miércoles, 22 noviembre, 2017

La vida resuelta


Cómo se pasa la vida.

Jorge Manrique

Un individuo de unos setenta años

Un individuo de unos setenta años

Hace unas semanas, mientras me tomaba a solas un refresco en una cafetería, un individuo de unos setenta años que portaba una maleta se me acercó y me dijo sin mediar palabra: «Tengo la solución a todos tus problemas». Estaba pasando unos días sin dormir a consecuencia de la enfermedad de mi perro, de modo que era inevitable la reacción que tuve. Le ofrecí asiento y le pedí ansiosamente que me diera explicaciones. «Aquí está la clave», dijo según sacaba de su maleta un libro de factura antigua y excelente encuadernación cuyo título era nada menos que «La vida resuelta».

—Un momento —le dije—: ¿Cómo sé que este libro se refiere a mí y no a cualquier otra persona? No veo mi nombre por ninguna parte.

—Suponía que ibas a contestarme exactamente eso —contestó haciendo acopio de pacien­cia—. No te preocupes, confía en mí —afirmó con una sonrisa.

Hice ademán de abrir el volumen, pero me sujetó amablemente la mano.

—Espera, ¿qué crees que contiene?

—La pregunta es absurda: si lo supiera, para qué querría abrirlo, ¿no? —contesté con cierto enojo—. Pensándolo bien, ya no me interesa.

—Hmm… Veo que eres una persona que no tiene paciencia, ¿es cierto?

—¿Cómo se atreve a juzgarme sin saber nada de mí en absoluto?

—Si no supiera nada de ti, no habría escrito este libro —razonó de manera aplas­tante mientras enarcaba las cejas.

Le eché un vistazo al lomo. De nuevo aparecía el título, pero no constaba el autor. El viejo estaba empezando a cargarme con sus pequeñas astucias dialécticas, pero parecía tener la lección bien aprendida en lo que a mi poca paciencia se refiere. Volvió a la carga.

—Venga, ánimo, que no es tan difícil la pregunta: ¿Qué crees que contiene?

—Pueees…, no sé, me imagino que se tratará de uno de esos libros de autoayuda con recomendaciones sencillas que todo lo solucionan con un poco de brécol por las mañanas y un par de paseos al mes. Seguro que así llego a tu edad en un estado de forma tan envidiable como el tuyo —añadí con sorna.

Sé con seguridad que había captado mi intención de molestarlo porque parpadeó antes de sonreír, pero no se desanimó en absoluto y continuó como si tal cosa.

Bondades del brécol en el desayuno

Bondades del brécol en el desayuno

—Haces muy bien en tutearme —respondió complacido—. A eso que dices se dedica precisamente el primer capítulo. Veamos —dijo mientras se ponía a toda prisa unas anticuadas gafas llenas de suciedad, abría el libro y emitía un leve canturreo optimista al tiempo que escrutaba las primeras páginas en busca del índice—: Justo, aquí está, ¿lo ves?: «Bondades del brécol en el desayuno cuando se está a punto de ingresar en la cincuentena y no se termina de entender lo que esto implica» —leyó con satisfacción. Me dirigió una mirada inquisitiva por encima de las lentes—. ¿Qué más has dicho? Ah, sí, no sé qué chorrada de los paseos. De eso habla en el segundo capítulo, mira: «Conveniencia de pasear al menos un par de veces por semana cuando uno pasa demasiadas horas a diario en una silla y ha perdido por completo la dignidad».

La cara de satisfacción del anciano ante este segundo hallazgo era indisimulable. Me recordaba a esos personajes falsamente felices que interpreta Robin Williams, aunque el tipo parecía alegrarse con sinceridad de su conversación conmigo. Le hizo una seña al camarero y le pidió un café y una segunda coca cola para mí. «De salud, ¿qué tal, por cierto?», añadió para acallar mi incipiente protesta ante su iniciativa.

—Bien, bien —mentí—. Un poco larga la gripe, pero puede decirse que bien, vaya.

—Me refería al perro —bromeó—. Tú ya sé que estás bien aunque ¿no has adelgazado en exceso? —preguntó tras mirarme de arriba abajo—. Mira, hay un capítulo que trata precisamente de eso, el tercero: «Hacerles caso a las señales que tu cuerpo te envía pese al poco caso que le haces» se titula.

El anciano se encontraba en su salsa y no paraba de leer en el índice toda clase de remedios para las cosas más peregrinas que, según él, yo parecía necesitar, pero llegó un momento en que se me hizo un rollo semejante amabilidad. Sobre todo por esa determinación absolutamente inquebrantable de agradarme a toda costa que parecía salida de algún programa de cámara oculta. ¿Cómo iba a tener este hombre soluciones para todo a cambio de nada?

—Mira, me caes estupendamente, pero no tengo tiempo ahora para prestarte la atención que mereces —contesté con toda diplomacia. Dirigí la mirada a la mesa de al lado, donde dos mujeres hablaban animadamente. Hice un gesto de complicidad—. ¿No tienes otro libro para esas dos? Apuesto a que también a ellas les viene bien el brécol de tu librito.

—Sí, claro, pero ellas lo necesitan menos.

—¿Cómo dices?

Esas mujeres son más modestas que yo

Esas mujeres son más modestas que yo

—Que esas dos mujeres son más sensatas o, si lo prefieres, más modestas que tú y no tienen necesidad de esto.

—¿Son más sensatas o más modestas que yo, en qué quedamos? —pregunté con aspereza.

—Bueno, ambas cosas son verdad. Son bastante más sensatas que tú. Y muchísimo más modestas, ¿dónde va a parar? —añadió con un expresivo gesto de la mano.

—¿Por el simple hecho de ser mujeres?

—Por el simple hecho de ser mujeres. Los hombres somos una panda de ególatras que para qué.

—Entiendo —repuse con gesto irónico—. ¿Y tú eres también más modesto que yo y, en vista de eso, has escrito un libro, no?

—Ésa es mi forma de verlo —contestó convencido.

—O sea, que tú vas por todas las cafeterías diciéndoles a los hombres lo que necesitan tras llamarlos idiotas.

—Sólo he venido a esta cafetería para hablar contigo y hacerte ver tu situación, no me interesan los demás. Y no te he llamado idiota en ningún momento, aunque reconozco que he tenido la tentación de pensarlo —añadió.

—¿Y eso? —repuse en tono desabrido.

—Discúlpame —contestó inmediatamente, como lamentando la salida de tono—. Yo sólo sé de ti. De los demás no tengo ni idea. No sé ni cómo se llaman ni me importa tampoco. Por mí, como si no existieran.

—Entiendo —contesté más tranquilo. O aquel tipo estaba completamente loco o bien en efecto sabía cosas mías y, por alguna razón, quería ayudarme. Iba a preguntarle a qué se debía su interés y desde cuándo me seguía, pero lo cierto es que su apariencia era totalmente inofen­siva y, hay que reconocerlo, sus intentos por resultar amable conmigo eran a prueba de bomba. Por eso opté por librarme de él mintiendo con tacto—: Mira, de verdad, me interesa mucho el libro pero te aseguro que ahora no tengo tiempo para atenderte. Hacemos una cosa: déjamelo y me lo leo en casa, y un día que a los dos nos venga bien lo comentamos. ¿Te parece?

—Sabía que ibas a acabar diciendo eso —afirmó con evidente desilusión. Al cabo de unos segundos le vino una idea y echó mano a sus pertenencias—. Ya sé qué vamos a hacer, verás —dijo extrayendo de su maleta un cuaderno de esos con gomas que estaba lleno de recortes y parecía a punto de estallar—. No debo separarme del libro, pero puedo dejarte las notas que he tomado mientras te observaba. Aquí está todo lo que sé de ti en realidad. Si vienes el martes que viene a esta misma hora, me dejo caer por aquí y hablamos.

Por lo que sea le habían entrado de pronto las urgencias. Sin dejarme tiempo para reaccionar, guardó el libro en la maleta y la cerró, dejó encima de la mesa el cuaderno y se marchó con rapidez de la cafetería. Desde la calle me hizo un cordial gesto de excusa a través del cristal y gritó una frase que no alcancé a entender, algo así como «tengo prisa».

Dejar los dulces

Dejar los dulces

No volví a verlo nunca. Acudí el martes siguiente tras haber examinado exhaustivamente los recortes de prensa y sus anotaciones en casa. Siempre he creído que es posible mejorar lo que uno es en todos los órdenes, y aquel cuaderno en efecto parecía haber sido recopilado pensando específicamente en mí. Estaba impresionado: se hablaba de las bondades de tener una pareja estable, de abandonar el alcohol y los dulces, del auge que están experimentando las nuevas tendencias espirituales, de la conveniencia de hacerse un plan de pensiones. Incluso había recortes dedicados al ruso, un idioma que me encantaría aprender pero que, por falta de tiempo, llevo dejándolo pendiente ni se sabe los años. El caso es que estaba entusiasmado ante la idea de encontrarme de nuevo con el anciano al que había tratado con tanto menosprecio.

Llevaba conmigo el cuaderno lleno de recortes. Al cabo de una media hora de esperar, se me ocurrió preguntarle al camarero. «¿Es usted Fernando, verdad? Es que no estaba seguro», me dijo. El anciano había estado en la cafetería a última hora de la mañana y había preguntado por mí, pero no había sabido qué decirle. Lo vio abatido, triste de no coincidir conmigo. «Ah, por cierto», dijo echando un vistazo a un bulto que había en una repisa: «me dijo que le diera un regalo. Ahora mismito se lo llevo a la mesa. ¿Qué le sirvo?», añadió.

Pedí una coca cola y me senté. Desde que recibí los papeles, no había dejado de darle vueltas a mi situación, a mi frustrante trabajo sin expectativas de ninguna clase, a mi incierto estado de salud a causa de mi afición al alcohol, a la marcha de mi novia con un compañero de trabajo, a esa mancha extraña que me ha salido en el cuello, al aburrimiento de los fines de semana, por no hablar de la bajada de mi equipo a Segunda. Para colmo, en un par de semanas acababa el plazo para presentar la declaración de Hacienda y los presentimientos no podían ser peores.

Acudió el camarero con mi consumición y con el regalo. No se le había pasado por alto la fecha de mi cumpleaños al viejo. El paquete estaba cuidadosamente envuelto y contenía el famoso libro. Las mismas tapas, el mismo título, los mismos nombres de las primeras secciones. Me sumergí durante cosa de una hora en la lectura. Pude comprobar que se trataba de una obra muy completa que describía punto por punto, con todo lujo de detalles, cómo era posible enderezar mi calamitoso estilo de vida.

Pulgar

Pulgar

Levanté la vista del libro. Era una lástima que todos esos consejos no le aprovecharan a alguien. Justo acababa de entrar en la sala una mujer de mediana edad que había decidido sentarse junto a la cristalera que daba a la calle. Parecía atormentada por algo y hablaba sola sin parar. Tenía un tic nervioso en un ojo. Cogí el libro y los recortes y, con la mejor de mis sonrisas, me acerqué hasta ella y le dije: «¿Me permite que me siente? Tengo la solución a todos sus problemas».

Álvaro Fierro Clavero
 www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Clotilde ventoso Vargas dice:

    Muchas gracias por el artículo, me ha hecho llorar de emoción.

  2. Teresa heredia armada dice:

    Adiós, adiós y como hablo delirando, no se decir lo que deciros quiero, solo se de mi que estoy llorando que sufro que os amaba y que me muero. (El tren expreso…….
    …….

  3. Begoña Martín dice:

    Me ha recordado el diálogo interior y me ha hecho pensar en el mío. Gracias por el artículo

  4. “Era una lástima que todos esos consejos no le aprovecharan a alguien”
    Qué genial! Gracias.
    Y la caricatura magnífica.

  5. ¡Olé por el cuento!

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