lunes, 23 octubre, 2017

Sobre la muerte (II): Oliver Sacks


Cuando termine la muerte,
si dicen «¡A levantarse!»,
a mí que no me despierten. 

Manuel Alcántara

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

En el año 2007 leí un libro mítico, «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero», en el que el neurólogo inglés Oliver Sacks relata diversas anécdotas clínicas curiosísimas de personas con ¿cómo denominarlas: características, particula­ri­dades? verda­de­ra­­mente insólitas. La historia que da título a la obra trata precisamente de eso: un hombre de aspecto normal que, según demostraron las investigaciones, se guiaba únicamente por los estímulos no visuales. Lo que veía no era significativo para él: ante un guante creía encontrarse ante un recipiente, ante una película muda era incapaz de reconocer el sexo de los personajes. Al marcharse de la consulta, el hombre realizó un intento desesperado de ponerse a su mujer por sombrero.

De todos los casos que este libro sorprendente relata, recuerdo con especial asombro la historia de dos hermanos gemelos autistas con una capacidad numérica única. En cierta ocasión se cayeron unas cerillas al suelo e instantáneamente ambos dijeron: «111», que era el número de cerillas exacto que se habían dispersado por el suelo. A continuación dijeron «37», que es el número por el que hay multiplicar tres para obtener 111. Sacks observó que los gemelos se pasaban las horas diciéndose números de ocho cifras uno a otro. Una investigación posterior mostró que se trataban de números primos. Con ayuda de una tabla, Sacks les proporcionó un número primo de diez cifras sin advertirles la circunstancia. Al oírlo, los gemelos repararon inmediatamente en el hecho y admitieron a Sacks en su juego. Seguidamente, empezaron a intercambiar números de veinte cifras, que no figuraban en tabla alguna a la que los gemelos hubieran tenido acceso jamás. Por si esta anécdota no fuera ya de por sí asombrosa, ¡resulta que los hermanos carecían de cualquier capacidad para realizar los cálculos aritméticos más elementales! Es decir, que en su mundo simultáneamente reducido e inmenso, los gemelos eran capaces de visualizar sin esfuerzo aparente si un número era primo o no, lo cual requiere de potentísimos ordenadores y matemáticas avanzadas para cualquiera de los mortales.

Robert de Niro y Robin Williams en «Despertares»

Robert de Niro y Robin Williams en «Despertares»

El libro es una joya por cómo combina entretenimiento con enseñanza asequible para los profanos, pero su valor máximo descansa en la enorme habilidad narrativa de Sacks para acercarnos estos personajes que han naufragado mentalmente a causa de alguna enfermedad neurológica y convertirlos en seres a los que nos gustaría dar un abrazo. No conozco el resto de su obra, aunque algunos de sus títulos me resultan familiares: «Un antropólogo en Marte» o «Despertares» —esta última inspiró una célebre película— al parecer incluyen nuevas parábolas clínicas que hacen patente algo: lo verdaderamente insólito, lo milagroso es que, bromas aparte, la mayoría de la población funcione de manera medianamente normal.

Tras cierto tiempo sin saber de él, el 19 de febrero de 2015 acaba de publicar un emocionante artículo titulado «Mi propia vida», en el que nos habla de la enfermedad incurable que padece y que el lector puede encontrar aquí en versión inglesa. Traducimos el primer párrafo:

Comienzo del artículo «Mi propia vida» de Oliver Sacks

Comienzo del artículo «Mi propia vida» de Oliver Sacks

http://www.nytimes.com/2015/02/19/opinion/oliver-sacks-on-learning-he-has-terminal-cancer.html?_r=1

Oliver

Oliver

Hace un mes sentía que me encontraba bien de salud, incluso muy bien. Con ochenta y un años aún nado una milla diaria. Pero mi suerte ha terminado: hace unas pocas semanas me he enterado de que tengo metástasis múltiple en el hígado. Hace nueve años se descubrió que tenía un extraño tumor en el ojo, un melanoma ocular. La radiación y el láser empleados para retirar el tumor finalmente me dejaron ciego de ese ojo. Aunque los melanomas oculares hacen metástasis en un cincuenta por ciento de los casos, en mi caso particular las probabilidades eran mucho menores. Sin embargo, me hallo dentro de ese 2% que ha tenido mala suerte.

El siguiente párrafo no puede ser más emocionante:

Me siento agradecido porque se me han dado ocho años de buena salud y productividad desde el diagnóstico original, pero ahora me encuentro cara a cara con la muerte. El cáncer ocupa un tercio de mi hígado y, aunque puede ralentizarse su avance, este tipo particular de enfermedad no puede ser detenido.

David Hume

David Hume

Seguidamente, Sacks trae a colación a un importantísimo filósofo: David Hume, quien escribió en un solo día un breve ensayo autobiográfico con el mismo título que el artículo que estoy comentando cuando, a los sesenta y cinco años, tuvo noticia de que estaba mortalmente enfermo. Tengo que leer a toda costa este ensayo. Al parecer, el insigne pensador que inspiró a Kant confesaba que no había percibido decadencia ninguna en su persona, ni abatimiento, y aseguraba poseer el mismo entusiasmo que siempre había tenido.

Sacks menciona una reflexión de Hume con la que se siente particularmente de acuerdo: «Es difícil sentirse más distante de la vida de lo que yo me siento ahora», lo cual —afirma el neurólogo— no es incompatible con sentirse lleno de vitalidad. Entre sus deseos para este tiempo que le queda menciona profundizar en sus amistades, despedirse de los que ama, continuar escribiendo, viajar en el caso de que tenga la fuerza necesaria y alcanzar nuevos niveles de comprensión y conocimiento. Asimismo declara su intención de no ocuparse de nada que no sea esencial: quiere ocuparse de sí mismo, de su trabajo y de sus amigos, y promete no ver más la tele por la noche, ni va a prestar atención a los políticos ni a los debates sobre calentamiento global.

Oliver Sacks

Oliver Sacks

La razón que da para dejar de ocuparse de estos asuntos me parece maravillosa: por supuesto que le siguen interesando estos temas, pero ahora «pertenecen al futuro», y opina que «el futuro está en buenas manos». En la sección final, el artículo adquiere un vuelo conmovedor: Aunque reconoce tener miedo, la sensación que predomina en él es la de gratitud. Ha amado y ha sido amado, ha recibido grandes dones y ha dado algo a cambio. He aquí su última frase:

Por encima de todo, he sido un ser sentiente, un animal pensante en este hermoso planeta, lo cual ha sido en sí mismo un privilegio y una aventura.

Necesitamos más testimonios como el de Sacks. Es verdad que la muerte nos sitúa ante colosales interrogantes, pero al margen del dolor, que sin duda es algo difícil de situar en la existencia, deberíamos pensar que todo lo que ocurra es lo que conviene. Por las razones que sea —superstición, miedo, desconcierto—, en nuestra sociedad la muerte es un tabú, y muy raramente aparece en nuestras conversaciones desvinculada de la desaparición de un ser cercano. Otros procesos de tránsito como el nacimiento, o el paso a la adolescencia, o el matrimonio, no se ocultan ni tienen que superarse ni ocasionan un proceso de duelo en los seres cercanos. Por este motivo, no sabemos morir: nadie nos ha explicado qué debemos hacer en tan grave circunstancia. La decadencia que pone en marcha la naturaleza tiene un desenlace necesario, irreversible, inevitable y conveniente que es necesario asimilar ya desde la juventud.

“Morir de viejo es un éxito”

Miguel de Cervantes

Miguel de Cervantes

Morir más allá de los ochenta años es un éxito vital y personal. Me doy cuenta de que puede sonar extraño esto que digo y por eso voy a repetirlo más despacio para que se comprenda mejor: morir de viejo es un éxito de nuestras células, de nuestro cuerpo, de nuestros padres, de nuestra pareja, de nuestros amigos, de nuestra sociedad. Significa que hemos llegado hasta donde podíamos llegar y hemos tenido tiempo. ¿Y qué mayor dicha puede caberle a nuestra inteligencia que haber llegado a salvo a la ancianidad? Hay otro asunto que olvidamos o queremos olvidar: Sólo moriremos los que hemos tenido el privilegio de asomarnos a esta asombrosa ventana que es la vida. Somos una excepción entre todos los millones de seres humanos que podían haber nacido de nuestros padres. Y también tenemos el privilegio de la muerte. Miguel de Cervantes lo entendía perfectamente y lo dejó por escrito. Empieza la dedicatoria del «Persiles» con un «Ayer me dieron la Estremaun­ción», y concluye el prólogo con la frase de despedida más llena de humanidad que ha sido escrita jamás:

¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!

Ánimo, Oliver.

Álvaro Fierro Clavero
 www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. jaime alejandre dice:

    Magnífico artículo, amigo… Sacks ha sido uno de mis autores de cabecera durante muchos años… gracias por ello, jaime

  2. Sobre la muerte (I) y (II). Hermosos artículos.

    En definitiva un canto al amor, a saber vivir y morir.

    Mi profunda admiración y gratitud!!

  3. Alejandro Moreno Romero dice:

    Gracias, Álvaro, por los magníficos artículos y por descubrirme a Sacks. Durante la lectura me ha parecido oír todo el tiempo a Jorge Manrique, que me ha acompañado desde muy joven. Él me ha ayudado a instalarme en la finitud.

  4. Teresa heredia armada dice:

    nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir……………allí van los señoríos………..
    Un abrazo

  5. Josep Esteve Sala dice:

    Interesantes artículos sobre la muerte. Yo por circunstancias personales me interesa mucho las experiencias cercanas a la muerte, curiosamente muy coincidentes en pacientes que han padecido comas profundos, ya sabes el tunel, seres de luz, etc.. Es un tema polémico y no aclarado con defensores y detractores.

  6. Oliver Sacks, además de ser un neurólogo genial y un grandísimo escritor fue un hombre de una generosidad extraordinaria. Cuando mi marido enfermó de un tumor de trigémino, su neurólogo nos apoyó muchísimo. Sin embargo, cuando la enfermedad se complicó fuera de la neurología y el diagnóstico pasó a ser ominoso, el médico se quiso desmarcar. Yo sabía que admiraba a Sacks, y no quería que nos abandonara ya que era un médico de primera que a mi marido le hacía un gran bien, de modo que me puse a indagar y conseguí que alguien le hablara del caso. Pues bien, Oliver Sacks, ese hombre maravilloso, telefoneó a nuestro neurólogo desde California y mantuvo con él-a su costa-una conversación de más de tres horas, para convencerlo de que debía acompañarnos hasta el final.
    Ojalá haya encontrado al otro lado de la puerta de la muerte toda la recompensa que merece por su altruísmo y desprendimiento.

  7. Bonito artículo, Alvaro. Y precioso añadido el de Blanca

  8. Artículo conmovedor; gracias, Alvaro.

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