lunes, 23 octubre, 2017

Carta de amor a Anna-María Hefele


La música es una ley moral, brinda un alma al universo, alas al pensamiento, vuelo a la imaginación, encanto a la tristeza, alegría y vida a cada cosa. Es la esencia del orden que ella restablece, y eleva hacia todo lo que es bueno, justo y bello y, aunque invisible, es la forma deslumbradora, apasionante y eterna de todo ello.

Platón

 

Quien canta bien, ora dos veces 

San Agustín

Música en el Antiguo Egipto

Música en el Antiguo Egipto

No tenemos manera de saber cuándo inventamos la música. Los huesos de tibia de buitre en los que se han practicado incisiones para producir sonidos datan de hace unos cuarenta y tres mil años, aunque la música vocal seguramente sea muy anterior. Es de suponer que el «homo habilis» o el «homo erectus» intentarían hacer algo para que sus pequeños se tranquilizaran por las noches o simplemente exteriorizarían su satisfacción aullando al descubrir que un animal por fin había caído en una trampa. Tanto para hablar como para cantar fue necesario que la glotis se desplazara hacia abajo, hasta su posición actual, lo que sucede a decir de los paleoantropólogos hace unos 140.000 años. De modo que sólo conocemos una pequeñísima parte de la historia del canto: apenas los últimos dos mil años

Flauta de 35.000 años de antigüedad

Flauta de 35.000 años de antigüedad

Los musicólogos han investigado la música del Antiguo Egipto. A partir de los jero­glí­ficos, los instrumentos que se han encontrado en los yacimientos y la actual liturgia copta nos ofrecen una posible recreación de esta actividad sagrada que en la época se vinculaba a Maat, la hija de Ra que representaba la Verdad, la Justicia y la Armonía Cósmica. La recre­ación me parece excesivamente refinada para los medios de la época, pero no soy yo quién para desautorizar este intento:

Pitágoras de Samos

Pitágoras de Samos

Según la tradición, Pitágoras fue el primero que descubrió un hecho fundamental para la música: la relación entre el tono de la nota que produce una cuerda al ser pulsada y su longitud. Los intervalos sonoros fundamentales se conseguían acortando la longitud en determinadas proporciones: ½ (octava), ¾ (cuarta) y 2/3 (quinta). El lector de la mirada infinita que haya olvidado sus estudios de solfeo puede escuchar aquí estos intervalos. Para más señas, el intervalo de quinta es el que emplea Richard Strauss en el arranque de su célebre poema sinfónico «Así habló Zarathustra» –que fue popularizado por Stanley Kubrick en «2001, una odisea del espacio»–  o el intervalo inicial del tema de la película «Superman», mientras que el intervalo de cuarta es el que utiliza Wagner en el inicio de la obertura de «Tannhäuser», o las dos primeras notas de la canción infantil «El patio de mi casa».

Salto de Octava:


Salto de Quinta:


Salto de Cuarta:


Musas

Musas

Con estos intervalos, junto con el ritmo y las musas –de las que deriva la palabra «música»–, el ser humano empezó a construir el arte sonora. En Grecia, el sentido de esta arte era más amplio que el actual, y englobaba otras artes conmovedoras que ahora conside­ra­mos exentas, como la danza o la poesía. Una relación interesante establecida en Grecia por los pitagóricos vincula el orden del cosmos con el orden musical. Se acuña el concepto de «armonía de las esferas», según el cual los cuerpos celestes están gobernados según proporciones numéricas sencillas. Esta creencia ha mantenido ocupados a los astrónomos durante unos dos mil años buscando toda clase de relaciones entre distancias, velocidades orbitales y periodos.

Moneda de Kepler

Moneda de Kepler

En parte, la pretensión astronómica de encontrar patrones numéricos según un orden pitagórico resultó profundamente esclarecedora, como comprobó el insigne medidor celeste Johannes Kepler, quien en su obra de 1596 «Mysterium cosmographicum» escribió algo que nos parece conmovedor: «yo deseaba ser teólogo, pero ahora me doy cuenta a través de mi esfuerzo de que Dios puede ser celebrado también por la astronomía». En su búsqueda de Dios, el bueno de Johannes encontró algo muy parecido: sus revolucionarias Tres Leyes que, junto con la obra de Galileo y Copérnico, constituyen el punto de partida de la ciencia moderna y que son el resultado de varias décadas de observación y medidas.

La Tercera Ley es la más notable y la que más esfuerzo costó obtener. Se conoce con el sobrenombre de «Ley Armónica», y establece, nada menos, que el cuadrado de los periodos de revolución de los planetas es proporcional al cubo de la distancia promedio al Sol. Isaac Newton coronó su genial contribución al saber humano con la Ley de Gravitación Universal, para cuya deducción partió del mencionado hallazgo del astró­nomo alemán y de la fórmula más importante de todos los tiempos —de la que él mismo era descubridor—: la Segunda Ley de la Dinámica.

Ley de Titus-Bode

Ley de Titus-Bode

Johann Daniel Titius

Johann Daniel Titius

Pero no todos los patrones numéricos que es posible identificar en las mediciones celestes permiten formular una ley de la naturaleza. Buen ejemplo es la famosa ley de Titius-Bode según la cual, supuestamente, se disponen las órbitas de los planetas del Sistema Solar. En el siglo XVIII sólo se conocían los planetas clásicos —Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter y Saturno—, que distan de nuestra estrella respectivamente 0,38; 0,72; 1; 1,52; 5,2 y 9,54 unidades astronómicas (una UA es la distancia entre la Tierra y el Sol). A base de hacer cálculos y más cálculos, el astrónomo Johann Daniel Titius descubrió que podían obtenerse esos números partiendo de la secuencia 0, 3, 6, 12, 24, 48, 96, sumando cuatro unidades —lo que proporciona la serie 4, 7, 10, 16, 28, 52, 100— y dividiendo por diez el resultado. El patrón obtenido por Titius da la impresionante secuencia 0,4; 0,7; 1; 1,6; 2,8; 5,2; 10.

William Herschel

William Herschel

De la somera inspección de ambas listas de números es muy fácil deducir que en efecto los radios de las órbitas de los planetas siguen esa ley, y que faltaba por encontrar un planeta en la secuencia: el correspondiente a la distancia de 2,8 UA. La fe en la fórmula de Titius-Bode se reforzó cuando en 1781 William Herschel descubrió Urano a 19,19 unidades astronómicas, que prácticamente clavan la predicción de la célebre ley: 19,6.

¡Había que encontrar un planeta entre Marte y Júpiter! Tras treinta años de infructuosos esfuerzos, el astrónomo italiano Giuseppe Piazzi encontró Ceres —un peque­ño cuerpo celeste perteneciente a lo que hoy conocemos como Cinturón de Aste­roides— a 2,6 UA. Desgraciadamente —o afortunadamente, quién sabe—, en 1846 fue descubierto Neptuno a 30 UA, muy lejos de la predicción de 38,8 UA de la ley de Titius-Bode, que desde entonces se enseña únicamente como curiosidad y como mnemo­tecnia con una excepción. Se cree que en torno a cada estrella orbitan planetas a distancias que siguen alguna clase de patrón sencillo como el que encontró Titius para el Sol, pero la cuestión no está cerrada.

Volviendo a la música, la armonía es el otro aspecto constructivo esencial. Su nombre remite al orden pitagórico. Es la ciencia que estudia los acordes o sonidos simul­tá­neos. De nuevo hay relaciones sencillas entre las frecuen­cias vibrantes que dan lugar a acordes agradables, o bien a acordes desagradables: Desde la Edad Media se consideraba que el diablo se introducía en la música a través del acorde llamado «tritono», que consiste en un salto tres tonos enteros —y que fue bautizado con el nombre de «diabolus in musica»— que el lector de la mirada infinita puede escuchar aquí:

Tritono, o Diabolus in musica

 

San Pablo

San Pablo

El gran desarrollo musical de occidente se debe al cristianismo. En su «Epístola a los Colosenses», San Pablo invita al empleo de la música: «canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón». La liturgia cristiana incorpora desde los orígenes judíos, ya en el siglo primero, una música monódica —es decir, con una única línea melódica— llamada «canto llano» —o «gregoriano» para el catolicismo— que se inter­preta «a capella» —o sea, sin acom­pa­ña­miento— y que recibe la importante influencia de las comunidades cristianas orientales. La primera escritura relacionada con la música aparece hacia el siglo IX, aunque hasta unos doscientos años más tardes no incorpora alturas o tonos.

Johannes Ockeghem, autor del primer Requiem de la historia

Johannes Ockeghem, autor del primer Requiem de la historia

Hacia el siglo IX tiene lugar una innovación radical y los músicos empiezan a componer obras en las que varias voces interpretan simultáneamente distintas alturas musicales. Surge la polifonía, un nuevo hito en el arte occidental de combinar los sonidos. En sus inicios, la distancia entre voces es constante —lo que se conoce como cuartas, o quintas, u octavas paralelas—, pero pronto las líneas melódicas se combinan de manera mucho más imaginativa y se produce la primera Edad de Oro de la música. Los compo­si­tores de los siglos XV y XVI, como Guillaume Dufay, Cristóbal de Morales, Palestrina o Victoria llevan a su culminación los procedimientos polifónicos. La precisión en la escritura musical jugó un importante papel en la complejidad creciente de las partituras: se llegan a componer motetes a treinta y seis voces, como el sublime «Deo gratias» del gran Johannes Ockeghem, e incluso a cuarenta voces, como el colosal «Spem in alium» de Thomas Tallis.

 

Deo gratias:

 

Spem in allium:

 

Giovanni Pierluigi da Palestrina

Giovanni Pierluigi da Palestrina

En el Concilio de Trento (1545-1563) se plantea un debate fundamental para el desarrollo de la música: La inextricable polifonía dificultaba la comprensión del texto litúr­gico y se llega a debatir en torno a la prohibición de la polifonía y el retorno a la monodia. En 1552 se envía al concilio la siguiente recomendación:

«Todas las cosas deben seguir un orden tal que permita que las misas, celebradas con canto o no, lleguen calmadamente a los oídos y corazones de los oyentes […] de tal forma que no proporcionen un placer superficial al oído, sino de tal manera que todos entiendan las palabras con claridad, y así los corazones de los oyentes se vean atraídos por el anhelo de las armonías celestiales, a la contemplación del regocijo de los bienaventurados»

Cuenta la leyenda que, para convencer al concilio, Palestrina compuso su extraor­dinaria «Misa del Papa Marcello», en la que quedaba de manifiesto que la compleja textura contrapuntística y armónica de la polifonía podía desarrollarse sin perturbar la compren­sión del texto cristiano. Esta falsa anécdota constituye uno de los ejes argumen­tales de la infre­cuen­temente representada ópera «Palestrina» de Hans Pfizner.

 

ANNA MARIA HEFELE Y LA «MONOPOLIFONÍA»

Anna-Maria Hefele pensando

Anna-Maria Hefele pensando

Los compositores pasaron de la monodia a la polifonía en un intento por alcanzar mayores logros artísticos, y para ello se vieron obligados a requerir el concurso de varios intérpretes ya que la voz humana es esencialmente monódica: el cantor sólo puede entonar una nota en cada instante… salvo que haya desarrollado la técnica del canto armónico, que permite emitir dos notas a la vez. Esta técnica vocal, también denominada «sygyt», es originaria de Mongolia y las provincias mongolas limítrofes de Rusia —la república de Tuva— y China —lo que se conoce como Mongolia Interior—, y forma parte del Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad.

Según los etnomusicólogos, esta particular forma de canto se ha desarrollado a causa de las creencias religiosas y la particular orografía de la región. Por un lado, el paisaje mongol es muy llano y fomenta que el sonido recorra enormes distancias sin toparse con ninguna barrera. Pero es que además los mongoles son un pueblo animista que venera los objetos tanto por su forma como por su ubicación o el sonido que producen. Al parecer, el origen del folklore «sygyt» parece encontrarse en la imitación de los sonidos naturales de los animales, el agua o el viento.

Anna-Maria Hefele es una gentil cantante alemana que ha asimilado magistralmente la técnica mongola del canto armónico. En el vídeo que adjuntamos, Anna-Maria nos explica en inglés qué cosas puede hacer con cada uno de los dos registros de su voz inexplicablemente doble.

 

 

En el siguiente vídeo, Anna Maria se acompaña del arpa para interpretar una bonita canción popular:

 

 

Anna-Maria Hefele

Anna-Maria Hefele

En mi imaginario sentimental encarnan la quintaesencia del donaire y el garbo dos arquetipos femeninos supremos: la baila­rina y la soprano. Anna-Maria Hefele ha conse­guido gracias a su garganta ser una mujer secretamente múltiple. En cuál de sus aladas voces Anna-Maria oculta lo que su corazón espera, con qué boca escondida, con qué garganta dicen sus dulces labios que necesitan otorgarse al ser amado, en cuál acorde de la escala Anna-Maria abre las puertas que tenemos dentro y nos arrulla para que no sintamos más y acaso al fin olvidemos.

Álvaro Fierro Clavero
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Muchas gracias Álvaro, un trabajo impresionante y un final increíble.
    El tritono se utiliza mucho en el Heavy Metal, jazz y blues, y es también conocida como blue note. ¿Curioso no? Un abrazo.

  2. Me ha gustado muchísimo este artículo, Alvaro. Interesantísimo. Me ha recordado también un estudio que hice en cierta ocasión sobre los pigmeos Aka. Los primeros europeos que tuvieron contacto con ellos se maravillaron, entre otras cosas, de su música polifónica. Puedes escucharla en youtube. “Los cantos polifónicos de los pigmeos aka de Centroáfrica”. En el video no mencionan que también usan como instrumento la superficie del agua, los “tambores de agua”. Por cierto, junto con los inuit del círculo polar ártico hasta la llegada del hombre blanco, parecen ser los seres humanos más felices del planeta.

  3. Impresionante! Mucho esfuerzo al igual que tu anterior artículo. Interesante y divertido también.
    Muchas gracias!!

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