martes, 17 octubre, 2017

Es la política, son las ideas, es la cultura

Es la política, son las ideas, es la cultura


Si no estamos en política, entendida en sentido amplio, acabaremos en una democracia destrozada y entregada a un estado de corte totalitario, tanto en nuestro país como en Europa.

Es la política, son las ideas, es la cultura




El mundo de las ideas y la cultura se ha entregado por una incompare- cencia que viene de largo.


Importa y mucho la política que nos ha arrebatado la partitocracia y la dejadez y, anteriormente, el espejismo de una bonanza económica sostenida en gran medida en la nada.

jupelotaVuelvo de Madrid el sábado de una asamblea política. Lo hago muy ilusionada y convencida de que, siendo importante una iniciativa como ésta, lo que más importa son las ideas que están debajo.

Me explico. En 1992 se acuño la frase “es la economía, estúpido” en el ámbito estadounidense. Ante la popularidad de Bush, el jefe de campaña de Clinton le aconsejó a éste que se centrase en la vida cotidiana de la gente, resumiendo con ese “the economy, stupid” el elemento que se creía que importaba más a las personas, su bolsillo, vamos. Desde entonces, la frase se ha utilizado cambiando la economía por otros temas para dar relieve a lo que “realmente” es clave a la hora de ganar unas elecciones o hacer foco en un debate.

Pienso que la economía diaria, lo que vivimos los que estamos a pie de calle, es vital, mucho más en una situación como la que atravesamos, pero nunca es lo único importante. Entender que a las personas lo único que les mueve es su bolsillo es tener en baja estima a mis conciudadanos y, en general, a los seres humanos. Creo, además, que eso supone firmar el acta de defunción de la democracia. Si realmente lo pensamos, me parece que ésta no sobrevivirá mucho tiempo ni en nuestro país ni en ningún otro. Por eso, creo que hay que repetir con ganas en todo caso y como muchos hacen otro lema, “es la política” (sin añadir el estúpido en ningún caso), aquella que nos ha arrebatado la partitocracia y la dejadez y, anteriormente, el espejismo de una bonanza económica sostenida en gran medida en la nada.

Es la política, pues, aquella que ningún partido, ni nuevo ni antiguo, debe quitarnos. Porque es la política, y no sólo la que se hace en los partidos, la que es de todos, entendida como estar en la arena pública, allí donde hacemos comunidad, sociedad y país cada vez  que promovemos iniciativas, nos asociamos con otras personas y un largo etcétera que sería demasiado largo. Porque es política así  entrenar al equipo de fútbol de tu hijo y lo es estar en una asociación de vecinos o en un sindicato. Y participar en tu parroquia o en el círculo de Bellas Artes es otra forma de  vida ciudadana, como lo son muchísimos ámbitos donde los partidos no tienen nada que decir. Lo repito: no tienen que decir nada. Es más, hay que echarles de muchos ámbitos. Cada vez que voy a dar formación o asisto a un congreso suelo tener a un cargo político que no sé bien qué hace abriendo la jornada o cerrándola, pongo por caso. ¿Por qué asumimos que tenemos que pagar ese vasallaje hoy omnipresente en España?

Si no estamos en política –entendida en sentido amplio-, acabaremos en una democracia destrozada y, muy posiblemente, entregada a un estado de corte totalitario, tanto en nuestro país como en Europa. Sólo hace falta encender la televisión para darse cuenta de lo cerca que tenemos semejante panorama.

Derivado de ese “es la política”, creo todavía más que son las ideas y la cultura los ámbitos prioritarios.  Y donde, por cierto, como tantos han recordado, se ha renunciado a estar en un debate que es también diálogo, dentro de los partidos, claro, pero mucho más fuera de ellos por goleada. El debate no es el “y tú más” ni la tertulia a la que estamos acostumbrados, es algo que ha desaparecido casi del mapa porque parece no interesar a nadie.

Es ese mundo que abarca desde pensar qué lugar corresponde al Estado, a la empresa o qué modelo energético y productivo queremos y podemos permitirnos en España, pero también,  más allá,  es la creación artística, la denominada “alta cultura” y la popular, la ficción que leemos o vemos, en fin, todo ese conglomerado que afecta a nuestras vidas porque alimenta nuestro alma, nuestro mundo de creencias, convicciones, aspiraciones e ilusiones, el modo en que sentimos y nos vemos, todo eso que se ha considerado a menudo como un ámbito secundario, menor, poco o nada importante. Y que se ha entregado por incomparecencia en una deriva que lleva ya muchos años.

Obsesionados unos con el más reciente español “es el partido, bobo” –que realmente “es el poder, idiota”-  y muchos –por convicción o dejación- con “es la economía, estúpido”, se ha olvidado el entramado que más nos hace, del que depende una civilización y en última instancia nuestros derechos y libertades. Que nadie piense que esto que escribo es una denuncia unívoca de que es “la izquierda” la que ha tomado ese campo de ideas o cultural porque “se lo ha dejado la derecha”, es un poco más complicado. Porque no es una cuestión de izquierdas ni de derechas (sean lo que sean ambas, no hay un bloque compacto en nada), es una visión materialista, utilitarista y débil de lo que es el ser humano lo que permea ese discurso de que la cultura o las ideas son “solo” para unos pocos escogidos o enterados. A los demás lo que hay que darles es soma, ahorrarles la molestia de pensar y confrontar ideas, no vaya a ser que se cansen.

Y es que esto se ha repetido, por acción u omisión, no sólo en partidos y por algunos políticos, sino por intelectuales, por padres, por profesores, por muchos que no deberían haber tirado la toalla. Y se ha hecho por razones a menudo comprensibles y otras no tanto, por agotamiento, por miedo, por pragmatismo o por utilitarismo, porque no se cree en nuestros conciudadanos. O peor: porque algunos se pueden llegar a creer mejor que ellos. Esto último es, a mi parecer, lo más significativo y lo más desesperanzador del escenario. La soberbia es siempre el peor pecado.

Se ha bajado así el listón no sólo en educación, sino en el debate público, casi inexistente hoy en España, tomando en su caso las peores formas para ganarlo con superficialidades, es la tentación más fácil. ¿Por qué? Porque se piensa que el que tenemos enfrente o al lado se merece sólo un eslogan a modo de  trapo al que entre el ciudadano, como si fuera éste un toro bravo. De ahí que yo no pueda comulgar con ese “es la economía, estúpido” como lema único o más importante, porque de ese humus tenemos ahora lo que tenemos en España. El desierto es  de ideas, moral e institucional, no sólo económico, y no se arregla de modo alguno con brotes verdes ni con la mejora de las previsiones. Eso sí que es de bobos y de cegatos. Sin ideas, sin cultura, no hay proyecto español  ni europeo, pero es que tampoco habrá mercado que valga. Y desapareceremos del mapa barridos como una hoja. Yo creo en España, en Europa y en muchos de mis conciudadanos que saben que la crisis económica no es, ni de lejos, lo más grave que nos pasa o nos ha pasado.

Por eso, y porque creo que es la política, como son las ideas, la cultura, el ser humano,  cuerpo y alma, sé que no se puede renunciar tampoco a ningún espacio de lo que hoy constituye el ágora. Y, de igual modo, estoy convencida que ninguna idea es muy  válida si puede ser perfectamente explicada en un twit de 140 caracteres. Todo lo que es verdaderamente importante lleva un poco más de tiempo y  matiz, de contraste.

Aurora Pimentel
@AuroraPimentel

Comentarios

  1. LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

    Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
    mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
    fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
    como un pulso que golpea las tinieblas,

    cuando se miran de frente
    los vertiginosos ojos claros de la muerte,
    se dicen las verdades:
    las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

    Se dicen los poemas
    que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
    piden ser, piden ritmo,
    piden ley para aquello que sienten excesivo.

    Con la velocidad del instinto,
    con el rayo del prodigio,
    como mágica evidencia, lo real se nos convierte
    en lo idéntico a sí mismo.

    Poesía para el pobre, poesía necesaria
    como el pan de cada día,
    como el aire que exigimos trece veces por minuto,
    para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

    Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
    decir que somos quien somos,
    nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
    Estamos tocando el fondo.

    Maldigo la poesía concebida como un lujo
    cultural por los neutrales
    que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
    Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

    Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
    y canto respirando.
    Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
    personales, me ensancho.

    Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
    y calculo por eso con técnica qué puedo.
    Me siento un ingeniero del verso y un obrero
    que trabaja con otros a España en sus aceros.

    Tal es mi poesía: poesía-herramienta
    a la vez que latido de lo unánime y ciego.
    Tal es, arma cargada de futuro expansivo
    con que te apunto al pecho.

    No es una poesía gota a gota pensada.
    No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
    Es algo como el aire que todos respiramos
    y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

    Son palabras que todos repetimos sintiendo
    como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
    Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
    Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

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