lunes, 23 octubre, 2017

El arte de pasear (1ª parte)


No dar crédito a ningún pensamiento
que no haya nacido al aire libre
mientras nos movíamos con libertad.

Friedrich Nietzsche

 

La adversidad es un gran maestro, pero se pagan caras sus lecciones 

Jean-Jacques Rousseau

Sello conmemorativo de Santa Teresa

Sello conmemorativo de Santa Teresa

Claudio Rodríguez paseando

Claudio Rodríguez paseando

El paseo tiene una larga tradición filosófica y literaria. A los discípulos de Aristóteles se los denominaba «peripatéticos» porque debatían en torno a las enseñanzas del maestro mientras caminaban («peri» significa «alrededor», y «patein» quiere decir «deambular»). Un eclesiástico que quería descalificar a Santa Teresa dijo de ella que era una «fémina inquieta y andariega». Kant tenía la costumbre de pasear en silencio por la ciudad de Könisberg de cinco a seis de la tarde seguido a una distancia prudencial por su criado Lampe, que llevaba consigo un paraguas para que nada pudiera perturbar la costumbre del autor de la «Crítica de la razón pura». Para Nietzsche, que también fue un gran paseante, «la vida sedentaria constituye un auténtico pecado contra el espíritu». Stevenson, Rimbaud, Baudelaire, Benjamin, Thoreau, Balzac, Walser o Claudio Rodríguez entre los escritores, el protagonista de «A la busca del tiempo perdido» o Leopold Bloom o Hans Castorp entre los personajes de ficción, nos han enseñado que caminar es un acto esencial, ya que el paseo del cuerpo por el espacio promueve en nosotros el paseo del espíritu por los conceptos.

Rimbaud paseando

Rimbaud paseando

Nishida Kitaro

Nishida Kitaro

En Oriente son más dados a la meditación estática, pero al parecer en Kyoto existe un «paseo del filósofo» que era recorrido diariamente por el pensador metafísico japonés Nishida Kitaro en sus meditaciones. Discurre a lo largo de un bonito canal que une el Pabellón Plateado y el templo Nazenji. Sin embargo, según encuentro en internet, Kitaro era un filósofo muy influido por el pensamiento occidental y puede que sus costumbres deam­bu­latorias sean importadas.

Primera edición de las Ensoñaciones del paseante solitario, de Rousseau

Primera edición de las Ensoñaciones del paseante solitario, de Rousseau

El primer escritor a quien vamos a prestar atención en esta pequeña serie de artículos sobre el arte de pasear es Rousseau, que escribió unas inacabadas y póstumas «Ensoñaciones del paseante solitario». El libro es de carácter autobiográfico y suavemente filosófico y se estructura en diez paseos que vamos a explorar aquí. El primero tuvo lugar en torno a finales de septiembre de 1776, y el texto correspondiente cumple un papel catártico e introductorio. Rousseau atraviesa grandes dificultades derivadas de su precaria salud mental y comienza el paseo así: «Heme aquí pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo». Según sus biógrafos, el pensador suizo creía que Diderot tramaba un complot contra su persona y su obra ya desde 1757, y sus relaciones con Hume y con Voltaire habían embarrancado en torno a 1767. «Está, lisa y llanamente, loco», había escrito el pensador inglés. El texto merecería figurar en una historia universal de la paranoia:

En todos los refinamientos de su odio mis perseguidores han omitido uno que su animosidad les ha hecho olvidar, y ha sido graduar los efectos de tal modo que pudiesen renovar sin cesar mis dolores lanzándome constantemente una ofensa nueva.

Rousseau

Rousseau

David Hume

David Hume

Sin embargo, tras continuar imaginando toda clase de sufrimientos reales o imaginarios, al parecer su corazón «ha recuperado una calma plena» debido a que no le queda ya «nada que esperar ni que temer en este mundo». Se refiere elípticamente a sus intentos fallidos de depositar sus «Diálogos» en el altar de Notre-Dame para protegerlos de sus enemigos. Hay algo que nos resulta interesante, ya que Rousseau declara que va a entregarse a «la dulzura de conversar con mi alma, puesto que es lo único que los hombres no pueden quitarme» y considera que la obra que se dispone a escribir es una continuación de sus «Confesiones». ¿Quién es el único destinatario de estas ensoñaciones?: Únicamente él mismo.

En el Segundo Paseo dice algo muy moderno desde un punto de vista literario y que preludia modos de escribir que tendrán su desarrollo en el siglo veinte:

Pues habiendo formado el proyecto de describir el estado habitual de mi alma […] dejo mi cabeza enteramente libre para que mis ideas puedan seguir su inclinación sin resistencia ni traba. Esas horas de soledad y meditación son las únicas del día en que soy yo plenamente […] soy lo que la naturaleza ha querido.

Picris hieracioides

Picris hieracioides

Comienzan las minuciosas observaciones botánicas —un «picris hieracioides», un «buplevrum falcatum», un «cerastium aquaticum»— que llevan a nuestro paseante a reparar en los ciclos de la naturaleza y de la vida. Las constataciones pesimistas de cuño existencial afloran: «¿Qué he hecho aquí abajo? Fui hecho para vivir y muero sin haber vivido». Las ensoñaciones también tienen su peligro: Rousseau es atropellado un 23 de septiembre de 1776 por una carroza. Pierde el conocimiento. Cuando vuelve en sí, constata su desapego por la vida: «Veía correr mi sangre como habría visto correr un riachuelo, sin pensar siquiera que de algún modo aquella sangre me pertenecía». Se extiende el rumor de que ha muerto y Voltaire publica alguna impertinencia al respecto. Reviven los pensamientos paranoicos, aunque ahora se resuelven en clave mística:

Dios es justo. Quiere que yo sufra y sabe que soy inocente. He aquí el motivo de mi confianza; mi corazón y mi razón me gritan que no me engaña. Dejemos, pues, hacer a los hombres y al destino, aprendamos a sufrir sin murmurar. Todo debe al fin volver al orden y mi vez llegará tarde o temprano.

Paseo del filósofo

Paseo del filósofo

El Tercer Paseo comienza de manera sentenciosa: «El momento en que hay que morir ¿es tiempo de aprender cómo se habría debido vivir?», «Los viejos aman más la vida que los niños y salen de ella de peor gana que los jóvenes. Y ello porque, destinados sus trabajos para esta misma vida, ven en su fin que han perdido el esfuerzo […] No han pensado en adquirir en su vida nada que puedan llevar a su muerte».

Christoph Willibald Gluck

Christoph Willibald Gluck

El escritor repasa su infancia y recuerda su educación cristiana. Al parecer, había fijado un límite a los cuarenta años para abandonar entonces toda pretensión de ascenso. A partir de esta frontera, su único propósito había sido el de vivir al día, sin preocuparse del porvenir. Data de esa época su larga dedicación profesional a la copia de partituras y su relación con el hombre que pilotó la transición de la ópera desde el barroco hasta el clasicismo: Christoph Willibald Gluck.

Rousseau decide comportarse según la razón y las pautas del deber ser, lo cual le lleva a renunciar a «el goce de los bienes de este mundo, que jamás me han parecido de gran valor». El resultado de la perseverancia en esta regla no resulta fácil:

Toda la generación presente no ve más que errores y perjuicios en los sentimientos con soy el único en nutrirme; encuentra la verdad, la evidencia, en el sistema opuesto al mío […] ¿Soy, pues, el único sabio, el único esclarecido entre los mortales?

El Tercer Paseo concluye con una declaración de intenciones:

Éste es el único útil al que consagro el resto de mi vejez. Feliz si mediante mis progresos sobre mí mismo aprendo a salir de la vida no mejor, porque esto es imposible, sino más virtuoso de lo que en ella entré.

El Cuarto Paseo se inicia con el comentario de una obra de Plutarco de título espléndido: «Cómo se puede sacar utilidad de los enemigos». Asimismo señala que la máxima «Conócete a ti mismo» que figuraba según la tradición en el Templo de Delfos no era tan fácil de seguir como había pensado en sus «Confesiones». Seguidamente se refiere a una mentira que dijo en su juventud «que fue un gran crimen» y que le ha causado hondo pesar desde entonces. El examen de conciencia se hace más profundo y Rousseau llega a la conclusión de que innumerables veces «ha dicho como verdaderas cosas de su invención» sin que hasta el momento hubiera experimentado un arrepentimiento sincero.

En cierto libro de filosofía, nuestro paseante había leído que «mentir es ocultar una verdad que debe manifestarse. Se sigue de esta definición que callar una verdad que no se está obligado a decir no es mentir, pero […] quien dice lo contrario, ¿miente entonces o no miente?». Rousseau se enreda en finas disquisiciones en torno a la verdad y la mentira que le acaban llevando a elucubrar en torno a la novela y los recursos literarios. Finalmente llega a la conclusión de que el indicador para saber si una mentira resulta perjudicial es que cause daño a la justicia, ya que ésta es sinónima de verdad. Tras comentar un par de episodios autobiográficos, el Paseo concluye recordando la máxima de Solón según la cual nunca es demasiado tarde para aprender, incluso de los enemigos, a ser sabio, verdadero, modesto y a presumir menos de uno mismo.

El fabuloso traductor Mauro Armiño

El fabuloso traductor Mauro Armiño

El Quinto Paseo se inicia con una descripción del lugar más apreciado entre todos los que le han servido de residencia: la isla de Saint Pierre, en el lago de Bienne, donde pasó dos meses de 1765. Según leemos en las espléndidas notas de Mauro Armiño, Rousseau es uno de los primeros en emplear en francés el término «romántico»: «Las orillas del lago de Bienne son más salvajes y románticas que las del lago de Ginebra». En el libro XII de sus «Confesiones», Rousseau ya había explicado su gusto por la ociosidad, que está detrás del agradable recuerdo de su paso por la isla.

Para no hacer nada de manera hacendosa, emprendió la tarea de catalogar la flora de la isla. Como no todo iba a ser divertirse, también se dedicaba a recorrer la costa con su barca. Tiene la idea de poblar con conejos una pequeña isla cercana. El Paseo concluye con una reflexión sobre la felicidad, ese estado en el que «uno se basta a sí mismo como Dios». ¿Qué hace falta para alcanzar semejante situación:

Es preciso que el corazón esté en paz y que ninguna pasión venga a turbar la calma. Se necesita disposición de quien la experimenta y el concurso de los objetos que lo rodean. No es preciso ni un reposo absoluto ni demasiada agitación […]

Durante el Sexto Paseo, Rousseau medita en torno a las causas que lo impulsan a obrar. Es consciente de que hacer el bien es lo que procura una mayor felicidad, pero en el momento presente considera que semejante actuación, a medida que se convierte en costumbre, se vuelve una carga que enoja a quien actúa. Por esta razón ahora sus pretensiones son otras: «no actuar por miedo a hacer daño sin quererlo ni saberlo».

En apariencia la fama le ha hecho daño a Rousseau, ya que a él acude toda clase de menesterosos o de «aventureros que buscaban víctimas», y ha desaparecido su deseo de hacer el bien. Regresan los fantasmas y las paranoias:

Me he hastiado de los hombres, y mi voluntad […] me mantiene todavía más alejado de ellos de lo que logran sus maquinaciones […] Que hagan lo que quieran.

Rousseau especula con la hipótesis de ser el poseedor del anillo de Giges —el mismo que inspiró a Tolkien y que hacía invisibles a los hombres— y señala que «la tentación de abusar debe de estar cerca del poder». Hacia el final del paseo, nuestro escritor revela lo que realmente ocurre: mientras actúa libremente, hace el bien, pero en cuanto siente alguna clase de obligación que coarta su voluntad, se convierte en alguien reacio a actuar, aunque afirma no ha llegado nunca hasta el extremo de hacer el mal.

En el Séptimo Paseo nuestro pensador muestra su lado más esteta y optimista. Cuenta que había abandonado sus dos grandes pasiones: herborizar —esto es, recoger y catalogar vegetales— y copiar partituras, pero en la vejez le ha vuelto la afición por la naturaleza. Se ha fijado el objetivo de conocer todas las plantas de la tierra para experimentar el goce de observar: «Los árboles, los arbustos, las plantas son el adorno y el vestido de la tierra […] el único espectáculo en el mundo del que sus ojos y su corazón no se cansan jamás».

Laserpitium

Laserpitium

Rousseau abomina de las aplicaciones prácticas de la botánica en la fabricación de drogas y remedios porque de esta manera «la organización vegetal no merece por sí misma atención». Se enuncia un conflicto entre necesidad y afición que evidencia el dualismo de estirpe cartesiana de nuestro pensador: «nada que afecte al interés de mi cuerpo puede ocupar verdaderamente mi alma. No medito, no sueño nunca más deliciosamente que cuando me olvido de mí mismo». Retorna la misantropía y la paranoia: «la más salvaje soledad me parecía preferible a la sociedad de los malvados, que no se nutre más que de traiciones y odio», y el pensador se refugia en la contemplación de nuevas especies botánicas: la dentaria hetaphyllos, el ciclamen, el nidus avis, el laserpitium, el lycopodium.

Hyppophae o espino cerval

Hyppophae o espino cerval

Ciclamen

Ciclamen

Durante una estancia en Grenoble, realiza sus herborizaciones junto a cierto abogado, el señor Bover. Rousseau decide probar los frutos de un arbusto llamado hippophae —el espino— que, según su acompañante, son venenosos, pero venturosa­mente no sufre perjuicio alguno.

Los Paseos entran en su recta final. Durante el Octavo Paseo, el pensador ginebrino expone su peculiar manera de recordar: los periodos prósperos apenas le han dejado memoria, mientras que los episodios miserables le han hecho experimentar «sentimientos tiernos, conmovedores, deliciosos». El texto se asoma al masoquismo: «prefiero ser yo con toda mi miseria que ser una de esas personas con toda su prosperidad». Sin embargo, hay una intuición de Rousseau inacabablemente certera: «Es la adversidad la que nos fuerza a este retorno sobre nosotros mismos». A mi pequeño entender, habría que añadir a esta perspicaz sentencia que semejante cosa sucede únicamente a las personas con la modestia intelectual suficiente como para sacar enseñanzas de los contratiempos de la vida. En la muy extensa tribu de la soberbia, los reveses son percibidos como errores del mundo, no del que sufre la contrariedad.

La serenidad en este estado calamitoso —real o paranoico— en el que se encuentra, le viene al autor del «Emilio, o De la educación» de la autonegación y del espíritu de sacrificio, porque ha «aprendido a sobrellevar el yugo de la necesidad sin rechistar». Hay una segunda cosa que interesa a Rousseau: la intención de quien nos inflige el daño:

Una teja que cae de un tejado puede herirnos más, pero no nos aflige tanto como una piedra lanzada adrede por una mano malintencionada […] El hombre prudente, que no ve en las desgracias que le acontecen más que golpes de la ciega necesidad […] del mal cuya presa es no siente más que el alcance material, y ninguno de los golpes que recibe, por más que hieran su persona, llega hasta su corazón.

El vuelo intelectual de las «Ensoñaciones» acaso alcanza su cénit en el resto de este Octavo Paseo:

Bien está haber cortado el mal, pero eso es haber dejado la raíz. Porque esta raíz […] está en nosotros mismos y ahí es donde hay que trabajar para arrancarla por completo.

¿Y cuál es ese sustrato en el que germinan los padecimientos que sufre Rousseau?: el amor propio, que debe callar para permitir que la razón «nos consuele de todos los males cuya evitación no ha dependido de nosotros». El filósofo otorga a esta capacidad de la mente humana toda la potencia necesaria para resistir en medio de los mayores desbarajustes: «Las ofensas, las venganzas, los abusos, los ultrajes, las injusticias nada son para quien no ve en los males que soporta más que el mal mismo».

La recompensa es grandiosa: «Todo me remite a la vida feliz y dulce para la que había nacido [..] Y es el amor que hay en mí el que hace todo esto, sin que el amor propio entre ahí para nada». Rousseau ve la vida ahora de otra manera: «Recuerdo perfectamente que durante mis cortas prosperidades, estos mismos paseos solitarios que hoy me son tan deliciosos me eran insípidos y enojosos».

En el Noveno Paseo, Rousseau identifica el bien con la estabilidad y el mal con el cambio:

La felicidad es un estado permanente que no parece hecho aquí abajo para el hombre. Todo está sobre la tierra en un flujo continuo que no permite a nada tomar una forma constante […] Por eso todos nuestros proyectos de felicidad para esta vida son quimeras. Aprovechemos el contento del espíritu cuando viene; guardémonos de alejarlo por culpa nuestra, pero no hagamos proyectos para encadenarlo.

Y pasa de puntillas por el que acaso sea su error máximo: haber entregado a sus hijos al Hospicio. Se escuda en que allí iban a recibir la mejor educación, y con un punto cínico señala que «Si he progresado algo en el conocimiento del corazón humano, ha sido gracias al placer que tenía en ver y observar a los niños». Dedica entonces varias páginas inevitablemente sospechosas a demostrar el amor que siente hacia los más pequeños relatando varias anécdotas. El Paseo concluye con algunas disquisiciones en torno a la limosna y la beneficencia.

El Décimo Paseo sólo ocupa tres páginas porque está incompleto. Rousseau afirma sentirse como Vespasiano –aunque, según las notas, atribuyó en otra ocasión la frase a Trajano—: «he pasado setenta años en la tierra y he vivido siete». Recuerda cuando conoció a Madame de Varens, una mujer unos once años mayor que él junto a la que pasó los días más felices de su vida.

Quizá el mayor interés de estos paseos rousseaunianos que hemos comentado estribe en la sinceridad con que están escritos. Da la impresión, por lo que vamos intuyendo, de que la franqueza es un regalo que se nos concede al final, como si fuera el don conveniente cuando apenas nada puede ya conseguirse, o bien podría tratarse del arma fundamental con la que habremos de defendernos cuando todo termine, o bien la cosa estriba en que debemos ir preparando el Juicio Final con nuestros abogados. El tiempo anterior transcurre de un intento a otro en el que nos es imprescindible cierta doblez o cierto distanciamiento ligeramente cínico para conseguir nuestros objetivos.

Ay, los hombres.

Álvaro Fierro Clavero
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Rafael López de Novales dice:

    Me da la impresión de que los paseos de Rousseau eran más mentales que físicos, incluso cuando dice que pretendía conocer todas las especies de plantas.

    Mis paseos en esta Semana Santa creo que han sido más sensoriales que los de Rousseau. Empiezaban respirando la niebla de la mañana y terminaban en casa con la retina saturada de colores y el espíritu lleno de sentimientos de Las Merindades de castilla.

    Nos vemos el miércoles.

  2. david escobar galindo dice:

    Qué fabuloso artículo, reflexivo y testimonial. Yo soy caminante por tradición, y mis espacios favoritos son los parques y los jardines. ¡Enhorabuena!

    David Escobar Galindo, poeta salvadoreño

  3. Cuando en marzo de 1762 un hombre nefasto que se llamaba Juan Jacobo Rousseau…
    usted ¿no será un flaneur? (o como se escriba)

  4. Un intenso y hermoso paseo. Para ir y venir varias veces. Gracias!

  5. He pasado las ultimas semanas en compañía de Hans Castorp y me ha emocionado encontrar su nombre aquí. Un artículo apasionante, muchas gracias.

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