lunes, 23 octubre, 2017

Tres novelas de aprendizaje


Juventud, divino tesoro.

Rubén Darío

Cada vez que visito la casa de un nuevo amigo dejo que sea su biblioteca la que hable por él. En la presencia o ausencia de libros, en su ubicación, en los temas y géneros, en si están o no anotados, sellados, forrados, ordenados hay muchos rasgos interesantes del temperamento intelectual de mi anfitrión que acaso no pudieran detectarse de no mediar un largo coloquio. No soy el único que piensa en estos términos: uno de los indicadores del informe PISA es el número de libros que hay en la casa del alumno.

Las bibliotecas no mienten: son un vestigio, un rastro que el mundo ha ido dejando en quien ha vivido. Siempre he pensado que, ante la vida, el hombre actúa como un filtro, reteniendo unas cosas y dejando pasar otras, y nuestras bibliotecas son un indicio de cuáles han sido nuestras inquietudes vitales.

Ernesto Sábato

Ernesto Sábato

En el caso del escritor hay otro indicio esencial: sus temas. Para el gran novelista argentino Ernesto Sábato ‘el tema no se debe elegir: hay que dejar que el tema lo elija a uno.  No se debe escribir si esa obsesión no acosa, persigue y presiona desde las más misteriosas regiones del ser.  A veces, durante años’. La razón es sencilla: incluso el peor escritor se ocupa de lo que sabe, lo cual está en relación con lo que ha sido su vida y es su personalidad.

El otro árbol de Guernica

El otro árbol de Guernica

Acaso por ello me resultan tan interesantes las novelas de aprendizaje. Las primeras que recuerdo haber leído, allá por la Edad Media, son ‘La vida nueva de Pedrito de Andía’, de Rafael Sánchez Mazas, ‘Alfanhuí’, de su hijo Rafael Sánchez Ferlosio, y ‘El otro árbol de Guernica’, de Luis de Castresana. Resulta que había escritores que sabían de algo que yo estaba experimentando: el tránsito de la infancia a la edad adulta. Ha hecho cierta fortuna el término que las designa en alemán: ‘Bildungsroman’. De la importancia de este género da idea el hecho de que la primera novela moderna, nuestro Lazarillo de Tormes, sea una novela de iniciación, como también lo son –en distintas modalidades– el Quijote, o ‘A la busca del tiempo perdido’ o ‘David Copperfield’ o el ‘Wilhelm Meister’ o tantísimas otras.

Cartel de la película 'La vida nueva de Pedrito Andía'

Cartel de la película ‘La vida nueva de Pedrito Andía’

Industrias y andanzas de Alfanhuí

Industrias y andanzas de Alfanhuí

Pero en un sentido amplio, toda novela verdaderamente magistral es una novela de aprendizaje para su auténtico protagonista, que es el lector. El sueño de un novelista, la prueba última de que aquello está bien escrito, es que el lector haga suyo el libro y lo incorpore a su existencia. Si un lector vive en lo que lee, o revive de una manera nueva porque altera el recuerdo de su propia biografía o transforma sus creencias en un sentido u otro, ¿no está protagonizando –esto es, luchando en primer término, que eso quiere decir protagonizar– la novela? El lector es el protagonista externo de las novelas que se identifica con el protagonista interno creado por el escritor porque, en último término, todo novelista auténtico es nuestro padre.

¿Qué rasgos tienen las buenas novelas de aprendizaje? Tratan de reflejar un proceso fundamental de la vida, y ello hace que sean con frecuencia minuciosas, largas y pivoten alrededor de personajes fundamentales que moldearán el carácter del héroe, que suele identificarse con el narrador. Esta primera persona empleada en el relato es esencial para que el lector viva en la persona de otro la peripecia de paso de una edad a otra que el novelista ha levantado en su obra.

“Todo novelista auténtico es nuestro padre”

János Székely

János Székely

Portada de 'Tentación'

Portada de ‘Tentación’

En los últimos dos años han caído en mis manos tres novelas de aprendizaje de las que quiero hablar aquí. La primera de ellas se llama ‘Tentación’ y es obra del semisecreto escritor húngaro János Székely (1901-1958). Los aficionados al cine pueden asimismo disfrutar de su ingenio gracias a sus colaboraciones como guionista del gran Ernst Lubitsch. Esta obra maestra absoluta de la literatura europea y universal cuenta la historia de Bela, un pequeño húngaro huérfano de padre que vive en una remota aldea. El comienzo es espeluznante: ‘Mi vida empezó como una novela negra. Intentaron asesinarme. Por suerte todo sucedió cinco meses antes de que yo naciera, así que no creo que la cosa me causara mayor sobresalto’. Conmueve su afán a prueba de bomba por aprender y, como conviene al género, la extrema dureza del entorno. Su paso a la gran ciudad y sus vivencias con los habitantes que pululan por el Budapest de los tiempos de la Gran Guerra son inolvidables. La perspicacia de Székely para retratar el alma humana es excepcional, aunque no debo referirme aquí al personaje que en mi opinión demuestra su categoría máxima como creador, ya que eso perjudicaría la lectura. A quien sí puedo mencionar es a la mujer que ha inspirado al autor de la portada, quizá el carácter femenino más misterioso que yo me haya encontrado nunca en una novela. Otra facultad que Székely exhibe en grado máximo es su talento para la sorpresa argumental. Me complace citar tres breves fragmentos que dan idea de lo que se va a encontrar quien abra las páginas de este libro maravilloso: ‘Me defiendo luego existo’ (p. 624), ‘El ser humano, si cree, tanto da en qué’ (p. 671), ‘El único mandamiento que está en vigor es el undécimo: sobrevivirás’ (p. 683).

Enrique el Verde

Enrique el Verde

Gottfried Keller

Gottfried Keller

‘Enrique el Verde’ es un clásico de la literatura suiza escrito por Gottfried Keller (1819-1890), un autor en lengua alemana que ha tenido poca fortuna entre nosotros hasta el momento. Si ‘Tentación’ es una novela que narra las aventuras de un superviviente en un entorno excepcionalmente duro mediante un tono épico moderno, ‘Enrique el Verde’ es una novela interior, lírica y reflexiva que está mucho más cercana a lo que cualquier joven sensible haya podido sentir. El protagonista es alguien con aptitudes para la pintura que va descubriendo plácidamente en qué consiste la vida, este drama que nos cuesta toda una existencia entender hecho de días y cosas en el que cada uno de nosotros interviene mientras el cuerpo aguanta. Se diría que Keller se propone estudiar la influencia del entorno social y natural en el individuo, y en multitud de ocasiones es detectable el impulso moral y poético de la escritura, especialmente cuando los dos grandes temas del libro –el arte y el amor– son traídos a escena por este magno novelista. Leamos unos fragmentos: ‘los artistas se diferencian de las demás personas en que saben reconocer al instante lo que es esencial’ (p. 286), ‘Todo estaba tan tranquilo que creí escuchar a través del silencio el murmullo de la eternidad’ (p. 325), ‘En sí nada es pequeño y nada es grande’ (p. 612).

Romain Gary con la celeste Jean Seberg

Romain Gary con la celeste Jean Seberg

‘La vida ante sí’ es obra del escritor lituano en lengua francesa Romain Gary, nacido Romain Kacew. Su vida parece sacada de una novela: emigró desde Rusia con su madre, fue piloto de combate, dirigió un par de películas, se casó con Jean Seberg, publicó novelas bajo cuatro pseudónimos, se suicidó su mujer, se suicidó él. Es la única persona que ha recibido en dos ocasiones el premio Goncourt. La primera vez por la novela ‘Las raíces del cielo’, la segunda por ‘La vida ante sí’, firmada con el pseudónimo René Ajar. Ante las sospechas de que él era el auténtico autor de la obra, Gary decide actuar en connivencia con su sobrino y dice públicamente que éste es el verdadero autor. Se desata entonces un pandemónium de críticas en las que se señala que René Ajar es mucho mejor escritor que Romain Gary y otras sagacidades tan propias de los críticos que sólo se resuelve cuando, en los papeles que dejó tras su suicidio, reconoce la autoría de esta novela y las otras tres escritas por su alter ego.

Fotograma de la película de Costa Gavras 'La vida ante sí'

Fotograma de la película de Costa Gavras ‘La vida ante sí’

‘La vida ante sí’ cuenta la historia de Momo, el hijo de una prostituta que vive en una casa de acogida. A la cabeza de la galería de personajes figura un carácter sencillamente mitológico, la inolvidable señora Rosa, antigua meretriz que tiene todas las dolencias de este mundo y que guarda bajo su cama un retrato de Adolf Hitler para que el terror que le produce el simpático dirigente la ayude a moverse cuando su cuerpo se niega a obedecerla. El juego de las identidades de Gary no termina nunca, ya que su protagonista es musulmán de nacimiento pero es educado como judío por la señora Rosa. La aptitud de nuestro escritor para la frase sobrecogedora, para alternar lo cómico y lo patético, lo existencial y lo circunstancial, para reproducir la voz de un niño ignorante es majestuosa. Dice en la página 23: ‘No tenía más que darme una bofetada para castigarme, que es lo que hacen las madres cuando se ocupan de uno’; página 128: ‘El señor Waloumba es un negro de Camerún que vino a Francia para barrerla’; página 136: ‘Llevaba el cuello del abrigo subido y no tenía pelo, como muchos calvos’. La consumación del libro figura entre los finales más redondos y emocionantes que he leído jamás.

Los tres novelistas se han retratado más o menos secretamente en las novelas que cito. El protagonista de ‘Tentación’ emigra a Estados Unidos, como Székely, Keller fue un pintor fracasado, Gary no fue reconocido por su padre. Nos hablan de sus heridas, de sus fracasos pero, como grandes escritores que son, subliman las adversidades y nos muestran a los lectores el camino que ellos siguieron para que tomemos nota.

Con la vida nos pasa como con las estanterías, que cuando por fin nos convertimos en consumados maestros en la pequeña ciencia de montarlas, ese conocimiento ya no nos sirve para nada porque el mueble ya está listo. El ser humano aprende cuando la oportunidad de poner en práctica la lección ya ha pasado. Estos libros demuestran que hubiéramos podido aprender en el caso de que los hubiésemos leído a tiempo. Me pregunto de dónde nos viene esa confianza en nosotros mismos ante el interminable catálogo de majaderías que es la propia vida examinada con lucidez.

Álvaro Fierro Clavero,
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Hola Alvaro. muy entretenido artículo. Leeré las dos primeras novelas, dos escritores desconocidos para mí. El seudónimo de Gary creo que es Emile Ajar. Un abrazo.

    • Josep Esteve dice:

      Me parece bien lo de las bibliotecas, yo pensaba igual, pero el otro día me encontré un amigo que me dijo que ya se podían quemar todos los libros que teníamos en las casas y sustituirlos por digitales por tanto si no te das prisa pronto no habrá, pues solo quedarán libros para románticos y como antigüedades, la mayoría los tendremos en formato digital que no ocupan sitio, pero si memoria. Un saludo. Josep

  2. Compraré el primero y el tercero. A mi vez te recomiendo, por si aún no lo has leído, un libro que para mí es la joya del año: “Cannery Row”, de Steinbeck.

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