lunes, 23 octubre, 2017

Cómo debemos actuar (1ª parte)


Y el hombre… Pobre… pobre! 

César Vallejo

 Cómo-actuarAunque no se reconozca, nadie sabe muy bien qué debemos hacer, lo cual explica el que de manera constante recibamos estímulos para conducirnos en un sentido o en otro. Si todos nos atuviéramos a unas normas de comportamiento, la sociedad se parecería mucho a un ejército y los individuos permaneceríamos a la espera de la orden correspondiente. Quién sabe si para bien o para mal, las autoridades mantienen un estado de cosas en el que uno tiene ciertamente posibilidades de adoptar algunas decisiones autónomas, pero constantemente tropieza bien con trabas –el que haya fundado una empresa sabe a qué me refiero–, bien con sanciones, como conoce todo infeliz propietario de un vehículo.

Dejando aparte las incoherencias sancionadoras del Estado –que muestra un interés cinegético en el conductor, en el fumador, pero negocia con el terrorista, indulta al violador y reconoce únicamente a la madre y no al padre la potestad para acabar con una vida en camino–, lo cierto es que la cuestión de cómo comportarse ha sido objeto de no poca reflexión por parte de los filósofos.

En apariencia existen dos disciplinas que se ocupan de la materia: la moral y la ética. El primer término procede del latín –‘mores’, costumbre– y ha quedado suavemente arrumbado en el discurso dominante. Da la impresión de que fuera poco moderno referirse a cuestiones morales ya que en el inconsciente colectivo han quedado asociadas a una religión que está en crisis en muchos países occidentales. La formulación negativa de nada menos que siete de los Diez Mandamientos no encaja bien con una mentalidad actual para la que ninguna restricción es admisible y acaso fundamente este binomio entre moral y prohibición que parece haberse consolidado.

Una nueva redacción positiva de los Diez Mandamientos –‘Respetarás la propiedad’, en vez de ‘no robarás’; ‘protegerás la vida’ en vez de ‘no matarás’ y así sucesivamente, para entendernos– tendría importantes consecuencias en lo referente a la recepción de la moral, aunque no esté claro en qué redundaría tal nueva formulación. Está extendida entre nosotros la absurda costumbre de sentir las injusticias del pasado remoto como propias, y en la actualidad es posible encontrarse, por ejemplo, con mujeres españolas que manifiestan su malestar ante el hecho de que el voto femenino no haya sido admitido en Estados Unidos hasta tal o cual año o bien no existan apenas pintoras en el Barroco: No veo manera de que esta vinculación entre moral y prohibición pudiera revertirse.

Habría una posibilidad suplementaria en relación con la moral que a mi entender no ha sido explorada como debería, ya que la propia moral cristiana se pone a sí misma una frontera por cuanto se dirige a la comunidad que profesa la religión cristiana. Esto, que podría parecer obvio, no lo es en absoluto, y un cristianismo para no cristianos, una moral cristiana para personas ajenas a la religión cristiana es algo que no ha sido desarrollado como sin duda merece, dada la potencia de su mensaje. Fuera del cristianismo la situación no es muy diferente: acaso exista, pero no se detecta, un islamismo para no creyentes en el Islam, o un hinduismo para los no creyentes en ese complejo sistema de filosofías, religiones y costumbres.

Por tanto debemos poner los ojos en la ética para preguntarnos qué debemos hacer. Su antigüedad se remonta a la cultura clásica y quienes se precian de saber del asunto dicen que la ética es el arte de bien vivir, si se entiende la vida como el ámbito en el que tomamos decisiones que tienen consecuencias para nuestro bienestar. Frente a la moral, está considerada como una disciplina trans: transcultural, transreligiosa, transpersonal y transtemporal. En otras palabras, se pronuncia en torno al ser humano con independencia de cualesquiera otras consideraciones sociales o históricas y aspira a interesar a cualquier persona. Cada experto en ética se precia de conocer el secreto más importante de todos: qué debemos hacer.

Pueden distinguirse dos grandes tipos de éticas: Por un lado están las éticas materiales, es decir, las que propugnan ciertos objetivos concretos, y por otro existen las éticas no materiales, también llamadas éticas formales. En este artículo vamos a hablar de las primeras y más adelante trataremos las segundas.

 

LAS ÉTICAS MATERIALES

Platón y Aristóteles según Rafael Sanzio

Platón y Aristóteles según Rafael Sanzio

Iniciamos el discurso sobre la ética en Platón. En el Filebo, el personaje de Protarco sostiene que el bien se relaciona con el placer, mientras que el personaje de Sócrates defiende que se basa en la sabiduría. Tras los habituales meandros dialécticos de los diálogos platónicos, se llega a la tesis de que en la vida se debe disfrutar tanto de los placeres intelectuales como de los corporales. Si miramos la situación actual, únicamente una parte del programa platónico parece ser objeto de lo que ampliamente se considera placer en las sociedades no ilustradas de nuestro tiempo, dado que somos hombres inmediatos, y la cabal apreciación de los placeres intelectuales que el arte o la ciencia o la historia o la filosofía pueden depararnos exigen una considerable inversión de esfuerzo que es poco habitual. Para colmo, Platón sitúa la geometría en el centro de los saberes intelectuales –‘No entre nadie que no sepa geometría’ parece ser que rezaba el cartel que recibía al visitante en la Academia–, lo cual está muy alejado del sentimiento contemporáneo a causa de la enormemente tecnificada y complejísima geometría moderna.

¿Cuál es el fin de la ética griega? La eudaimonía, la felicidad. La palabra ‘daimon’, que posteriormente da lugar al perverso demonio, nada tiene de peyorativo en el mundo griego, y se refiere a unas divinidades que se ocupan particularmente de cada uno de nosotros, en concreto los agatodemos –del griego ἀγαθὸς, bueno, valiente, útil–, es decir, unos espíritus buenos que dan lugar al Ángel de la Guarda en el cristianismo. De modo que la eudaimonía griega es la felicidad que proporcionan los buenos espíritus.

En la multifacética obra de Aristóteles aparecen tres éticas, aunque es posible que ciertas secciones de unas sean refundiciones de otras, aparte de que los escritos aristotélicos parecen ser las notas que tomaban los discípulos en los cursos, de ahí su poco elegante redacción. La más importante de ellas es la Ética a Nicómaco. El filósofo relaciona la eudaimonía con la vida según la virtud y con la realización de aquello que nos es propio. Ahora bien, para Aristóteles la perfección tiene que ver con el alma y con la actividad que es consustancial a ella, que es el conocimiento. Por esta razón, el hombre más feliz es el filósofo cuando dirige su atención al conocimiento de la realidad más perfecta, que es Dios. En un plano más modesto, nuestro pensador admite que los bienes exteriores y los afectos humanos contribuyan también a la felicidad humana.

Sin perjuicio de que en efecto la actividad intelectual puede proporcionarnos abundantes satisfacciones, no es menos cierto que no todos los individuos están igualmente capacitados para ella, y parece inevitable situar los asuntos humanos mediante comparaciones. Es difícil que uno pueda sentirse satisfecho de su labor intelectual si, en un elemental ejercicio de realismo, mide sus logros con respecto a los producidos por los grandes pensadores. Forzosamente la felicidad a la que puede aspirarse por esta vía para el común de los seres humanos es modesta. Por otra parte, la sociedad moderna no reconoce económicamente los logros intelectuales en igual medida que reconoce otras cosas, lo cual reduce las posibilidades de que el individuo que destaca en el ámbito del pensamiento considere que ha triunfado en la vida. Vivimos en mala época para todo lo relacionado con lo sutil y lo filosófico, como queda de manifiesto en la pobreza de los argumentos que manejan nuestros políticos, nuestros intelectuales o los dirigentes empresariales más importantes.

“Nadie sabe muy bien qué debemos hacer”

Epicuro de Samos

Epicuro de Samos

Epicuro de Samos escribe en el helenismo, una época de declive de la civilización griega que antecede a la dominación romana. Enseñaba filosofía en un lugar llamado ‘El Jardín’, en las cercanías de la Academia de Platón. Para Epicuro, el hombre es una unidad compuesta de cuerpo y alma, y la acción humana debe buscar el equilibrio entre uno y otra para alcanzar la serenidad o la imperturbabilidad –llamada ‘ataraxia’ por el filósofo–. Uno de los aspectos más modernos de su teoría establece que los placeres del alma son superiores a los del cuerpo porque su duración es mayor y no se extinguen con la conclusión del estímulo, como les ocurre a los placeres corporales. Otros aspectos de su doctrina son coherentes con esta búsqueda de la serenidad: los dioses no se ocupan de nuestros asuntos, y por tanto es indiferente que los veneremos o no, o bien la muerte no puede alterarnos porque es la nada.

Sin duda la doctrina de Epicuro proporciona la solución para multitud de tribulaciones que padecemos en este mundo, ya que reduce enormemente el perímetro de lo que debe interesarnos a la hora de actuar –sólo debemos buscar la serenidad–, pero el epicureísmo a ultranza es de una gran severidad que no encaja con el deseo de reconocimiento y recompensas que promueven nuestras sociedades, las cuales –si atendemos a los medios de comunicación– parecen hoy gigantescos tinglados cuyo propósito único fuera encumbrar o denostar. Dondequiera que miremos en la actualidad, encontramos muestras de enormes pasiones a consecuencia de que nuestra época procede netamente del romanticismo, y la filosofía epicúrea puede sernos útil a condición de que aceptemos estar fuera de nuestro tiempo y ser distintos. Como cabría esperar a consecuencia de esta indeclinable impronta pasional, se ha tergiversado ampliamente el pensamiento epicúreo y se olvida que el filósofo preconizaba la búsqueda prudente de los placeres, no su persecución desaforada, y pretendía conseguir la autonomía personal, mientras que en nuestra época parece que creyéramos que la solución a todos nuestros problemas va a venir de los demás, como demuestra el auge de las redes sociales. Por último, no se ve muy bien cómo es posible mantener la imperturbabilidad cuando la decadencia se va apoderando de nosotros, o las circunstancias familiares, o laborales, o sociales se ponen en nuestra contra.

Zenón de Citio

Zenón de Citio

Los estoicos fueron un conjunto de filósofos que mantuvieron actividad durante unos quinientos años, desde el siglo III a.C. hasta el ascenso de la civilización romana, aunque mantienen su presencia nada menos que hasta el siglo VI, cuando Justiniano cierra en el año 529 la Academia de Atenas para conseguir la unidad religiosa del Imperio Bizantino. La escuela fue fundada por Zenón de Citio, y tenía su sede en la Stoa –el ‘Pórtico’, de aquí el nombre–. El estoicismo es una doctrina fatalista que preconiza la aceptación de nuestro destino, la vida según la razón y el dominio de las pasiones. Introduce un concepto muy moderno de enormes repercusiones en la doctrina cristiana y el pensamiento universal: la humanidad, la ‘ecumene’, esa ciudadanía absoluta que hermana a todos los seres humanos.

La ética estoica parece inviable para la juventud ya que niega la libertad y promueve la morigeración, aunque quizá sea la regla de comportamiento adecuada para la senectud, esa edad de la vida en que las posibilidades de obrar se han atenuado y la decadencia corporal facilita el control de las pasiones. Es poco frecuente que la gente muestre felicidad ante la perspectiva de ver reducido el alcance de lo que puede realizar por imperativos de la vejez, de modo que el estoicismo puede considerarse como una ética del ocaso en la que, simultáneamente, se acepta y se renuncia.

San Agustín, por Philippe de Champaigne

San Agustín, por Philippe de Champaigne

La huella de la filosofía griega influye poderosamente en la visión que San Agustín tiene del asunto. Él también busca la eudaimonía pero, como buen filósofo cristiano, encuentra la felicidad en el objeto eterno: Dios. ¿Cuál es el camino que conduce al hombre hasta el Ser Supremo?: el amor, esa innovación conceptual revolucionaria que introduce el cristianismo al comienzo de nuestra era y que nos está llevando un par de milenios comprender. Quizá lo que ocurra es que muy pocos individuos sean capaces de sacar adelante sus vidas según la sublime propuesta del obispo norteafricano: ‘Ama y haz lo que quieras’. Hay un razonamiento circular en el programa agustiniano que nos resulta problemático: No está en la mano del hombre el amar a Dios, sino que Dios tiene que concederle al hombre la gracia para que éste pueda comenzar a amarlo. Por otro lado, amar a Dios es un deber. Podría darse el caso de que el ser humano tuviera ante sí una tarea que no puede cumplir.

Pero hay más problemas: La ética de San Agustín acaso sea viable en entornos hostiles para personas de una enorme abnegación y asimismo parece posible ponerla en práctica en entornos favorables y cercanos, pero qué podemos hacer los que no somos héroes en un mundo tan violento como el que nos ha tocado vivir en los últimos siglos. Las preguntas se acumulan: ¿Hemos de amar a estos políticos que están hundiendo España con plena consciencia de ello, deben los tutsis amar a los hutus que a punto estuvieron de exterminarlos, puede una víctima del terrorismo amar a quien le ha dejado sin un ser cercano o sin una parte de su cuerpo?

Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás es el gran heredero de Aristóteles. No aspira a alcanzar la felicidad en este mundo, como el filósofo griego, sino en la otra vida. En la Summa Theologica encontramos una afirmación que nos parece definitiva: cada ser debe comportarse según su naturaleza. En el caso del hombre, la felicidad suprema se alcanza con la contemplación de Dios, y las acciones buenas son las que nos acercan a Él. Por otro lado, el eminente pensador se pronuncia categóricamente en contra de la riqueza, el poder o la fama.

La impresión que produce la ética de Santo Tomás es la de ser correcta en sus grandes líneas, pero ¿cómo deben actuar los que no creen en ninguna instancia superior? Por otra parte, el actuar según la propia naturaleza parece un principio lleno de sensatez, pero no siempre está claro en qué pueda consistir la aplicación de esta máxima ante situaciones concretas. ¿Qué es actuar según la propia naturaleza si uno, por ejemplo, se queda sin trabajo o pierde a un ser querido? El auge actual de la psicología, de la autoayuda, de los antidepresivos se debe a que el hombre no es capaz de perseverar en su propia naturaleza ante situaciones de extrema exigencia y es una dolorosa constatación del fracaso del programa ético del magno pensador italiano.

Por último, en el ámbito de la naturaleza humana también se encuentran la locura, la perversidad, la mentira, el odio, la pereza a causa de la gran capacidad del cerebro humano para todo en general y lo negativo en particular. Quizá no fuera inadecuado que nos fijáramos en la naturaleza de no pocos animales y sondeásemos nuestra propia identidad no humana a la busca de impulsos que nos lleven a obrar rectamente. Por poner un ejemplo sencillo, cuando protegemos a un hijo de una agresión exterior, o cuando escapamos de un peligro inminente, estamos actuando en primer término como animales antes que como hombres.

John Stuart Mill

John Stuart Mill

Terminamos este incompletísimo recorrido por las éticas materiales con el examen del utilitarismo, una doctrina defendida por John Stuart Mill y Jeremy Bentham que tiene esa inconfundible orientación práctica de los inventos filosóficos que ha producido Gran Bretaña. Para estos filósofos, lo bueno es lo que resulta de utilidad. ¿Cómo podría argumentarse que algo es o no útil? Por los resultados que consigue –diríamos nosotros–, lo cual tiene la ventaja de ser algo susceptible de medida. En un problemático salto argumental, para estos pensadores el bien es lo que quiere la mayoría.

Jeremy Bentham, por Henry William Pickersgill

Jeremy Bentham, por Henry William Pickersgill

Este atractivo enfoque tropieza con un obstáculo máximo que en la práctica lo hace inviable: el ser humano ha convertido su capacidad intelectual en un instrumento que sólo parcialmente pone en marcha en favor de lo que resulta útil. Es muy habitual su utilización para cometidos estériles o contraproducentes, y siempre es posible escuchar demenciales argumentos a favor o en contra de algo con independencia de su utilidad o inutilidad. Opciones políticas que defienden soluciones económicas o sociales demostradamente ineficaces gozan de muy amplio respaldo entre la ciudadanía por una combinación de causas que no es el momento de analizar, y que ciertamente demuestran la imposibilidad del utilitarismo.

Álvaro Fierro Clavero
 www.alvarofierro.com

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Comentarios

  1. lola vicente dice:

    Alvaro, no sabía que eras filósofo. Muy interesante. Muchas gracias.

  2. Teresa heredia armada dice:

    Ya nos lo dice Platón en la caverna,
    y subió guiado por la luz que asomaba muy escondida, y vio la luz y le cegó,
    pues fueron años de oscuridad, y
    cuando vivió la luz, bajo para ayudar a otros a subir y descubrirla
    Amor a la verdad, que interesante Alvaro es la filo-Sofía

  3. Gracias por esta sabiduría, apacible en la superficie pero de una profundidad infinita.

  4. No quiero entrar en detalles. Todos sabemos que existe una moral natural dentro de nosotros, de alguna forma tiene que ver con el hecho de que el hombre esta destinado a vivir con los demás y supone hacer que eso funcione lo mejor posible, Las religiones en su día fueron una forma de enseñanza de algún hombre digamos superior que le toco liderar a un pueblo.y compuso las mejores enseñanzas para que ese pueblo su perviviera. Entre esas enseñanzas están las practicas de comportamiento social , la forma de organizarse, de alimentarse etc. Pero también dieron consejos para poder acceder al mundo trascendente del que todo hombre participa.

    En algunos casos esos hombres fueron vistos como algo superior diferente al resto de los mortales y en general los discípulos fueron los que crearon las religiones generalmente pervirtiendo muchas de las enseñanzas recibidas o al menos expandiéndolas de forma secaría y discriminatoria.

    Y ahora estamos en una época en que el laicismo es lo que impera. Me parece un gran crimen hacer vivir a nuestros hijos en semejante aberración.

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