lunes, 23 octubre, 2017

El misterio de la felicidad


La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?

Rubén Darío

La estupenda película argentina que me inspira el título de esta mirada infinita, tiene la virtud de preguntarse bajo una apariencia amable por lo que parece constituir la ambición máxima del ser humano: la felicidad, como lo demuestra la superficie cada vez mayor que las librerías dedican a los libros de autoayuda o la frecuencia con que es mencionada siempre que se le pregunta a alguien por lo que más desea en la vida. ‘El viaje a la felicidad’, ‘La fórmula de la felicidad’, ‘El contenido de la felicidad’, ‘La auténtica felicidad’ o –atención a la astucia– ‘La ciencia del bienestar’ son los títulos de algunos libros que ahora mismo están a la venta y que sin duda alguna pueden ayudar al que pase por un mal momento.

Codiciar los bienes ajenos

Codiciar los bienes ajenos

A la felicidad le pasa como al amor, que cada uno tiene una idea distinta acerca de qué pueda ser. Algunos individuos parecen ser felices tirándose en traje volador –creo que ése es el nombre–, que en esencia consiste en algo que ni es un traje ni vuela, como lo demuestra el que constantemente perezcan quienes se arriesgan a lanzarse equipados con él; mientras que otros somos felices contemplando puestas de sol o leyendo sin necesidad de traje crepuscular ni traje lector. Por lo visto, todo el mundo parece tener una respuesta para la pregunta clásica del mal entrevistador: ‘¿Qué es para ti la felicidad?’

La conclusión que uno saca leyendo a los filósofos que se han interesado por el tema es que ninguno de ellos era demasiado feliz. En general, la felicidad ha sido vinculada con la autosuficiencia y la autonomía, con los placeres, con la aceptación de las limitaciones o con el ejercicio de la virtud. Pero una somera introspección indica que, aunque estas circunstancias y prácticas puedan contribuir a proporcionarnos satisfacciones, ninguna de ellas proporciona por sí sola, ni mucho menos garantiza, la felicidad. El truco de los filósofos para garantizarnos la felicidad puede resumirse en fórmulas como ‘tenga usted pocas aspiraciones para que no sufra nunca una decepción’, ‘sea usted difícil de atacar’, ‘posea pocas cosas para que tenga poco que perder’, y en este plan. ¿Habráse visto un proyecto menos ilusionante?

Daniel Goleman

Daniel Goleman

De Oriente nos ha venido el budismo, que preconiza la imperturbabilidad como camino para estar bien y, acaso, ser felices. Como hemos olvidado por completo la filosofía, no recordamos que la ataraxia –o ausencia de pasiones–, es algo que ya buscaban epicúreos y estoicos. Pero este olvido de la filosofía, o al menos de cierta filosofía, no puede ser inocente: es muy posible que la imperturbabilidad sea incompatible con nuestro temperamento, o bien es muy difícil ser imperturbable ante los reveses de la vida sin volvernos imperturbables ante todo lo demás. La imperturbabilidad es un craso error, aunque no es menos cierto que tenemos que alterarnos de manera proporcionada a la causa que nos altera, como sostiene la teoría de la inteligencia emocional de Daniel Goleman.

Abraham Maslow

Abraham Maslow

El psicólogo Abraham Maslow imaginó una de esas cosas norteamericanas y sencillas que en apariencia lo explican todo: su célebre pirámide en la que se ordenan las necesidades humanas. En el nivel inferior están las necesidades fisiológicas, seguidas por las necesidades derivadas de la seguridad en general. Conforme se asciende por la famosa pirámide, las necesidades se van alejando de lo inmediato, lo fisiológico y lo urgente, y se van haciendo más psicológicas, más espirituales, como si ser más feliz fuera, simplemente, ser más humano. El problema se produce cuando uno quiere por las buenas tener más experiencias propias de la cúspide de la pirámide de Maslow: sencillamente es algo que no está a nuestro alcance así como así. No todos los días los compañeros de trabajo se reúnen para pronunciar un discurso en el que reconocen nuestra importancia en tal o cual ámbito, o nuestros hijos agradecen todo lo que hemos hecho por ellos.

Pirámide de Maslow

Pirámide de Maslow

Por su parte los científicos, como no saben qué hacer con el concepto, se han dedicado a investigar las sutilezas fisiológicas que están detrás de la felicidad y han hecho lo que han podido para explicarnos a los legos en la materia en qué consiste el minúsculo ejército de las endorfinas, unos neurotransmisores que están asociados a multitud de procesos psicológicos importantes relacionados con este santo grial de la existencia. Sin embargo, da la impresión de que los asuntos hormonales pueden llevarnos a confundir el qué con el cómo. Sin duda tienen su importancia pero, si uno está razonablemente sano, no estriba ahí la cuestión.

“Al infeliz habría que darle un espejo y una foto”

La Quimera de Arezzo

La Quimera de Arezzo

Mi tesis es que la felicidad es un mito. Se desarrolla en el mismo plano en que existen los centauros, los pegasos, las quimeras o las princesas que detectan un guisante debajo del colchón, y es lo que respondemos cuando nos preguntan por nuestros deseos más íntimos. Nada más, pero también nada menos. Es un horizonte, un límite, un sueño. Es lo que nos concedería el genio de la lámpara de Aladino. Contra lo que podría deducirse de mi afirmación, en absoluto es malo o inconveniente que la felicidad pertenezca al orden de lo legendario, ya que es la expresión de que deseamos un mundo en el que nos vaya mejor, lo cual es perfectamente explicable a la luz de lo que nos ocurre y es lo que cabe desear de manera racional en situaciones normales. Lo perverso, lo trágico sería no tener una idea íntima de qué pueda ser la felicidad para nosotros –porque eso significa que carecemos de una razón para levantarnos por la mañana, como ocurre siempre en las depresiones–, o no saber que se trata de un mito y creer que algún día alcanzaremos esa colección de amables fantasías que pululan por nuestra cabeza.

¿De qué está hecho el mito? De expectativas. Invariablemente la respuesta a qué significa ser feliz incluye verbos como hacer, tener, ser o estar, lo cual revela alguna clase de carencia: no soy feliz porque me falta algo, porque no tengo o no soy algo o no estoy en cierto sitio o con cierta persona. Al infeliz habría que darle un espejo y una foto. Un espejo para que se vea en él y comprenda que no está del todo mal lo que ya es y ya tiene, en especial si se compara con los que tienen o son menos; y una foto en la que vea el repertorio de cosas absurdas que ha ido queriendo y obteniendo a lo largo de la vida. En este sentido, las mudanzas son algo enormemente aleccionador: sale a relucir toda clase de cachivaches y artefactos innecesarios que deseamos tener en el pasado y que constituyeron el objeto de nuestra felicidad in illo tempore. Después de conseguida tal o cual cosa, siempre vendrá un afán nuevo a reemplazar el afán antiguo porque la consecución de nuevas metas es consustancial al género humano.

¿Qué indicio de si somos o no felices podemos encontrar? Finalmente Maslow tiene su parte de razón: si entre nuestras preocupaciones figura sobrevivir, es inconcebible que estemos siendo felices. Pero si tenemos el sosiego para pensar en qué consiste la felicidad eso es señal de que ya estamos siendo felices, aunque es muy posible –y aquí está acaso el problema– que no nos demos cuenta.

Hay una cosa que sabemos pero nos obstinamos en olvidar: el mito de la felicidad es algo radicalmente propio del individuo y emerge en la conciencia como resultado de la interacción entre el entorno –espacial, temporal, material, circunstancial– y su tempera­mento y sus tendencias psicológicas. El mito no ha de ser inmune a lo que ocurre a nuestro alrededor, y debemos tener la clarividencia y la modestia suficientes para construirlo de manera consciente, realista y sensata con arreglo a lo que conviene y es posible en cada momento.

Hasta qué punto es sabio el Décimo Mandamiento de no desear los bienes ajenos. Basta con disfrutar de los bienes propios, desear sólo los que nos son propios, y comprender que a menudo ya es suficiente con sólo desear.

Álvaro Fierro Clavero
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Eres muy valiente, Álvaro, al afirmar que la felicidad sólo es en un mito necesario (¿acaso no todos los mitos lo son para quienes los crean?). Pero me extraña que tú, que te has enamorado, has visto nacer a tus hijos y has vivido otros muchos momentos de plenitud, equipares a la felicidad con la existencia del Minotauro y de Mitras. Que pueda ser definido como mito en algunas circunstancias no significa que sólo lo sea.

    Con respecto a derivar felicidad alegrándose con lo que uno tiene, ésta es la clave para alcanzar cierto equilibrio (y por consiguiente un grado de felicidad). En una sociedad de abundancia como la nuestra, todo lo que tenemos y no tenemos, es porque así lo hemos querido. Cuando entendamos que nuestra capacidad para controlar nuestras vidas está más en nuestras manos de lo que nos han enseñado, entenderemos que la razón por la que no tenemos lo que tenemos es que realmente no lo hemos querido (y lo contrario también). Y eso proporciona tranquilidad y equilibrio, i.e., felicidad.

    Excelente y “thought-provoking”. Gracias.

  2. Creo que la felicidad sólo tiene sentido en pequeñas dosis y rodeada de “no-felicidad” para que el contraste haga de ella algo memorable. No creo que nadie conciba (al menos yo no lo hago) un estado de felicidad constante.
    Mucho más duradero y fácil de conseguir es el confort con tu propia existencia y su contenido, especialmente si consigues compatibilizarlo con la rutina (ser consciente de ello todos los días) y las aspiraciones (no dejar nunca de aspirar a cosas).

  3. Es difícil ser feliz teniendo entropía negativa porque se va a contracorriente de principios termodinámicos poderosos. Por eso hay que aprovechar los retazos que se consigan
    y el carpe diem.

  4. La felicidad no se encuentra fuera sino dentro de nosotros. Imposible asociarla al ambiente o circunstancias que nos rodean, sólo en la búsqueda del Ser, que realmente somos, radica el logro
    de la única armonía que nos puede hacer felices a través de las distintas pruebas de la vida. Sta. Teresa de Jesús lo tenía muy claro: “Nada te turbe/ nada te espante/ todo se pasa./la paciencia todo lo alcanza/. Quien a Dios tiene nada le falta.

    Ya sé que la fe parece ser cosa de unos pocos, pero al menos tener fe en el hombre y en uno mismo es un gran paso hacia la felicidad.

  5. Creo que la felicidad no se esconde en un hecho concreto, como tener dinero, enamorarse, etc., la felicidad es algo abstracto que difiere de un ser humano a otro. También creo que así como es necesaria la noche para que sepamos lo que es el día, necesitamos la infelicidad (sea por pena, escasez, pérdida, etc.) para saber lo que es la felicidad. La felicidad son momentos aislados, únicos y pasajeros; si los percibimos en toda su intensidad es posible que, con ellos, logremos equilibrar nuestro espíritu ante las contrariedades; si esto no se consigue es posible que acabemos siendo unos amargados. Alguien dijo que sólo los tontos son eternamente felices, porque no se plantean absolutamente nada.

  6. Muchas gracias a S. Cavero por su comentario y por supuesto a D. Álvaro por el artículo; cuanto más en desacuerdo estoy con lo que dices más te quiero. Un abrazo y que seas feliz

  7. Yo tampoco concibo la felicidad como un estado constante sino que te viene en momentos, la duración de los mismos depende las circunstancias por lo que discrepo de Maslow y su pirámide que tiende a la permanencia. Además, la felicidad no siempre depende de ti.

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