lunes, 23 octubre, 2017

¿Qué es la verdad?


Morí por la Belleza, pero apenas
acomodada en la Tumba,
Uno que murió por la Verdad yacía
En un cuarto contiguo. 

Emily Dickinson

Michel Foucault

Michel Foucault

El concepto de verdad es uno de los más estudiados a lo largo de la historia del pensamiento. En general, todos los pensadores clásicos han hecho su particular pesquisa y, con la excepción de algunos pensadores subversivos o nihilistas del siglo XX, cada filósofo ha elucubrado al respecto y nos ha transmitido su adhesión a lo que consideraba conforme a la verdad y los conceptos relacionados, como por ejemplo la justicia. Un pensador anti como Foucault se atrevía a negar en 1971 el valor de ésta última, como vemos entre los minutos 10’ y 12’50’’ en el vídeo adjunto que recoge el famoso debate que mantuvo con Noam Chomsky.

 

 

John Keats

John Keats

Pero la verdad no es un concepto cualquiera y actúa como base, como métrica de todo el resto de creencias y valores. De ahí que en torno a la ella y en torno a lo que es tenido por cierto se libre una batalla dialéctica en todos los órdenes cuyo fin último, queridos niños, es el poder. No se recuerda dictador político ni dictador estético –también llamado artista– que no haya creído estar en posesión de la verdad, de la justicia, la felicidad o la belleza. El gran John Keats, en uno de sus poemas máximos –’A una urna griega’– concluye con los versos:

La belleza es verdad, y la verdad, belleza, eso es todo

lo que tenemos que saber, lo que sabemos en la tierra.

 La coherencia más elemental obliga a tergiversar estas nociones según convenga hasta el punto de que, a estas alturas, apenas se sepa ya qué significa lo justo, lo cierto, lo hermoso. No recuerdo ninguna declaración en favor de la mentira. Nicolás Maduro, ese hombre, ha creado en octubre de 2013 un Ministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo. Acaba de tener lugar el fallecimiento de Adolfo Suárez, personalidad a la que debe mucho lo mejor de la España contemporánea y también parte de lo peor, que fue acosado por sus enemigos y compañeros políticos con toda clase de descalificaciones que en absoluto tenían que ver con la verdad. Al cabo de los años, aquellos infames no han reconocido su culpabilidad por el sencillo hecho de que, a ojos de sus ignaros incondicionales, eso los alejaría de la verdad y la justicia que se jactan de sostener.

El laberinto de la verdad

El laberinto de la verdad

Como en tantas cosas, hay que remontarse a Aristóteles. El filósofo había situado la verdad o la falsedad en la coincidencia entre lo que decimos y lo que las cosas son. En su ‘Metafísica’ leemos que ‘decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es lo falso; decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es lo verdadero’. Modernamente coexisten algunas teorías de la verdad que derivan directa o indirectamente de la sentencia clásica. Para Russell y Wittgenstein la verdad consiste en la correspondencia entre las afirmaciones y los hechos. Wittgenstein lleva al extremo la teoría y llega a la conclusión de que la disposición de las palabras en el lenguaje refleja la disposición de las cosas en el mundo. Esta concepción de la verdad es muy importante para las ciencias positivas. John Langshaw Austin sostiene una modificación de esta teoría que a la postre ha resultado ser destructora: la relación –y por tanto la correspondencia– entre lenguaje y mundo es puramente convencional. La dificultad mayor con la que han tropezado las teorías de este tipo estriba en definir con precisión lo que significa exactamente ‘correspondencia’, y acaso sea la acepción de verdad más invocada en provecho propio por desaprensivos y demagogos ya que proporciona un aspecto verdadero a las mentiras más flagrantes, una vez que aceptamos la nefasta aportación de Austin. Para la historia universal de la mentira ha quedado por ejemplo la sentencia de Baudrillard de que la Guerra de Irak nunca había tenido lugar y muchas otras majaderías por el estilo a las que era tan aficionado.

La segunda concepción de la verdad la encontramos en las teorías de la coherencia, un enfoque derivado del racionalismo de Descartes y Spinoza y la filosofía idealista de Hegel según el cual la verdad estriba en la relación no contradictoria entre una serie de creencias –para los filósofos– o teoremas –para los matemáticos–. Es esta consistencia la que ha permitido ocupar a la matemática esa respetadísima posición de conocimiento transversal imprescindible. El filósofo Francis Herbert Chadley exige, además de consistencia, un segundo requisito de estirpe hegeliana: la exhaustividad. Es preciso que todo lo que sepamos y opinemos sobre un determinado asunto sea coherente para que sea cierto.

Kurt Gödel y Albert Einstein

Kurt Gödel y Albert Einstein

Los defensores de esta teoría se enfrentan a dos obstáculos mayores. El primero, en opinión del lógico Nicholas Rescher, es proporcionar un procedimiento para seleccionar qué es cierto y qué no lo es, lo cual nos hace embarrancar de facto ante posturas nihilistas o aviesamente sofísticas a todos los que aspiramos modestamente a cierta coherencia. El segundo problema, que es insalvable y derriba para siempre la pretensión coherentista que la humanidad ha perseguido desde Parménides y Aristóteles, deriva de uno de los hallazgos más revolucionarios y estupefacientes de todos los tiempos, los célebres dos teoremas de incompletitud, debidos a una de las inteligencias mayores del siglo XX: el insigne lógico, filósofo, matemático y físico Kurt Gödel. El autor austro-húngaro demostró que en un sistema de axiomas de cierta complejidad –él estudió la aritmética, pero cualquier otro sistema valdría– existen inevitablemente ‘proposiciones indecidibles’, es decir, afirmaciones acerca de cuya veracidad o falsedad es imposible pronunciarse en el contexto de los axiomas elegidos, sean éstos los que sean. Las anécdotas protagonizadas por este hombre único han llenado libros enteros. Al final de su vida, Albert Einstein confesó que su trabajo ya no le importaba demasiado y que sólo acudía a Princeton para tener el privilegio de regresar a casa conversando con nuestro filósofo. Recomendamos a los lectores de ‘La mirada infinita’ un libro único que leímos hace veinte años: ‘Gödel, Escher, Bach: el eterno, grácil bucle’, de Douglas Hofstadter, en el que de manera originalísima se expone el majestuoso pensamiento gödeliano. A mi entender, y sin necesidad de invocar a Gödel, el ser humano es flagrantemente contradictorio salvo rarísimas excepciones, de modo que este concepto de verdad resulta de poca ayuda en el precario entorno en el acostumbramos a movernos.

Charles Sanders Peirce

Charles Sanders Peirce

Las teorías pragmáticas aparecen con los trabajos de los eminentes filósofos norteamericanos Charles Sanders Peirce, William James –hermano del gran novelista Henry James– y John Dewey. Combinan elementos de las teorías de la correspondencia y la coherencia. Para Peirce la verdad tiene cuatro posible orígenes: La intuición –’me parece a priori que’–, el argumento de autoridad –’como dice el maestro X’–, lo que Peirce llama ‘método de la tenacidad’ –y que en esencia consiste en lo que uno piensa arbitraria pero insistentemente: ‘esto es así porque yo lo digo’– y el método científico. Los filósofos pragmatistas opinan que la verdad deriva de la correspondencia con la realidad, pero sólo el método científico permite establecer esta relación y, como consecuencia, adoptar creencias estables. William James da un certero pero archidiscutible sesgo psicológico al asunto y opina que las creencias verdaderas son superiores, y por ello nos parecen convenientes, útiles y buenas. Para Dewey el método científico es la garantía que convierte las creencias en conocimiento. Nosotros creemos en este concepto de verdad, pero constatamos que no es operativo ante los numerosísimos interlocutores para los que no es válido el método científico.

Alfred Tarski

Alfred Tarski

El genial filósofo, lógico y matemático polaco Alfred Tarski es el padre de la teoría semántica de la verdad, acaso la más influyente de todas las que vamos a repasar en este artículo. En primer lugar, Tarski considera qué condiciones debe cumplir una definición de la verdad, y para ello pide dos requisitos previos: El primero es que la definición sea materialmente adecuada –decir que ‘la nieve es blanca’ será cierto si y sólo si en efecto tal cosa sucede–. El segundo, algo más complicado de explicar, es que la definición sea formalmente correcta. Lo que pretende Tarski con este requisito es evitar las paradojas del mentiroso con las que se encontraban enredados los lógicos desde hacía 2.500 años: Dos afirmaciones sucesivas como ‘La frase posterior es cierta’ y ‘La frase anterior es falsa’ no son en conjunto ni verdaderas ni falsas porque son contradictorias: la verdad de cualquiera de ellas hace imposible que la otra sea cierta.

Tarski señala que existen diversos niveles de significación dentro del lenguaje que utilizamos. En concreto, diferencia entre metalenguaje –es decir, cuando empleamos el lenguaje para hablar del propio lenguaje– y el lenguaje empleado en cualquier otro caso. No deben mezclarse enunciados de uno y otro tipo con el fin de evitar las paradojas indecidibles como por ejemplo la ya mencionada del mentiroso y otras semejantes.

“En un sentido profundo y misterioso constato que en mi vida sólo he hablado radical y verdaderamente con las personas a las que he amado”

Una vez que se cumplen estos dos requisitos –adecuación material y corrección formal–, Tarski expone su concepto de verdad. Para ello distingue entre oraciones abiertas y oraciones cerradas. Las primeras son enunciados generales como ‘X es verde’, que no son en sí ni verdaderas ni falsas. Sólo cuando sustituimos X por una palabra concreta –lo que Tarski llama oración cerrada– tendremos una afirmación acerca de cuya veracidad o falsedad podemos pronunciarnos. ‘El cielo es verde’ es falso. ‘El cielo es verde o azul’ es verdadero. A mi modesto entender, el esfuerzo de Tarski resulta interesantísimo en el ámbito teórico y académico, y en efecto acaba con las paradojas pero no nos ayuda en la vida cotidiana, cosa que admitía, en un alarde de honradez intelectual, el propio Tarski, ya que los lenguajes que empleamos los seres humanos no cumplen ninguno de los requisitos que el filósofo exigía.

Donald Davidson

Donald Davidson

La teoría interpretativa de la verdad de Donald Davidson es acaso la que mejor permita conducirnos en la vida corriente y, paradójicamente, en su debilidad –porque es relativa– estriba su fuerza –porque nos resulta útil–. Lo que en esencia propone Davidson es relativizar la teoría de Tarski a hablantes y situaciones concretas. Según lo que creo entender que dice este autor, debemos ser algo parecido a unos antropólogos de nuestro interlocutor para conocer cuál es el valor de verdad de lo que dice. Por si esto fuera poco, Davidson recuerda que empleamos constantemente expresiones hipotéticas, condicionales –o humorísticas, añadimos nosotros, por no hablar del ambiguo estatuto de la ficción literaria–, junto con verbos de intención, de creencia, de percepción. A mi juicio todo lo anterior, junto con la mentira intencionada, hace inviable la pretensión general de alcanzar la verdad.

Bertrand Russell según Norman Rockwell

Bertrand Russell según Norman Rockwell

Para añadir aún más complejidad a un asunto que debería estar clarísimo, me complace recordar una doctrina que debemos a los filósofos escolásticos: la teoría de la doble verdad. En la Edad Media se llega a la conclusión de que razón y religión constituyen dos vías diferentes, no contradictorias sino complementarias, para alcanzar las verdades de la fe. Sin entrar en teologías, tengo la impresión de que esta teoría es el mecanismo psicológico de que nos valemos para mantener a salvo nuestra pretendida coherencia. Decimos a nuestros hijos que no fumen pero no nos aplicamos la recomendación a nosotros mismos. La vigencia íntima de la teoría de la doble verdad contribuye a hacernos la vida algo más llevadera y resulta inevitable profesarla cuando, por poner un ejemplo que no nos ruborice en exceso, se sucumbe a los encantos del chocolate.

¿Significa todo este laberinto de teorías que la verdad carece de fuerza y vivimos en un mundo sin certezas en el que nada es incuestionablemente verdadero? Sin duda es así. El ámbito de la ciencia parece disfrutar de una situación algo más sólida gracias a la aceptación universal del método científico en ese ámbito. Las matemáticas goza asimismo de absoluta coherencia local, aunque no global, como sabemos gracias a Gödel. ¿Y el resto, santo cielo?

José María Valverde

José María Valverde

A mi entender no está todo perdido porque existen dos soluciones. La primera exige aceptar la idea de Keats de que belleza y verdad están conectadas. Inconscientemente buscamos lo bello y ocultamos lo que nos parece feo. Mi padre habla a menudo del ‘teorema de la buena pinta’, que ha aplicado a lo largo de toda su importante carrera en ingeniería civil: lo que es incorrecto, lo que es inconveniente desde un punto de vista técnico, tiene mal aspecto. ‘Nulla ethica sine aesthetica’, dejó dicho José María Valverde. El terrorismo no defiende la verdad porque sus métodos no pueden ser considerados hermosos bajo ningún concepto: Las propias organizaciones terroristas, cuando hablan de sí mismas en internet, ocultan que cometen atentados y se limitan a expresar sus aspiraciones porque los ejecutores, en su fuero interno, saben que no son legítimas sus actuaciones. Los partidos políticos ocultan en su propaganda electoral todos los casos de corrupción que protagonizan. Los partidarios del aborto ocultan las imágenes espantosas en las que aparecen destrozados los humildes cuerpos porque saben que ni la verdad ni la belleza –aunque quizá sí otras razones de menor rango– les asisten.

Franz Schubert según Wilhelm August Rieder

Franz Schubert según Wilhelm August Rieder

Lo que alguien no dice es un indicio muy revelador de lo que tiene por falso o por desacertado: Ninguna persona de ninguna religión expone aquello con lo que no comulga cuando enumera lo que soporta sus convicciones. El gran músico Franz Schubert compuso para coro y orquesta seis maravillosas misas latinas y una misa en alemán de cuyos textos suprime la afirmación: ‘Creo en una Santa, Católica y Apostólica Iglesia’. De las dos últimas misas latinas excluye asimismo las palabras ‘Espero la resurrección de los muertos’.

Natalie Portman en 'Closer'

Natalie Portman en ‘Closer’

Hay otro ámbito maravilloso en el que se asienta la verdad. Patrick Marber escribió ‘Closer’, una obra de teatro llevada al cine espléndidamente por Mike Nichols. En esta película insoslayable y dura, realísima, Natalie Portman dice unas palabras legendarias: ‘me he dado cuenta de que ya no te amo porque no tengo la necesidad de decirte la verdad’. El amor –no sólo hacia las personas: también el amor que sentimos por las cosas del mundo– es el único ámbito en el que nuestra búsqueda de la verdad es auténtica. En un sentido profundo y misterioso constato que en mi vida sólo he hablado radical y verdaderamente con las personas que he amado. En esto se fundamenta el reto intelectual más ambicioso que imagino: Amar cada vez más. 

Álvaro Fierro Clavero,
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Opino qué, partiendo de que las palabras son ya una traducción de la realidad, en ellas y su entorno no es fácil encontrar verdades mondas y lirondas. Las personas haríamos mejor buscando la claridad que la verdad, por que a lo mejor resulta que la verdad es mentira. Gracias por el inspirador artículo.

  2. ¿No hubo Uno que dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida”?
    Creo

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