lunes, 23 octubre, 2017

Lecturas y audiciones de verano


Lee y conducirás, no leas y serás conducido
Santa Teresa de Jesús 

Donde música hubiere, cosa mala no existiere
Miguel de Cervantes

1. Lecturas

Mason y Dixon

Mason y Dixon

Thomas Pynchon. Mason y Dixon. Tusquets.

Thomas Pynchon

Thomas Pynchon

Por alguna razón Thomas Pynchon permanece oculto en algún sitio de Manhattan. No concede entrevistas ­­­-aunque parece ser que unos reporteros de la CNN consiguieron localizarlo en 1997- y su foto más reciente data de hace unos cincuenta años. Había leído un par de novelas suyas anteriormente -’El arcoiris de gravedad’ y ‘Contraluz’, aunque esta última la dejé a medias- y me parece un maestro en el arte de contar historias. Pynchon pone en marcha una serie de recursos verdaderamente apabullante en sus novelas, que son por inventiva, por diversidad de estilos, por técnica, por el humor, por la galería de personajes, una verdadera summa literaria de lo que puede ser escrito en nuestra época que lo convierten en un novelista gigantesco y originalísimo, comparable con los grandes escritores de todos los tiempos.

Es un lugar común situar a Pynchon entre los campeones del postmodernismo literario, y junto con otros dos grandes genios, William Gaddis -en cierto sentido, su maestro- y David Foster Wallace -en cierto sentido, su discípulo-, conforman el grupo más selecto, inteligente y vanguardista de la impresionante nómina de escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Los postmodernos interpretan la realidad en clave multifacética y lúdica, y en sus novelas la proliferación de las tramas y de los personajes convierte la recepción de sus textos en un verdadero reto que no está al alcance de todos los lectores.

Línea Mason y Dixon

Línea Mason y Dixon

‘Mason y Dixon’ pasa por ser una de las novelas más accesibles de Pynchon. Como sucede con cualquiera de sus libros, la pretensión de resumir su asunto es una empresa imposible. En este caso, Pynchon se inspira en dos personajes históricos -los geógrafos Charles Mason y Jeremiah Dixon- que trazan la línea que en Estados Unidos separa el norte del sur: la línea Mason y Dixon. Las aventuras de los dos exploradores son a menudo desternillantes y están narradas de manera agudísima, pero el conjunto termina rindiendo al lector. La hipercompleja y excesiva novela de Pynchon acaso esté más allá de lo que puede ser leído de manera confortable por un lector convencional. Ahora bien, el que se atreva con este mamotreto y corone la lectura crecerá como lector por la sencilla razón de que Pynchon escribe cosas que no sabíamos que fuera posible escribir.

 

Mario Livio. La ecuación jamás resuelta. Ariel.

Sello noruego dedicado a Niels Henrik Abel

Sello noruego dedicado a Niels Henrik Abel

Gráfica de un polinomio de quinto grado

Gráfica de un polinomio de quinto grado

La escuela italiana de algebristas del Renacimiento, constituida entre otros por Tartaglia, dal Ferro, Cardano, Bombelli o Ferrari, continúa asombrando hoy por la inmensa audacia de sus descubrimientos. Consiguieron resolver las complejísimas ecuaciones de tercer y cuarto grado, y en un rasgo de genio sin precedentes, inventaron los números complejos. Sin embargo, cuando se enfrentaron a la ecuación de quinto grado, sus esfuerzos fracasaron. Tuvieron que pasar trescientos años de intentos ininterrumpidos hasta que un genio extraordinario, el noruego Niels Henrik Abel demostró en 1824 la imposibilidad de resolver la mencionada ecuación mediante una fórmula basada en las cuatro operaciones habituales y las raíces. Tal resultado ya había sido obtenido con anterioridad de forma sumamente complicada por otro matemático célebre, Paolo Ruffini, pero el infortunado italiano jamás consiguió que su prolija demostración -no del todo correcta- fuera tenida en consideración por los principales matemáticos de su tiempo. Abel murió en dramáticas circunstancias a los veintiséis años de edad, y su transcendental contribución no fue reconocida hasta que los otros dos colosos de la matemática noruega, Sophus Lie y Ludwig Sylow, publicaron póstuma­mente su obra.

Emmy Noether

Emmy Noether

Evariste Galois

Evariste Galois

Sin embargo la ecuación de quinto grado encerraba todavía un tesoro que ni siquiera Abel supo ver. Otro matemático trágico, el francés Evariste Galois, fallecido en un duelo con sólo veinte años, se enfrentaba por esas mismas fechas con idéntico problema. Pero Galois adoptó un enfoque totalmente distinto al de Abel que ha resultado ser una de las cinco o seis contribuciones matemáticas más importantes de todos los tiempos. Mediante la creación de una nueva rama del conocimiento, la teoría de grupos, Galois sentó las bases para que las matemáticas se hayan alejado de los números y sean en la actualidad el lenguaje universal que gobierna todo el saber humano. Desde que la moderna teoría de ecuaciones –llamada en honor de nuestro matemático ‘teoría de Galois’– fue descubierta, la búsqueda de simetrías es parte sustancial del trabajo de los hombres de ciencia. El astrónomo Mario Livio realiza en su libro diversas incursiones en la antropología, la lingüística, la genética, la geometría, la física de partículas o la música para ilustrar la inacabable fecundidad de las ideas y métodos matemáticos puestos a punto por el jovencísimo matemático francés y la interminable escuela de sus sucesores.

Livio asimismo ofrece una interesantísima panorámica del desarrollo específica­mente matemático de la aportación de Galois hasta nuestros días, con especial mención de los trabajos de varios matemáticos insignes como Leopold Kronecker o Felix Klein -quien expuso su célebre ‘programa de Erlangen’ para replantear por completo la geometría- o Emmy Noether, autora del célebre teorema que relaciona las importantísimas leyes físicas de conservación con simetrías como las identificadas por el desdichado Evariste.

 

Philip-Larkin

Philip Larkin

Philip Larkin. Poesía reunida. Lumen.

Larkin está considerado como uno de los poetas en lengua inglesa más importantes e influyentes de la segunda mitad del siglo XX. En español habían aparecido dos de sus libros más notables –’Bodas de pentecostés’ y ‘Ventanas altas’– y asimismo era posible encontrar poemas suyos en antologías diversas, pero no se disponía de una cabal representación de su poesía en un solo volumen. En general suele considerarse que Larkin es importante por su tono antirretórico y antipoético –léase el célebre poema ‘Toads’, ‘Sapos’– y por la atención que presta a lo cotidiano.

Jaime Gil de Biedma

Jaime Gil de Biedma

Entre nosotros su influencia ha sido devastadora: Jaime Gil de Biedma era un enamorado de Larkin y adoptó su ácido, descreído e irónico estilo que tanto ha determinado el rumbo de nuestra poesía contemporánea posterior a través de secuaces como Luis García Montero –del que acaba de publicar Visor un libro conmemorativo vergonzoso lleno de incienso en el que lo homenajean todos los que lo temen o envidian o aspiran a sustituir– y otros poetas de categoría aún menor. Sin embargo, estos devotos de Larkin sólo se han centrado en un determinado registro del poeta británico, el más sencillo de leer y, por lo mismo, el más sencillo de reproducir y el más expuesto al desgaste. En la actualidad, la poesía española es un piélago de minilarkins que no han leído en su propia lengua al poeta original ni acaso sean conscientes de quién derivan, y por supuesto no han entendido que la grandeza del poeta británico estriba en lo que construye a partir del subsuelo materialista del que arranca su discurso.

Probablemente Gil de Biedma –noble, cultísimo, millonario, homosexual– sentía rechazo y era al mismo tiempo rechazado por su clase, y de ahí que se embarque en tradiciones ajenas a las que estaban en boga por su época –un trasnochado garcilasismo de los García Nieto y demás poetería del franquismo, o bien la esforzada poesía social del bueno de Gabriel Celaya, Ángela Figuera y demás compañeros mártires– y nos traiga en mala hora a Larkin. Los otros poetas grandes de su generación –Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda y José Ángel Valente, principalmente, y a mucha distancia Francisco Brines, Carlos Sahagún, Eladio Cabañero o Ángel González– fueron menos audaces en este sentido y echaron mano de mundos más cercanos a nuestra tradición para construir sus obras.

Sin embargo hay un Larkin extraordinario que nos lleva a estar secretamente agradecidos a Gil de Biedma y que no detectamos entre los epígonos hispánicos: el poeta sobrenatural que escribe ‘The old fools’, ‘Los viejos bobos’, una de las más escalofriantes y certeras visiones de la vejez que hayamos leído nunca –’Quizá ser viejo consista en tener habitaciones iluminadas en la cabeza donde la gente actúa’, traducimos nosotros–, o el justamente célebre ‘Ventanas altas’, que arranca en tono explícito y soez pero concluye en tono sublime, o ‘Sad steps’, ‘Pasos tristes’, cuando Larkin tiene una visión tras regresar a la cama después de haber hecho pis por la noche.

La traducción de poesía inglesa al español quizá sea una empresa condenada de antemano al fracaso para alguien que no sea un superdotado –como Cortázar o Borges–. La demencial pretensión de los traductores de conservar en español el número de versos original condena las versiones al limbo de lo que jamás sería dicho por hispanohablante alguno, aunque quizá Damián Alou y Marcelo Cohen se expresen de manera aberrante y encuentren naturales estos indefendibles engendros. Los poemas rimados son directamente merecedores de alguna clase de refinado castigo que no se nos ocurre en este preciso momento pero que ya iremos imaginando en próximas lecturas.

 

“la grandeza de Philip Larkin estriba en lo que construye a partir del subsuelo materialista del que arranca su discurso”

 

Brian Greene

Brian Greene

Brian Greene. El universo elegante. Crítica, colección Drakontos.

El autor fue niño prodigio y ha tenido un importante papel en el desarrollo de la teoría de cuerdas junto con Ronen Plesser, otro físico notable del que ya teníamos noticia porque estuvimos siguiendo por internet un curso de astronomía de la universidad de Duke impartido por él y se trata de un tipo verdaderamente adorable con una estupefaciente vocación didáctica. El caso es que el libro de Greene resulta de enorme interés para todos los que amamos la física por la claridad y el talento con que expone las dos grandes teorías que explican el mundo –la relatividad especial y general, y la mecánica cuántica–, y por cómo motiva la necesidad de que acaso exista una teoría final –que podría sea la teoría de cuerdas– que responda al grandioso objetivo que persiguen los físicos desde los tiempos de Einstein: conseguir una ‘teoría de todo’.

Greene desmenuza, hasta donde un libro divulgativo es capaz, los avances, las dudas, los errores, las hazañas de varias generaciones de científicos y matemáticos. Toda la sección en la que cuenta sus propios descubrimientos sobre las variedades algebraicas de Calabi-Yau –unas complejísimas ecuaciones que quizá describan la estructura íntima del espacio en las que se articulan las dimensiones adicionales que parecen existir aparte de las tres percibidas por nosotros– son apasionantes y divertidas. También resulta de interés la controversia existente entre el enfoque físico y el enfoque matemático de un mismo problema, que puede conducir a idénticos resultados por caminos muy diferentes y de muy distinta dificultad.

Como bien señala el propio Greene, hay secciones del libro que directamente resultan incomprensibles, pero el lector que persevere tendrá la impresión de asomarse la parcela del saber humano en la que se está librando una de las más emocionantes batallas. Salvo que se sea un portento de las matemáticas y la física, no hay otra opción que ésta.

 

Robertson Davies

Robertson Davies

Robertson Davies. El quinto en discordia. Libros del asteroide.

Los editores de todo el mundo sueñan con un nuevo Dickens: un novelista capaz de imaginar personajes inolvidables que den lugar a libros larguísimos en los que asistamos a un sinfín de dificultades que el protagonista consiga finalmente superar. Algo tendrá Dickens cuando lleva contando con el apoyo de los lectores desde los años 30 del siglo XIX, ha sido objeto de varios centenares de adaptaciones cinematográficas y literarias y ha conseguido colocar en el vocabulario inglés algunas palabras como por ejemplo ‘scrooge’ ––que significa ‘avaricioso’– en referencia a Ebenezer Scrooge, el arquetípico personaje de ‘Cuento de navidad’.

Algo de Dickens encontramos nosotros en la manera de escribir del canadiense Robertson Davies (1913-1995), un novelista que se dedicó a escribir trilogías –completó tres y dejó inconclusa la última– y que consigue que nos identifiquemos íntimamente con sus protagonistas. En el caso de la novela que nos ocupa, un incidente en apariencia menor –una simple bola de nieve que impacta por error en la mujer del pastor baptista de un oscuro pueblo canadiense– desencadena una sucesión de acontecimientos que determinan inexorablemente la vida del narrador, un profesor de historia que se dedica a la hagiografía.

Davies exhibe su talento para calar en la psicología de los personajes y para conducir de manera incomparablemente verídica una trama que sólo está al alcance de un gran, de un enorme escritor. El modo en que el protagonista narra sus vivencias en el frente francés durante la Primera Guerra Mundial ya justifica la lectura de esta pequeña joya. Creo que en absoluto es desproporcionado el siguiente elogio: Al acabar el libro uno tiene la impresión de que su propia vida es una creación imaginada por Robertson Davies.

 

2 Audiciones

Louis Spohr

Louis Spohr

Una de las pequeñas experiencias placenteras que tenemos los melómanos es que podemos escuchar música en la radio sin saber de qué obra se trata. En estas situaciones, la recepción de la obra está libre de prejuicios y uno puede dedicarse a buscarle posibles autores o influencias y, en una escala modesta, desarrolla un cierto análisis musical. Tal cosa me ocurrió en cierto momento del mes de julio. Sonaba en Radio Clásica una obra sinfónica en la que me pareció detectar cierta influencia de Schumann, pero incuestionablemente no era ninguna de sus espléndidas sinfonías. Al acabar la pieza, el locutor anunció que se trataba de una sinfonía de Louis Spohr, un compositor alemán contemporáneo de Beethoven que, al igual que tantos otros –como Moscheles o Czerny o Hummel o Pleyel–, han quedado oscurecidos por el gigantesco genio de Bonn hasta el advenimiento de los siguientes prodigios románticos: Felix Mendelssohn y Robert Schumann.

Y el caso es que se trataba de una obra muy estimable. Una somera pesquisa en internet mostró que acaso pudiera estar en lo cierto: resulta que el bueno de Spohr es el dedicatario del encantador concierto para piano compuesto por Clara Schumann, luego tiene todo el sentido que la cercanía a Clara llevara aparejada cierta influencia de su insigne marido. Nunca me había interesado gran cosa hasta ahora por la extensísima obra de nuestro músico, y lo cierto es que se escucha con agrado, tanto cualquiera de sus nueve sinfonías –se trata de otro compositor afectado por el maléfico influjo del nueve en su catálogo sinfónico, al igual que Beethoven, Schubert, Bruckner, Mahler, Dvorak o Vaughan Williams– como sus magníficos cuartetos de cuerda –de los que escribió nada menos que treinta y seis– o sus conciertos de violín.

Friedrich Ernst Fesca

Friedrich Ernst Fesca

Poco tiempo después, en el estupendo programa ‘Los raros’ que dirige José Manuel Viana, tuve ocasión de encontrarme con otro compositor damnificado por la omnipre­sencia beethoveniana: Friedrich Ernst Fesca, un cuartetista realmente magnífico que recomiendo absolutamente y de cuya existencia no tenía la menor noticia. ¡Qué compositor más increíble! Al parecer también escribió sinfonías pero no he tenido aún ocasión de escucharlas.

Otra línea de escucha musical ha sido la derivada de la espléndida banda sonora de la estimable película ‘Shutter Island’, de Martin Scorsese. Se trata de un largometraje de suspense que se vale de la música contemporánea para reflejar el desasosiego del actor protagonista, un eficaz Leonardo di Caprio. La terrorífica Passacaglia de la Tercera Sinfonía de Krzystof Penderecki –que me ha llevado a escuchar de nuevo el ciclo sinfónico del extraordinario autor polaco–; una pieza absolutamente increíble que llevaba demasiado tiempo sin escuchar: ‘Lontano’, de mi adorado György Ligeti; una composición de la aterradora suite ‘Uaxuctum’, del gran Giacinto Scelsi; ‘Rothko Chapel’, la obra que Morton Feldman dedicó a la capilla multirreligiosa que el magno pintor norteamericano decoró en Houston, son algunas de las piezas musicales empleadas en una obra cinematográfica que acaso se sitúe con el tiempo junto a ‘2001’ de Kubrick en lo referente a la relevancia de su acompañamiento musical.

David del Puerto

David del Puerto

Fredrik Ullen

Fredrik Ullen

Por otro lado me he propuesto volver a escuchar algunos de los grandes ciclos para piano compuestos en el siglo XX. Eso me ha llevado a descubrir un gran intérprete sueco que se atreve absolutamente con todo: Fredrik Ullen. Siguiendo su discografía, he escuchado los apabullantes ‘Cien estudios de ejecución trascendental’, de un genio británico semisecreto del que ya conocía su gigantesco ‘Opus clavicembalisticum’ y su titánica Sonata nº2: Kaikhosru Sorabji. El seguimiento de las grabaciones de Ullen me ha llevado a conocer una sensacional serie de piezas del norteamericano George Flynn: ‘Trinity’, y también un disco genial que el pianista sueco dedica a obras de Liszt y Messiaen –fundamentalmente, las ‘Consolaciones’ del músico húngaro y algunos de los ‘Bocetos de pájaros’ del músico galo–. Asimismo he escuchado de nuevo las variaciones ‘El pueblo unido jamás será vencido’ de Frederic Rzewski en versión del propio compositor.

Por último, y a raíz de un proyecto en el que he intervenido con mis amigos Domingo Martín, eminente fotógrafo, y el sensacional músico David del Puerto, que hemos acabado en bruto en junio y al que hemos llamado finalmente ‘7.4’, he vuelto a escuchar las sinfonías de David. Es para mí realmente emocionante el haber escrito poesía para acompañar las obras de estos dos magnos creadores, y el hecho de volver a escuchar estas piezas ha sido algo que me ha llenado de satisfacción sonora y estética. Vaya usted a saber por qué, sólo por el modesto hecho de escuchar la música de un compositor conocido en persona tiene uno la absurda y falsa sensación de consustanciarse de alguna remota manera con estos majestuosos artefactos sonoros que el músico es capaz de sacar de su portentosa cabeza.

 

Álvaro Fierro Clavero
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. LO cierto es que si hubiera usted oído toda la serie que le dedicó “El mundo de la fonografía” se hubiera acabado subiendo por las paredes.

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