lunes, 23 octubre, 2017

Richard Linklater y la infancia


Sólo el tiempo puede curar de la niñez y sus imperfecciones.

Santo Tomás de Aquino

 

Cartel-de-la-película-'Boyhood' ¿Por qué es tan importante la infancia? En todas las etapas de la vida suceden cosas relevantes, en todas aprendemos, cometemos errores y acertamos, tenemos problemas y éxitos, descubrimos cosas, pero es en la infancia cuando aparentemente se labra lo que una persona será más adelante, andando el tiempo (bonita expresión).

Los psicólogos evolutivos y los biólogos nos llenan de datos que podrían explicar por qué tenemos esta idea: cambia tal cantidad de aspectos corporales y cognitivos que eso forzosamente debe dejar huella perenne en la personalidad, piensa uno al leerlos. Pero lo cierto es que cualquiera que haya tenido hijos constata que el niño muestra desde muy pequeño rasgos de personalidad que mantendrá siempre: el que es indolente, o jovial, o perseverante, o dormilón, o sagaz, o irritable, o generoso con frecuencia lo seguirá siendo más adelante. Es habitual que los padres nos atribuyamos las virtudes de nuestros hijos través de la genética, y sin embargo creamos que sus defectos se deben a la influencia exterior.

En La República, Platón sostiene con sabiduría que el alma tiene la posibilidad de conocer el Bien, pero para alcanzar dicha meta es imprescindible que la búsqueda comience ya en la infancia. Por su parte, Aristóteles pretende formar hombres libres, aunque los métodos que propone nos parecen hoy inaceptables. En el Libro VII de la Política se muestra partidario de endurecer a los niños antes de los dos años haciéndolos pasar frío, aunque hasta la edad de cinco años defiende el juego como imitación de las ocupaciones de la edad adulta.

Plutarco

Plutarco

Plutarco tiene un libro de título absolutamente maravilloso –‘Cómo debe el joven escuchar poesía’– en el que otorga a este género literario un papel central en la educación y le concede sagazmente un papel propedéutico –es decir, preparatorio– para facilitar el acceso del joven al estudio de la filosofía. Roma organizaba la educación en tres etapas: ‘Ludus’, o escuela elemental mixta, entre los siete y los doce años; ‘Gramática’, entre los doce y los dieciséis, dedicada a la poesía, el teatro y prosa; y por último ‘Retórica’, etapa en la que una minoría de alumnos aprendían declamación y oratoria. Sólo excepcionalmente la mujer proseguía sus estudios más allá de los doce años.

La institución social más importante, que había sido el Estado en Grecia y Roma, pasa a ser la Iglesia durante la Edad Media. Ahora se reformula el cometido de la educación y se busca preparar al niño para servir a Dios y a la propia Iglesia. Se considera la infancia una etapa perversa –léase la frase de Santo Tomás de Aquino que abre el artículo– y se elimina la educación física, ya que se considera que el cuerpo es fuente de pecado. El niño es un homúnculo, un hombre pequeño, que mediante graduales cambios inducidos por la educación deviene adulto. Las mujeres están excluidas.

Durante el Renacimiento y el Barroco aparecen importantes ideas nuevas en la materia. En ‘De pueris’ (1511), Erasmo rechaza el aprendizaje repetitivo y mecánico y retoma la idea clásica del juego como sistema de aprendizaje por excelencia. Asimismo se opone a los castigos corporales y exige que el maestro sea ejemplar. Leemos en su obra el lamento siguiente: ‘Hoy en día no vemos a hombre tan ruin, tan inútil, tan poca cosa que el vulgo no le atribuya suficiente aptitud para regentar una escuela’.

Luis Vives

Luis Vives

Jan Comenius, según Rembrandt

Jan Comenius, según Rembrandt

Nuestro Juan Luis Vives introduce una idea clave: es el primero en incidir en las diferencias entre unos alumnos y otros y muestra interés en la enseñanza de los alumnos menos dotados. Los contenidos deben adaptarse tanto por edades como por capacidades y defiende la educación de niños y niñas. El pedagogo y teólogo checo Jan Komensky –más conocido por su apellido latinizado, Comenius – señala la importancia de la madre como primera educadora y, al igual que Vives, se muestra partidario de educar también a las niñas. Muchos de los principios pedagógicos seguidos universalmente proceden de este insigne maestro de maestros: para aprender es necesario comprender, retener y practicar, y es el autor de ‘Orbis Pictus’ (1658), el primer libro ilustrado para niños. Asimismo defiende la escolarización obligatoria hasta los doce años y promueve la educación en la lengua materna, no en latín.

Edición inglesa de 1659 de 'Orbis Pictus'

Edición inglesa de 1659 de ‘Orbis Pictus’

Con todo, los castigos físicos continúan siendo importantes. El médico Jean Héroard fue el preceptor de Luis XIII y recogió a lo largo de veinte años en un meticulosísimo diario –que incluye, por ejemplo, las horas a las que el delfín se levantaba, comía y se acostaba– el proceso de aprendizaje del príncipe. Recibió el espeluznante consejo siguiente de su majestad Enrique IV: ‘Aplica el castigo físico tantas veces como sea necesario porque puedo asegurar, por mi propia experiencia, que nada me ha hecho tanto bien en la vida’.

John Locke

John Locke

Tratado sobre educación de John Locke

Tratado sobre educación de John Locke

El empirista John Locke es otro pensador pedagógico fundamental. Rechaza el innatismo y atribuye a la experiencia y a la educación la mayor parte de lo que la persona llegará a ser. Escribió el que para algunos es el tratado más influyente sobre pedagogía de todos los tiempos: ‘Algunos pensamientos sobre la educación’, publicado en 1693, donde sostiene que ‘el noventa por ciento de las personas son buenas o malas, útiles o inútiles a la sociedad debido a la educación que han recibido’. Locke admite que puedan existir talentos o habilidades naturales, y exhorta a los padres para que observen a los hijos y les proporcionen las actividades convenientes para su mejor desarrollo según sus aptitudes. La idea de que el cuidado del cuerpo es esencial en la educación también es de Locke, y por ello recomienda prestar atención a las horas de sueño, la higiene, las actividades al aire libre y la alimentación saludable.

Asimismo incide en la conveniencia de embridar las inclinaciones impulsivas o naturales mediante la razón, no mediante golpes o castigos, y señala que, a igualdad de los demás factores, ‘aquellos niños que han estado más castigados raramente llegan a ser los mejores’. Da importancia a los métodos educativos y propugna la búsqueda del placer de aprender como resorte efectivo para la enseñanza.

“No hay nada más hermoso que ser testigo de la evolución de un ser humano”

Edición de 'Emilio o Sobre la Educación'

Edición de ‘Emilio o Sobre la Educación’

Tradicionalmente se ha opuesto a Locke la figura de Rousseau, el autor de ‘Emilio, o Sobre la educación’. La celebérrima tesis central de esta obra del pensador suizo es que el ser humano es bueno por naturaleza. Otro tanto piensa Rousseau del niño, a quien considera no un hombre pequeño, sino como un ser con características propias. La educación debe ser obligatoria y ha de incluir a la mujer. Sin embargo los biógrafos de Rousseau nos han informado detalladamente de la iniquidad y las incoherencias vitales del pensador ginebrino. Entre las muchas evidencias que encontramos en su miserable biografía hay una que lo destrona definitivamente: presionó con éxito a la madre de sus cinco hijos para que los abandonara en un hospicio sin siquiera darles un nombre.

Alfred Binet

Alfred Binet

A partir de Rousseau son cada vez más los pedagogos y más numerosas las propuestas y las teorías educacionales, que quedan pendientes para próximos artículos, aunque no queremos dejar sin mención la llegada de la ciencia a la pedagogía en la segunda mitad del siglo XIX, cuando comienza el estudio sistemático del niño y se pone a punto en 1905 el primer intento de medida de la inteligencia por Alfred Binet y Théodor Simon con el propósito de predecir el rendimiento escolar.

Fotograma de 'Fanny y Alexander'

Fotograma de ‘Fanny y Alexander’

Los padres solemos movernos entre los dos grandes estilos educativos elementales que se nos ocurren de manera intuitiva: por un lado está el modelo de inspiración rousseauniana, confiado en una posible bondad natural del niño, que da lugar a padres más permisivos; y por otro está el modelo más severo y disciplinario –que piensa que el niño es intrínsecamente malo y hay que amaestrarlo– de cuño protestante que mentalmente algunos asociamos al tremendo padre adoptivo de ‘Fanny y Alexander’, la soberbia película de Bergman.

Escribir sobre educación me produce ternura: recuerdo las cosas absurdas que pensaba sobre el particular cuando iba a tener mi primer hijo. Creía sinceramente en el poder ilimitado de la educación y estaba dispuesto a toda clase de esfuerzos con el fin de convertir al crío en alguna clase de genio. Y el caso es que, en mi intento por aficionarlo a la lectura, preparé una extensa antología de poemas para aprender de memoria que recorría la literatura en español desde Garcilaso hasta la actualidad en la que épocas, estilos y países de habla hispana estaban equitativamente representados y que durante años mis hijos y yo memorizábamos antes de ir a la cama. Con ese motivo aprendimos la canción del comendador Escrivá, la ‘Sonatina’ de Rubén Darío, algunos sonetos del poeta toledano, Lope, Quevedo, Hernando de Acuña o Calderón, el romance del Conde Arnaldos, el madrigal de Gutierre de Cetina, poemas infantiles de Alberti, Juan Ramón y García Lorca, un poema preciosísimo de Jaime Siles –‘Región luciente’–, el Romance del Duero, de Gerardo Diego y muchísimos otros poemas más.

Erasmo, según Hans Holbein

Erasmo, según Hans Holbein

Para aficionar a mis hijos a la música preparé una segunda antología –esta vez en CD– en la que incluí las piezas que me parecían imprescindibles del Barroco, Bach, Mozart y Schubert. Este itinerario sentimental y estético que elaboré con tanta ilusión y esfuerzo terminó siendo un fracaso por dos razones: Por un lado, para los niños es aburridísimo tener un padre que los persigue con poesías y músicas, ya que es necesario un cierto grado de afinidad, disciplina o sumisión que mis hijos resultaron no tener. Pero es que, además, llega un buen día en que la infancia se termina y el extinto niño empieza a considerar una molestia cualquier cosa que le digan sus padres, tenga esto que ver o no con antologías bienintencionadas. En esta época, por ejemplo, los niños ruegan encarecida­mente a sus progenitores que no los besen en público, ya que esto constituye una afrenta a ojos de sus amigos.

El final de la infancia se caracteriza por otro asunto importantísimo que he identificado en mi peripecia personal: los padres comenzamos a ocupamos menos intensa­mente de la educación de los hijos. Me explico: a lo largo de la infancia el pequeño ha sido objeto de desvelos tanto en el colegio como en casa y ha aprendido multitud de cosas que lo preparan para valerse por sí mismo en la vida. Pero cuando la infancia acaba, los padres estamos ya cansados de perseguir y aconsejar, nos duele la boca de repetir siempre la misma cantinela y, para colmo, la criatura se opone activamente a la autoridad. El peso de la educación recae entonces en el colegio y en el entorno –los amigos, los enemigos, la televisión, el márketing, el cine, el fútbol– y el adolescente comienza a ejercer de sí mismo.

No es que los padres dejemos por completo de ocuparnos de la cuestión, como es natural, ya que nuestros patéticos intentos educativos continúan, pero ahora son muchas más las instancias que influyen en el joven, con un agravante: en general los padres no tenemos suficiente atractivo para competir con una marca de moda o un actor o una serie de fama, y nuestro papel queda reducido a esporádicas entrevistas con motivo de algún suspenso o algún percance hebdo­ma­dario con el alcohol, junto con la agotadora reivindicación en favor de que el cuarto del joven no parezca la consecuencia de un naufragio.

El caso es que el adolescente podría seguir aprendiendo durante mucho tiempo cosas que le iban a venir bien para sus intereses, pero la criatura entra en un impás de unos siete u ocho largos años en los que puede ocurrir de todo mientras la relación con los padres se bloquea en una interminable sucesión de negociaciones. La persona que emerge de la adolescencia ya no es fundamental y primeramente nuestro hijo, sino que es una cosa amablemente compleja a la que, por pereza intelectual o simplemente por prudencia –aunque sin base empírica alguna– designamos con la palabra ‘adulto’.

 

 

RICHARD LINKLATER Y LA INFANCIA

Hermanas Brown en 1975

Hermanas Brown en 1975

Hermanas Brown en 1992

Hermanas Brown en 1992

La película ‘Infancia’ –que mantiene el nombre original de ‘Boyhood’ entre nosotros– constituye un experimento del que sólo conozco un antecedente: el ciclo fotográfico de las hermanas Brown, a las que Nicholas Nixon lleva retratando todos los años desde 1975 en un conmovedor intento por reflejar la huella del tiempo en unos rostros y unos cuerpos que conocemos en la juventud y evolucionan hasta frisar la vejez. No sabemos nada de ninguna de ellas, más allá de lo que sea posible conjeturar a partir de los retratos –una de las hermanas aparece embarazada en 1992, por ejemplo–, pero por misteriosas razones tenemos la impresión de conocerlas perfectamente. A medida que el espectador recorre una por una las fotografías de la secuencia, se va enamorando suavemente de todas ellas porque se adquiere de manera sutil la condición de un hipotético amigo de la familia que fuera una o dos veces al año a tomar el té a casa de las Brown, y no hay nada más hermoso que ser testigo de la evolución de un ser humano. Nixon tiene la emocionante intención de continuar hasta su muerte con el proyecto, incluso si alguna de las hermanas desapareciera.

Richard Linklater

Richard Linklater

Todo lo anterior no es más que un pretexto para confesar que hemos visto una película definitiva, histórica, sobrenatural, un largometraje distinto que, en medio de tanta vulgaridad mediocre, tanta falta de ideas y de talento, tanto pedante sin el menor atisbo de inteligencia, redime la actividad cinematográfica de todos los bostezos que llevamos echados ante una pantalla y la sitúa en el escogido ámbito de lo esencial. La sola formulación de la idea motriz parece una locura: seguir a lo largo de doce años, a razón de unas pocas jornadas anuales de rodaje hasta completar treinta y nueve días, la vida de Mason –encarnado por Ellar Coltrane–, un chaval al que conocemos con seis años en pleno litigio con la jovencísima Lorelei Linklater, hija en la vida real del director, productor y guionista de ‘Infancia’ y hermana de Mason en la ficción.

Ellar Coltrane en 'Boyhood'

Ellar Coltrane en ‘Boyhood’

La película tiene cierto aire documental porque la cámara es testigo de una sucesión de peripecias sin un arco argumental abarcador: simplemente unas cosas llevan a otras y suceden sin aparente premeditación, al igual que nos ocurren en la vida. La película desmonta todo posible relato coherente que el espectador pudiera construir con su existencia porque demuestra que nuestra posición actual en el mundo es el producto de una interminable sucesión de oportunidades, casualidades y coincidencias que muy bien podrían haber hecho de nosotros alguien bien diferente.

Patricia Arquette leyéndoles un cuento a sus hijos en 'Boyhood'

Patricia Arquette leyéndoles un cuento a sus hijos en ‘Boyhood’

Es común escuchar que la película constituye una reflexión en torno al paso del tiempo gracias al poderosísimo recurso ideado por Linklater de mantener en pantalla a actores que cumplen años verdaderamente. Sin duda esto es cierto, pero lo que resulta verdaderamente potente, lo que lo deja a uno pensando durante semanas al salir del cine es la audacísima apropiación indebida que Linklater ha hecho de todas nuestras biografías para hilvanar con retazos de cada uno de nosotros mismos un magistral, un inolvidable retrato íntimo de esta época.

Ethan Hawke con sus hijos en 'Boyhood'

Ethan Hawke con sus hijos en ‘Boyhood’

Y es que la peripecia, bajo una apariencia casual, desordenada y cotidiana, va recorriendo la totalidad de la conciencia del espectador, eso que permanecía secreto en el trastero de lo que hemos vivido y habíamos olvidado, aquella sensación, aquella mirada, aquella frase, aquella confidencia, aquel modo de sonreír de la chica a la que amábamos sin que ella nunca lo supiera, aquel candor, aquel inicio, aquella revelación, aquel azul de la infancia.

Gracias, Richard.

Álvaro Fierro Clavero
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Gracias Alvaro. De tu experiencia como padre contada de manera tan divertida, si que se puede aprender.

  2. “Puericia, arcana fábula de recuerdos/ sombra, quien a ti se acerca/ sobra, quien de ti se aleja.
    L. Pirandello (no sé por qué me corrige tí).
    En “Contrapunto” de Aldous Huxley aparece un escritor, trasunto del propio Huxley, que compraba fotos de personas a lo largo del tiempo para sus novelas.

    • Perdón, creo que la novela de Huxley es “Ciego en Gaza”, de la que lo mejor es el epígrafe “Eyeless in Gaza, at the mill with slaves” (John Milton)

  3. Es verdad , Álvaro, que los hijos conforme se van haciendo mayores parece que se dispersan. A veces sus actitudes nos sorprenden por imprevistas y hasta disparatadas. Pero lo que cuenta en realidad es el buen hacer de los padres porque éstos siempre estarán contentos de haberlo hecho lo mejor que sabían.

  4. Tus hijos no son tus hijos.
    Son hijos de la vida, deseosas de sí misma.

    No vienen de ti, sino a través de ti,
    y aunque estén contigo,
    no te pertenecen.

    Puedes darles tu amor,
    pero no tus pensamientos, pues,
    ellos tienen sus propios pensamientos.

    Puedes abrigar sus cuerpos,
    pero no sus almas, porque ellas
    viven en la casa de mañana,
    que no puedes visitar,
    ni siquiera en sueños.

    Maravilloso artículo. Tengo mucho que aprender: como padre, y como hijo. Gracias.

  5. Estoy emborrachándome con artículos tuyos. Me fascinó la película y no sabía muy bien explicar el porqué: “lo que lo deja a uno pensando durante semanas al salir del cine es la audacísima apropiación indebida que Linklater ha hecho de todas nuestras biografías para hilvanar con retazos de cada uno de nosotros mismos un magistral, un inolvidable retrato íntimo de esta época”.

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