lunes, 23 octubre, 2017

Distancias filosóficas


Para cada problema complejo existe una
solución que es simple, elegante y equivocada.

Henry Louis Mencken

Javier Gomá Lanzón es un joven pensador que preside la fundación Juan March. He seguido con interés sus colaboraciones en la prensa desde hace algún tiempo y en general me ha parecido una persona informada y sensata, lo cual es insólito en un filósofo y es revolucionario en un filósofo español contemporáneo. Fiel a mi costumbre, he leído un reciente escrito suyo titulado «Filosofía como literatura conceptual» y me decido a escribir esta recapitulación de sanos desacuerdos con las tesis que sostiene en su artículo.

Leemos en la entradilla que «algunos de los extravíos de las tendencias del pensamiento contemporáneo proceden de ignorar que la filosofía es un género literario». En puridad, lo único literario es la literatura —si se permite la obviedad—, que a mi entender está constituida en primer lugar por la poesía, y muy a menudo también por la narrativa. Puede aceptarse que en otros géneros como el ensayo —en cualquiera de sus muy distintos subgéneros, como el filosófico o el histórico—, o el teatro —que en general abandonó la literatura en el siglo XX para ingresar no se sabe muy bien dónde: en la sociología quizá, o entre las artes plásticas: véase la importancia alcanzada por el director de escena— o el periodismo o, en un sentido lato, incluso el cine, adquieren ocasionalmente alguna clase de impronta literaria cuando en el autor se advierte una determinada voluntad de estilo.

Hans Georg Gadamer

Hans Georg Gadamer

El gran filósofo Hans Georg Gadamer sostenía que «el poema es lo que convence por su manera de decir algo. Esto, claro está, se aplica a todo uso retórico del lenguaje. Pero el poema es convincente sin cesar, e incluso más convincente cuanto mejor se lo conoce». De esta manera de pensar deriva mi idea de que la buena narrativa muy bien puede no ser en absoluto literaria, ya que es común advertir principalmente preocupaciones constructivas y argumentales en el novelista, pero sólo ocasionalmente tiene uno la impresión de encontrarse ante alguien que maneja el lenguaje y la lengua de manera deliberada, por oposición al muy extendido manejo simplemente operativo.

En filosofía —con ilustres excepciones: Platón, Nietzsche, Pascal, Zambrano, Cioran— predomina el discurso técnico que en absoluto pivota en torno a la manera en que aquello ha sido dicho, y a lo sumo puede encontrarse un empleo retórico, que no literario, del lenguaje ya que el fin último del filósofo es ganarse al lector para su causa argumental, no su causa estética. Por tanto, la filosofía no es propiamente un género literario en sí: se inscribe en el molde del ensayo, al igual que lo hacen los libros de sociología o historia o psicología o crítica literaria o musical.

A continuación, Gomá expone la tesis que recoge el título: la filosofía es «literatura conceptual». A nuestro entender, en absoluto es más conceptual que un artículo mate­mático o físico, o que cualquier clase de ensayo de los subgéneros que apuntábamos. Es cierto que pivota en torno a los conceptos, pero no es ése el fin —como sí lo es con frecuencia en el caso del ensayo científico— del texto filosófico. En el capítulo III de la Segunda Parte de El Quijote, Cervantes pone en boca la afirmación «No hay libro tan malo […] que no tenga algo bueno». ¿Y qué otra cosa sino conceptos podría tener un libro «no tan malo»? Todo texto, por ínfimo que sea, al igual que todo acto humano hijo de la voluntad, tiene alguna clase de concepto detrás.

Billete conmemorativo de Galileo

Billete conmemorativo de Galileo

Sello conmemorativo de Kant

Sello conmemorativo de Kant

Más adelante, Gomá escribe que «siempre que la filosofía ha tratado de emular a la ciencia ha desvirtuado su esencia originaria». Invocamos el prólogo de la «Crítica de la razón pura» para rebatir al articulista: en este libro central de la filosofía, Kant mira con envidia los logros de la física de Galileo y, tras advertir que «la metafísica […] no ha tenido hasta ahora la suerte de poder tomar el camino seguro de la ciencia», añade el elocuente párrafo que transcribimos:

«Me parece que los ejemplos de la matemática y de la ciencia natural, las cuales se han convertido en lo que son ahora gracias a una revolución repentinamente producida, son lo suficientemente notables como para hacer reflexionar sobre el aspecto esencial de un cambio de método que tan buenos resultados ha proporcionado en ambas ciencias, así como también para imitarlas, al menos a título de ensayo, dentro de lo que permite su analogía, en cuanto conocimientos de razón, con la metafísica».

De modo que, según el insigne filósofo prusiano, no sólo la ciencia no ha desvirtuado la esencia originaria de la filosofía como dice Gomá, sino que ha contribuido con sus impresio­nantes resultados a reorientarla. Es cierto que entre no pocos filósofos, y más extensa­mente entre las personas de formación humanística, con frecuencia se detecta cierta hostilidad hacia lo científico, acaso derivada de una deficiente comprensión del estatuto epistemo­lógico de este gran corpus de conocimiento al que, con notoria falta de sentido, algunos ignorantes consideran dictatorial.

David Hilbert

David Hilbert

El premio nobel de física Sheldon Glashow

El premio nobel de física Sheldon Glashow

Continúan las discrepancias: «Las ciencias de la naturaleza tienden a la especiali­za­ción y describen los procesos repetitivos de una región específica del mundo, mientras que la filosofía está llamada a hacerse cargo de todo el mundo y se pregunta por el ”ser” de éste (aquello que lo hace inteligible), no por las particularidades que lo componen», sostiene Gomá. Son dos los argumentos que cabe oponer a la tesis citada: por un lado, confunde la especialización de un científico concreto con la especialización de la ciencia en sí. El último matemático universal suele considerarse que fue precisamente un paisano de Kant, el gran David Hilbert (1862-1943), pese a la titánica extensión de los conocimientos de insignes matemáticos y físicos vivos de la talla de Stephen Smale, Sheldon Glashow o Edward Witten, entre otros muchos. Pero es que precisamente es esa especialización la que ha permitido el avance del complejísimo entramado conceptual de la matemática y la ciencia actuales, cuya pretensión no es otra que la totalidad del mundo que inconcebiblemente reclama Gomá.

Retrato del químico Dimitri Mendeleyev, por Ivan Kramskoy

Retrato del químico Dimitri Mendeleyev, por Ivan Kramskoy

La pregunta por el ser es una de las principales lacras de la filosofía. Bien está que se la formularan los pensadores griegos o los filósofos medievales, ya que en esa época la van­guar­dia de la reflexión intelectual buscaba invariantes en los procesos de cambio: de ahí que los pensadores griegos y los alquimistas llegaran a la conclusión de que había unas sustancias —tierra, aire, fuego y agua— que conformaban la naturaleza en último término. Con el tiempo, esta disciplina esotérica y protocientífica legó sus procedimientos y su búsqueda a la Química, que ha conseguido impresionantes logros sistematizadores de la esencia de la materia como la Tabla Periódica de los elementos, publicada en 1869 por el gran Dimitri Mendeleyev. Este hito corona las geniales investigaciones de Robert Boyle —quien sienta las bases del método experimental y establece la separación entre alquimia y química en su tratado de 1661 «El químico escéptico»—, Antoine Lavoisier —que establece la Ley de conservación de la materia y descubre el oxígeno— o John Dalton, quien toma el testigo de los atomistas griegos Demócrito y Leucipo y establece la Teoría Atómica.

Pero la filosofía actual no debería ocuparse de asuntos periclitados. El ser es un concepto vacío, nulo, que tuvo su momento de gloria hace veinte siglos y que, por influencia de la filosofía griega, ha continuado enredando a unos filósofos que, con harta frecuencia, se han preocupado por el sexo de los ángeles. En su ensayo de 1962 «La tesis de Kant sobre el ser», Martin Heidegger —un filósofo tan dado a la especulación en torno a la esencia— dice «en cuanto suena a nuestros oídos esta palabra “ser”, aseguramos que nada se puede representar bajo ella, que nada se puede pensar con ella».

Sello conmemorativo de Gregor Mendel

Sello conmemorativo de Gregor Mendel

Una última pregunta a propósito del anterior párrafo de Gomá: ¿es que acaso las particu­la­ri­dades de algo no son relevantes para entenderlo?: los rayos X fueron descu­biertos gracias a la particularidad de que unas placas fotográficas se velaron sin motivo aparente, los estudios de genética de Gregor Mendel surgieron a partir del estudio de las particularidades de las plantas del guisante, la radiación de fondo de microondas proce­dentes del Big Bang fueron descubiertas por la particularidad de que venían de todas direcciones.

Más adelante leemos lo siguiente: «la verdad de las ciencias reside en su verificación empírica […] mientras que la filosofía nunca, nunca, ha sido ni puede ser sometida a verificación empírica, como tampoco los han sido ni lo pueden ser la poesía, la novela o el teatro». Que la filosofía no haya sido nunca objeto de verificación empírica a criterio de Gomá me parece un asunto preocupante que debería moverle a reflexión y explica el interminable catálogo de despropósitos y ocurrencias absurdas y desconectadas de la verdad y la realidad que buena parte de los filósofos han defendido en sus escritos a lo largo de dos milenios y medio de actividad. La tesis que sostiene Kant en su prólogo podría ser hoy vuelta a formular en parecidos términos ante las ilustres gansadas de buena parte de los pensadores del siglo XX. Pero aún más preocupante me resulta el que se piense que la poesía, la novela o el teatro no sean, según el articulista, objeto de verificación empírica: ¿qué otra cosa es la lectura devota sino una verificación empírica realizada por el lector de que el texto en cuestión es significativo, relevante, conmovedor, pertinente o digno de atención? La escritura literaria decanta siglos de investigaciones en torno a categorías, técnicas, símbolos o estilos que se constata empíricamente que operan eficaz­mente sobre el destinatario de la obra.

“el fin último del filósofo es ganarse al lector para su causa argumental, no su causa estética”

En línea con la afirmación anteriormente citada, Gomá sostiene que «la verdad de la filosofía pende de la aceptación de los lectores, que se convencen por la fuerza puramente lingüística de los escritos». Si la verdad acerca de lo que pueda ser el mundo dependiese de que los lectores debieran refrendar las tesis expuestas en los escritos científicos, ninguna de las asombrosas conclusiones a las que han llegado los hombres de ciencia hubiera podido sostenerse. Los aparentes sofismas a los que conducen teorías como la relatividad o la física cuántica o, siglos antes, la teoría heliocéntrica o la teoría de la selección natural, sólo fueron aceptados por una exigua minoría de personalidades, y la verdad de estas teorías pende de su capacidad para explicar y predecir, no de si son o no aceptadas por los lectores, y mucho menos de si tienen o no «fuerza puramente lingüística».

Una de las tentaciones más contraproducentes de los filósofos ha sido la de acuñar expresiones simples y contundentes para despachar asuntos complejos. Gomá cita al excelso Wittgenstein para afirmar que «la poesía muestra y la filosofía dice». Recordemos que el idioma alemán en que se expresaba el pensador austriaco llama «Dichter» —es decir, el que dice— al poeta, no al filósofo. Pese al entusiasmo por la insensatez y la impostura que atenaza buena parte de la filosofía desde el romanticismo hasta hoy, y pese a la poesía plúmbea y consabida que se ha perpetrado en época reciente, el propósito de aquélla es razonar y el de ésta, emocionar. Como es evidente, la poesía asimismo dice y la filosofía también muestra.

El pensador alemán Peter Sloterdijk

El pensador alemán Peter Sloterdijk

El pensador coreano Byung-Chul Han

El pensador coreano Byung-Chul Han

A nuestro entender, esta concepción de la filosofía cercana a la literatura en absoluto tiene posibilidades de subsistir, pero afortunadamente no todos los filósofos piensan como Gomá: El último libro de Peter Sloterdijk que se ha publicado entre nosotros se titula «Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana» y al parecer especula en torno a la conveniencia de convertir en voluntarios los impuestos a cambio de que nos sea cedida a los ciudadanos cierta potestad para decidir el destino de los fondos que pagamos. El coreano Byung-Chul Han se interesa en su último libro por los mecanismos modernos de poder. Es decir, los filósofos punteros se interesan por los problemas del ser humano actual, no por la anticuadísima herencia de la filosofía griega, un vetusto conjunto de conoci­mientos que ha convertido el quehacer filosófico de multitud de vacas sagradas en un cargante comentario de textos: Aristóteles, San Agustín, Kant, Spinoza, entre otros muchos, se ocuparon principalmente de lo que tenían delante. ¿De qué vale enseñar hoy la teoría de las ideas de Platón o el concepto de res extensa en Descartes?

Siempre pensé que el pecado le viene a la filosofía de su nombre, ya que no se trata tanto de amar la sabiduría, porque degenera en inútil erudición, como de resolver problemas, que etimológicamente son lo que nos han arrojado delante —«pro»: ‘delante’, es decir, aquí y ahora, y «blema»: ‘lanzamiento’—. Si, además de apagar fuegos, queremos evitarlos, asimismo deberíamos incor­porar al perí­metro de lo filosófico los «emblemas» —lo que nos han lanzado dentro—, los «hiperblemas» —lo que tenemos encima— y los «metablemas»: lo que está más allá, o lo que viene después, si se confirma que existe un después.

Álvaro Fierro Clavero
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. ¿Joven pensador? Que yo sepa son ustedes coetáneos estrictos.
    Estoy de acuerdo en que es probablemente L. Wittgenstein el que viene aquí al caso (más que su tópico Tractatus en sus Investigaciones Filosóficas). Por un lado la Filosofía difícilmente puede ser otra cosa que lenguaje pero al tiempo debe emplear, entre otras muchas, técnicas tomadas de la gramática (en sentido amplio) para “elucidar” problemas causados por la niebla del lenguaje filosófico clásico. Al fin y al cabo también se cita a LW diciendo “de filosofía debería escribirse como en una composición poética).
    No me parece, sin embargo, que se pueda arrumbar la metafísica, sobre todo esta semana en que celebramos a Santo Tomás de Aquino (y curiosa coincidencia la de tu artículo con el del Padre Alonso en la noticia del día). Muchas gracias por este importante esfuerzo tuyo de claridad, cortesía del sabio. Por cierto que Gomá y usted son enormemente parecidos (dicho con todo afecto, sobre todo en la tendencia a la pedantería) tal vez por ello vuestra discrepancia.

  2. Estoy de acuerdo en todo salvo que amar la sabiduría degenere en inútil erudición. Dice el poema ochenta y uno del TAO : “El erudito no es el sabio. El sabio no atesora”.

  3. Muy acertado estudio, Alvaro. Pero por mucho que intente mostrarnos la filosofía la palabra se le queda corta . Sin embargo la poesía, aparte de decir, intuye y hasta vaticina alargando la proyección de lo expuesto . Y también, de acuerdo con Blanca ¿Acaso el ejercicio del hombre no es aprender día a día? Entonces cómo no perseguir la sabiduría. Soledad C

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