lunes, 23 octubre, 2017

Microarquitecturas


Así como durante nueve meses nos retiene el claustro materno y nos prepara no para él, sino para aquel lugar al que nos depositará cuando ya le parezcamos aptos para respirar y recibir el aire libre, así durante todo el tiempo que transcurre de la infancia
a la vejez vamos madurando para otro alumbramiento.

Así deberíamos vivir: como si nos viesen, y pensar como
si alguien pudiera asomarse a nuestro interior.

Séneca

Capilla de Valdeacerón, de Sancho y Madridejos, en Ciudad Real

Capilla de Valdeacerón, de Sancho y Madridejos, en Ciudad Real

El poeta latino Quinto Horacio Flaco ha pasado a la historia como uno de los grandes acuñadores de lugares literarios de todos los tiempos. Debemos a su ingenio la célebre invitación a vivir el momento presente que aparece en la Oda XI de su primer libro de poemas:

No te preguntes, porque está prohibido, oh Leucónoe,
Qué nos depararán a ti y a mí los dioses,
Ni se te ocurra consultar los números de Babilonia.
Es mejor padecer lo que nos venga,
Tanto si Júpiter nos da muchos inviernos,
Como si sólo nos concede éste en que vemos
Las olas abatiéndose contra las rocas del Tirreno.
Sé sabia, filtra el vino, no tengas esperanza en plazos tan pequeños.
Mientras hablamos huye envidioso el tiempo: vive el día
Y no confíes nunca en el mañana.

A medida que cumplimos años dedicamos más tiempo a reflexionar en torno a lo que va resultando ser la vida, que no era nada de lo que esperábamos. Aunque nuestros esfuerzos y trabajos vayan en un sentido determinado, seguramente es una suerte que el resultado último de nuestras acciones sea imprevisible. Si fuera suficiente con actuar bien el mundo sería muy distinto.

¿Por qué la vida no es lo que esperábamos? Porque desde pequeños formamos parte de un estado de cosas orientado a que salga todo en un determinado sentido: si eres bueno, te compraremos una bici; si estudias, aprobarás y te regalaremos un viaje; si te terminas la cena, podrás ver la televisión. Nuestros padres, nuestros profesores crean un entorno en el que está tan cerca nuestra actuación positiva de las consecuencias beneficiosas que se nos adiestra involuntariamente para ser unos triunfadores.

Cabaña en trineos, de Crosson, Clarke y Carnachan, en Whangapoua, Nueva Zelanda

Cabaña en trineos, de Crosson, Clarke y Carnachan, en Whangapoua, Nueva Zelanda

Como tanto nuestros padres como nuestros profesores —y los restantes educadores que hemos tenido: publicitarios, guionistas, novelistas, pintores— son gente sagaz, también nos han expuesto largamente las consecuencias del discurso opuesto: qué ocurre cuando obramos mal: el criminal nunca gana, el que la hace la paga, quien ríe el último, ríe mejor, y este tipo de lindezas. El mensaje educativo es sencillo: si actúas rectamente, te irá bien, si actúas en contra de las normas, te irá mal.

Casa de Pilares, de Suzuko Yamada, Tokio

Casa de Pilares, de Suzuko Yamada, Tokio

A consecuencia de lo anterior, cuando en la vida nos marchan bien las cosas, tenemos tendencia a pensar que los resultados favorables son la consecuencia lógica de nuestros esfuerzos. Pero la pequeña historia de la mercadotecnia está plagada de ejemplos en los que individuos exitosos tienen iniciativas fallidas. Por ejemplo, el británico sir Clive Sinclair llenó los hogares de medio mundo con sus pequeños equipos Spectrum con los que tantos comenzamos a hacer nuestros primeros pinitos informáticos. El bueno de Clive, sin embargo, sacó al mercado en 1985 el vehículo eléctrico Sinclair C5, que fue una de las causas de la quiebra de la compañía, y en 2006 ha lanzado la biblioteca plegable «A-bike» que también ha pasado sin pena ni gloria.

Asimismo hay abundantes ejemplos de individuos exitosos que tuvieron que lidiar con múltiples fracasos antes de que se les concediera una oportunidad: Henry Ford debió sobreponerse a cinco quiebras, Steve Jobs fue expulsado en 1985 de Apple, la empresa que él mismo había fundado y a la que retornó en 1996 para salvarla de la desaparición y convertirla en una de las empresas más admiradas del mundo; entre 1990 y 1996, el manuscrito de «Harry Potter y la piedra filosofal» de la inglesa J. K. Rowling fue rechazado por doce editoriales hasta que al editor de Bloomsbury se le ocurrió darle a leer el primer capítulo a su hija pequeña.

Casas en Trondheim, de Haugen y Zohar, en Noruega

Casas en Trondheim, de Haugen y Zohar, en Noruega

Vivimos en una época de exaltación del éxito. Cuando se nos cuentan las historias de sir Clive Sinclair, o de Henry Ford, o de Steve Jobs, o de J. K. Rowling, el discurso incide en lo que consiguieron, no en lo que tuvieron que poner de su parte para que las cosas les funcionaran. En las memorias de Arthur Rubinstein, el majestuoso pianista polaco, encontramos una anécdota significativa: en cierta ocasión, una de sus innumerables admiradoras le dijo que daría media vida por tocar como él. «Eso es lo que tenido que hacer yo, dedicarle media vida al piano», respondió melancólicamente el intérprete.

Recuerdo lo que me dijo mi hijo mayor cuando le pregunté qué quería ser de mayor. «Famoso», fue la preocupante respuesta. La razón que me dio cuando me interesé por los motivos de su pretensión fue inapelable: «porque si eres famoso, todo es más fácil». Pero la cuestión que se suscita es la siguiente: ¿merece la pena mantener entre nuestros objetivos el triunfo a sabiendas de lo que implica verdaderamente? Para empezar, es difícil saber cómo viven su éxito los triunfadores ya que, en general, son gente menos capacitada de lo que se cree para multitud de cosas, como por ejemplo, contar su vida. En este sentido, escuchar el discurso de los primeros espadas de empresas importantes —pienso en los fallecidos Emilio Botín o Isidoro Álvarez o Alfonso Escámez o José Manuel Lara y, entre los vivos, recuerdo alguna entrevista con Francisco González o César Alierta— a menudo nos deja pensativos en torno a qué factores pudieron encumbrarlos. Es admirable su talento para los negocios, como es lógico, pero en general parecen personas convencionales en cuanto la entrevista se aleja de los temas directamente conectados con su trabajo: no se percibe ninguna clase de inquietud ajena a la estrictamente profesional. Son máquinas de repetir aquello que los ha llevado al éxito y no han dedicado tiempo a otras cosas que, en mi pequeña opinión, merecen la pena.

La casa del escarabajo, de Terunobu Fujimori, Londres

La casa del escarabajo, de Terunobu Fujimori, Londres

Quizá el único mandatario de la historia verdaderamente relevante desde un punto de vista literario ha sido el emperador Marco Aurelio. En sus magistrales «Meditaciones» leemos fragmentos que hablan del poco aprecio que tenía por lo que todos supuestamente queremos: «No concibo qué cosa pueda ser especialmente estimada», «Las cosas por sí solas no tocan en absoluto el alma», «Todo lo que es material se desvanece rapidísimamente», «Todo lo que ves muy pronto será destruido», o bien «¡Cómo en un instante desaparece todo: en el mundo, los cuerpos mismos, y en el tiempo, su memoria!».

Pese a esta lección de quien lo tenía todo, vivimos en este mundo, y los que tenemos que mirar la cuenta corriente a final de mes inevitablemente queremos más. Supongo que este tipo de misteriosos designios tienen que ver con la psicología profunda, que es el lugar donde nuestro pobre cerebro conecta con el resto del cuerpo y desea a toda costa seguir funcionando, para lo cual necesita comida constantemente.

Refugio Delta de Olson Kundig, en Mazama (Washington)

Refugio Delta de Olson Kundig, en Mazama (Washington)

Por tanto, no se nos prepara para fracasar si hacemos las cosas bien, no se nos prepara para el desgaste vital que exige el triunfo y no se nos explica que el éxito exige dejar todo lo demás en favor de una sola apuesta que, con harta frecuencia, no sale bien. Se nos prepara para ser hijos de Arcadia, la región griega en la que, desde Hesiodo, los artistas han situado el paraíso, pero la situación es bien diferente. En la versión libérrima que el poeta inglés Ted Hughes hizo de algunos fragmentos de las «Metamorfosis» de Ovidio, al referirse a la Edad de Oro incluye un verso que no encontramos en el original y que nos encanta: «listening deeply, man kept faith with the source», es decir, «al escuchar profunda­mente, el hombre mantenía su fe en la fuente». La Arcadia es el lugar en el que basta con escuchar para mantener la fe sin problemas por la sencilla razón de que todo marcha.

Para salir de este laberinto intelectual y, en último término, dietético, de nuevo Horacio parece tener una respuesta para nosotros en la Décima Oda de su libro II de poemas, un texto que me ha llevado muchos años entender y aceptar. Allí nos invita juiciosamente a conformarnos con lo que tenemos. «El que se contenta con su áurea mediocridad se siente protegido de un techo ruinoso y está alejado de la envidia que causa un palacio. Es más frecuente que los vientos agiten los pinos más altos, y que las torres elevadas caigan con más serias consecuencias, y que los rayos castiguen las cumbres de los montes».

Sauna flotante, de Rintala Eggertsson, en Rosendal (Noruega)

Sauna flotante, de Rintala Eggertsson, en Rosendal (Noruega)

Viene todo esto a colación porque, de un tiempo a esta parte, me intereso por lo pequeño y lo breve en todos los órdenes. Algo me dice que la solución material, intelectual, espiritual de nuestra existencia tiene que estar en lo breve, en lo sencillo, en lo micro. Sólo así puede encontrarse verdaderamente junto a nosotros, a nuestro alcance, incluso en nuestro interior la clave del gran jaleo que es la vida. No puede ser cierto que el paradigma educativo en el que fuimos amaestrados, que el discurso que proclaman los medios de comunicación, el cine, la novela, la publicidad sea correcto. El último texto que nos legó la Antigüedad grecorromana es la «Consolación de la filosofía». Escrita durante el siglo sexto de nuestra era por Boecio en la cárcel mientras esperaba su ejecución, entre las muchas enseñanzas de este texto tan significativo rescatamos algo que el personaje de la Filosofía le dice al desdichado pensador:

¿Por qué, pues, ¡oh mortales!, buscáis fuera la felicidad que está dentro de voso­tros? El error y la ignorancia os confunden: te mostraré enseguida cuál es el funda­mento de la felicidad verdadera. ¿Existe nada más digno de aprecio para ti que tú mismo? Nada —me responderás seguramente—. Por tanto, si sabes ser dueño de ti mismo, estarás en posesión de un bien que nunca querrás perder y que la Fortuna jamás te podrá arrebatar.

Nosotros, hace mucho tiempo

Nosotros, hace mucho tiempo

¿Y en qué recinto podríamos recluirnos para dialogar con nosotros mismos, que somos lo único que poseemos verdaderamente? Simón el Estilita vivía encaramado a una columna, Charles de Foucauld vivía en una ermita en el Sahara argelino, Gustav Mahler se encerraba en una cabaña para componer sus sinfonías, Thoreau se recluyó en una choza. Parece haber algo que relaciona el misticismo y la creatividad con el espacio, como si no pudiéramos ser nosotros verdaderamente más que en los sitios pequeños, acaso porque nuestra existencia comenzó en un lugar verdaderamente diminuto: el útero.

Álvaro Fierro Clavero
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Teresa heredia dice:

    Escuche esta frase este fin de semana: todo lo que viene conviene, y porque conviene? Porqué viene.
    Se lo decía una abuela analfabeta a su nieto.
    Que bonitas Fotos! La iglesia de Ciudad Real que curiosa!

  2. Para mi ” lo que venga” bienvenido sea, pero sin embargo no renuncio a crear mi propio ” Océano azul” , a luchar como un gladiador por una fantasía.
    Si no nos movemos, morimos de inanición. La vida es la guerra entre el destino y nuestro movimiento.
    Eso si, en general perdemos siempre.

  3. María Jesús dice:

    ¡Enhorabuena, Álvaro! Me ha parecido verdaderamente brillante.
    Un abrazo,
    MJ

  4. Y siendo el utero tan pequeño, es tan grande lo q concibe!!!

  5. Gracias Álvaro por tu hermosa reflexión!

    Comparto cuando dices que “la solución material, intelectual, espiritual de nuestra existencia tiene que estar en lo breve, en lo sencillo, en lo micro”. Pienso que a ello sólo se llega después de atravesar un laberinto complicado y excesivo que es podado para dejar lo esencial.

    A las bellas arquitecturas de lo mínimo que presentas y mencionas, permíteme añadir una en homenaje al arquitecto que siempre ha sido fuente de inspiración y del que hemos intentado aprender las generaciones posteriores: la cabaña cúbica de madera que se construyó Le Corbusier para pasar los veranos en Roquebrune, en el promontorio de Cap Martin al sur de Francia, frente al Mediterráneo. Allí murió entre las olas…

  6. LARA CADAHÍA SUBIÑAS dice:

    Gracias!!!
    Me ha encantado.

  7. No tengo esas experiencias, Te dije que recuerdo mi infancia, mis años de escuela, mi bachillerato, lo que vi en los periódicos, muchas de las cosa que escuche en mi familia, en la calle, en los libros de estudio, todo como un engaño. Tarde tiempo en darme cuenta de eso, y ahora ni te cuento, sigo viendo lo mismo en lo publico en los Colegios en la política en lo que es el mundo, un autentico desastre,
    Eso no quiere decir que no haya maravillas en este mundo libros maravillosos que te transportan al paraíso hombres y mujeres de los que uno queda prendado y a veces enamorado. En general no me han enseñado lo importante,he tenido que buscarlo sólo. tanto los autores rebuscando en las Bibliotecas como casi todo lo bueno y hermoso que hay en este mundo. Me sentido y me sigo sintiendo rodeado por el engaño por lo políticamente correcto etc. etc.

    Durante mucho tiempo he creído que para aguantar la maldición que se nos hizo al tirarnos del paraíso, el tener que trabajar, los únicos que la resolvían bien eran los que trabajaban con .vocación., yo no llegue nunca a conocer la mía. Muy tarde he comprendido y ahora sé para que estamos aquí y que cual es el trabajo que todos tenemos que acometer.

    Eso del éxito, de la fama, de la riqueza y otras zarandajas nuca me perturbo demasiado. Hoy me parecen tonterías frente a lo que tenemos todos que acometer.

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