Miércoles, 23 Agosto, 2017

Ella


‘Una sola mujer es tu cuidado. Igual a las demás pero que es ella’.

Jorge Luis Borges.

Luciano de Samosata

Luciano de Samosata

La ficción científica es un género en el que es esencial la componente especu­la­tiva: ‘¿Qué pasaría si …?’ es el germen que ha servido desde hace siglos a los escritores más valientes para adentrarse en el terreno de lo que las cosas podrían ser. Contamos con el remoto antecedente clásico del gran Luciano de Samosata, uno de los pocos escritores auténticamente visionarios y geniales que en el mundo han sido: nada menos que en el siglo II de nuestra era ya escribió unos ‘Relatos verídicos’ en los que un viajero llega a la luna y entra en contacto con los selenitas. Del temperamento sobrenatural de este demiurgo máximo de la literatura da idea el siguiente fragmento de los Relatos:

Entretanto, durante mi estancia en la Luna, observe muchas rarezas y curiosidades, que quiero relatar. En primer lugar, no nacen de mujeres, sino de hombres: se casan con hombres, y ni siquiera conocen la palabra «mujer». Hasta los veinticinco años actúan como esposas y, a partir de esa edad, como maridos. Y no quedan embarazados en el vientre, sino en la pantorrilla. A partir de la concepción, comienza a engordar la pierna; transcurrido el tiempo, dan un corte y extraen el feto muerto, pero lo exponen al viento con la boca abierta y le hacen vivir. […]

Pero voy a referirme a algo aún más sorprendente. Existe allí un linaje de hombres, los llamados «arbóreos», que nacen del modo siguiente. Cortan el testículo derecho de un hombre y lo plantan en la tierra; de él brota un corpulento árbol de carne, semejante a un falo: tiene ramas y hojas y su fruto son las bellotas, del tamaño de un codo; cuando están ya maduras, las recolectan y extraen de su interior a los hombres.

La máquina del tiempo, de H. G. Wells

La máquina del tiempo, de H. G. Wells

La Edad de los Descubrimientos que pusieron en marcha Galileo y Kepler da un  nuevo impulso a los relatos de cuño más fantástico que científico. En el siglo XVII se escribieron alrededor de doscientas narraciones relacionadas con viajes espaciales. Entre ellas destaca la historia de divertido título publicada en 1638 por el clérigo británico Francis Godwin ‘El hombre en la luna o Discurso de un viaje de allá por Domingo González’: El protagonista español llega a nuestro satélite arrastrado por una bandada de pájaros. El propio Kepler, no contento con fundar junto con su maestro, el insigne astrónomo danés Tycho Brahe, la observación científica de los cielos, es autor de ‘Somnium’ –en la que un joven viaja a la luna con su madre durante un eclipse solar–, novela que será leída nada menos que por Verne y H. G. Wells.

'El hombre en la luna', Francis Godwin

‘El hombre en la luna’, Francis Godwin

El ingrediente científico, que da alguna verosimilitud a la historia, no aparece hasta principios del siglo XIX, cuando Mary Wollstonecraft Godwin y Percy Bysshe Shelley visitan en 1815 a Lord Byron en Suiza. A orillas del lago Leman, el autor de ‘Don Juan’ propone a sus invitados y a su médico Polidori la escritura de un relato de terror. Mary concibe entonces ‘Frankenstein o el moderno Prometeo’, que será publicado en 1818. Inspirada por las investigaciones de Luigi Galvani –que había formulado la teoría de que el cerebro dirigía descargas eléctricas al cuerpo– la celebérrima obra cuenta la aventura del doctor Victor Frankenstein –el primer científico loco de la historia de la literatura– en pos de otorgarle vida a un cuerpo gracias a una nueva forma de energía que en aquella época no era otra cosa que una curiosidad espectacular de la que apenas existía conocimiento.

Julio Verne

Julio Verne

Mary Shelley

Mary Shelley

La reanimación de un cadáver no era sin embargo algo que los contemporáneos de Mary Shelley creyeran posible. El primer autor que consiguió que sus lectores creyeran algo imaginado fue el escritor fundacional de la literatura moderna: el norteamericano Edgar Allan Poe, verdadero forjador con su vida y con su obra sensacional del arquetipo del escritor contemporáneo. En 1844 publicó un relato en el que un globo aerostático cruza el Atlántico, cosa que no se consiguió hasta los años 70 del siglo XX. Esta idea auténticamente verosímil fue la que inspiró ‘Cinco semanas en globo’, la primera novela del que es generalmente considerado como el escritor más importante de la ciencia ficción: Julio Verne. El escritor francés se especializó en incluir auténticas explicaciones científicas con gran lujo de detalles en unas novelas que han conformado el gusto literario de la juventud lectora de todas las generaciones.

“El siglo XXI ha comenzado para el cine en 2014”

La historia de la ciencia ficción inicia una nueva etapa con las novelas del británico Herbert George Wells. Por primera vez se especula con las implicaciones sociales de los supuestos avances tecnológicos que aparecen en los relatos de ficción científica. En 1895 publica ‘La máquina del tiempo’, una novela que cuenta la historia de un viajero cronológico que llega al año 802.701 y encuentra una humanidad dual: por un lado existe la clase de los hermosos e inútiles Eloi, y por otro existen los Morlock, habitantes del subsuelo que se alimentan de los anteriores. En la célebre ‘La guerra de los mundos’ –que servirá de pretexto a Orson Welles en su genialidad radiofónica de 1938–, no es difícil identificar una crítica hacia los invasores imperios francés y británico.

Hugo Gernsback

Hugo Gernsback

Primer ejemplar de 'Historias asombrosas', de Hugo Gernsback

Primer ejemplar de ‘Historias asombrosas’, de Hugo Gernsback

En los años 20 y 30 del pasado siglo aparecen en el mercado estadounidense las primeras novelas pulp. Su nombre deriva de ‘pulpa’ y hace referencia al pésimo papel en que se imprimían. Estaban llenas de imágenes para conectar con el gusto popular y son las verdaderas responsables de la consolidación del género de la ficción científica gracias a su masiva difusión. Por esta misma época surge el término ‘ciencia-ficción’ gracias al escritor Hugo Gernsback –en cuyo honor se conceden los importantes premios Hugo– a consecuencia de un complejo pleito por la titularidad de la revista ‘Historias asombrosas’ que había fundado. Al no poder utilizar el primer término que se le ocurrió –’cientificción’– se vio obligado a darle el nombre que ha resultado ser definitivo.

George Meliès en la estación de Montparnasse

George Meliès en la estación de Montparnasse

Las conexiones del cine con la ciencia ficción se remontan a 1902, cuando el mago francés George Meliès consigue hacerse arteramente con una cámara de los hermanos Lumière y filma el cortometraje ‘Viaje a la luna’ inspirado libremente en el texto de Julio Verne. Recientemente hemos podido asistir a una preciosa exposición en CaixaForum dedicada a este pionero del cine que acabó sus días lleno de deudas vendiendo juguetes en la estación de Montparnasse. Desgraciadamente, esta visión poética y esteticista de la ciencia ficción apenas se ha cultivado más allá de lo que se nos muestra en los planos generales de la mayoría de las producciones del género. Mucho más importante, por cuanto imprime el sesgo utopista que en lo sucesivo tendrá la mayor parte de la ciencia ficción interesante en el cine, es la colosal ‘Metrópolis’ del genial director Fritz Lang. Acaso se trate –junto con ‘El nacimiento de una nación’ de Griffith y ‘Napoleón’ de Abel Gance– de la obra que contribuye en mayor medida a sentar las bases del lenguaje cinematográfico de todas las épocas y géneros.

Metrópolis, de Fritz Lang

Metrópolis, de Fritz Lang

La influencia de ‘Metrópolis’ ha sido mayúscula y ha dado lugar a una ilustrísima serie de obras maestras en las que se nos anuncia la catástrofe que nos aguarda en el caso de que perseveremos en el hecho de ser hombres, lo que para los pensadores pesimistas –es decir: para los pensadores– es algo que está lleno de defectos. En este contexto, únicamente encontramos una alternativa temática a la obra de Lang en las películas de género que tan sólo adoptan epidérmicamente la gramática de la ciencia ficción: Se trata simplemente de películas de aventuras situadas en el futuro, pero en absoluto son cienciaficticias. Pienso en la saga de la Guerra de las Galaxias, o en las películas protagonizadas por superhéroes. Ni siquiera la espléndida ‘Alien’ es en puridad una película de ciencia ficción, por más que transcurra en una nave espacial. La obra de Ridley Scott es una brillante capítulo en la viejísima lucha del ser humano contra un adversario –llámese diablo, o mal, o invasor–que adopta la forma de un monstruo. En época de Homero, Alien hubiera sido un soldado persa.

Joaquin Phoenix

Joaquin Phoenix

Recientemente hemos visto ‘Ella’, del director Spike Jonze, un cineasta de escasa producción del que conocíamos un par de películas interesantes de argumento asaz complejo: ‘El ladrón de orquídeas’ o ‘Cómo ser John Malkovich’. En ‘Ella’, Spike Jonze ha hecho un uso novedoso de la ciencia ficción para darle un audacísimo giro a la clásica historia de mujeres con hombres con el fin de bucear de una manera nueva en la intimidad del protagonista –un magistral Joaquín Phoenix–, pese a que lo que estamos viendo es, con todas las de la ley, un melodrama clásico. Salvo el recurso argumental que pone la historia en movimiento, a menudo olvidamos qué clase de película estamos viendo. El director ha hecho algo que sólo está al alcance de los más grandes: ampliar las fronteras de un género. El siglo XXI ha comenzado para el cine en 2014. Salvo quizá ‘Inteligencia Artificial’, la extraordinaria película de Spielberg que pone al día el mito de Pinocho, no recordamos película de ciencia ficción que nos haya emocionado de semejante manera.

Spike Jonze

Spike Jonze

Her,-de-Spike-JonzeEntre las muchas cuestiones filosóficas que esta fabulosa obra suscita, hay una que nos resulta especialmente pertinente: de entre todas las cosas que somos ante los demás y ante nosotros mismos, ¿dónde estamos verdaderamente? Los seres humanos somos una huella en la historia hecha de cuerpo y alma: somos mente, somos monólogo interior, apariencia, rostro, atuendo, voluntad, proyectos, recuerdos, estilo. En qué elemento de todos los que podrían enumerarse radica nuestra auténtica personalidad. En definitiva: ¿qué y en qué somos? Y para responder al qué, es necesario responder al para qué: el ser de las cosas es su sentido, según los existencialistas. Los que vean la película sabrán cuál es la maravillosa respuesta que nos da el director, y por más que la repaso mentalmente y la confronto con las opiniones mías o de otros al respecto, lo cierto es que la razón, irrefutablemente, la tiene Spike Jonze.

Álvaro Fierro Clavero,
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Yo la vi sin saber de que iba y…sencillamente, me entusiasmo¡¡maravillosa,¡¡ Volvemos a ssoñar…

  2. Isa Lima

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