La película me impacto, me hubiera gustado comentarla. En la fila de delante había cuatro hombres, que se levantaron con peso de sus asientos. Son ustedes sacerdotes? Si. Y uno dijo, gran pelicula!
    Habla de la entrega y el perdón! Y así volvimos a casa
    No consigo que mi hijo vaya a verla!
    Gracias

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