Domingo, 23 Abril, 2017

Valientes

Valientes



La valentía es una de las virtudes más olvidadas. Es más, se ridiculiza o se hace de ella una caricatura barata.

Valientes




Ser valiente pasa porque tu reputación y tu imagen te importen, claro, pero mucho menos que traicionarte.


Suena antiguo, pero los españoles alguna vez fuimos muy valientes y con un alma grande, magnánimos.

Lesueur_Tricoteuses_1793Fui a ver la exposición de Blas de Lezo en el Museo Naval. Ya me habían hablado de quien llamaban Mediohombre, tuerto, cojo y manco.  Su gran hazaña en la batalla de Cartagena  en 1741 ha sido casi olvidada, porque la historia que más se conoce a menudo es la que escriben los anglos. Y porque, por algún extraño complejo de inferioridad o de no querer pasar por patrioteros, no está de moda recordar a nuestros grandes que, con sus defectos y debilidades, propios y de la época, fueron eso, muy grandes.  Quizás en el fondo nos da vergüenza compararnos, quién sabe.

Qué valor el de este tipo que, con muchas menos naves y muchísimos menos hombres, gana una batalla casi imposible. Y lo más importante no es que la ganase. Hubiera sido igual de valiente perdiéndola, pero el caso es que, además, la gana. Toda una  biografía de servicio a la patria. No me extraña que quieran hacerle un monumento.

La valentía es una de las virtudes más olvidadas. Es más, se ridiculiza o se hace de ella una caricatura barata. Pero a mí me encanta y me parece importante. Porque la valentía no es el arrojo o la temeridad, la bravuconería, sino todo lo contrario. Es la resistencia del que aguanta  y se arriesga a que le puedan partir la cara (física o  verbalmente)  y se atreve con hazañas mínimas o grandes. También es ese valor que se demuestra cuando uno se arriesga al ostracismo, al silencio, a ser un paria. Ser valiente es preferir que te rechacen o te ignoren a comulgar con ruedas de molino, vaya. Porque la valentía está en los actos y, también, en las palabras que les acompañan. O sea, tiene que ver con la libertad y el preferir siempre la incomprensión, incluso de los que amas, o la soledad al engaño.

Empieza en la infancia haciendo frente al matón o al que se aprovecha de la debilidad o la diferencia de alguien, sea el gordito, el de gafas o la niña aquella tan alta como una jirafa. La defensa del más débil, o de quien no puede o no sabe defenderse, es una de las señas del valiente desde tiempos inmemoriales. También tiene que ver con acostumbrarse a decir la verdad, aunque te lleves algún castigo. Continúa luego en la adolescencia, donde, si no haces todo lo que hace o dice el grupo o, más bien, la manada, eres condenado. Y sigue en la madurez donde ser cobarde sigue estando mejor recompensado que ser valiente, el mundo suele premiar a los que no dan la lata y callan. Por eso hay adolescentes como Blas de Lezo, ahí, aguantando, como si estuviesen en la batalla de Cartagena de Indias. Como hay jóvenes, adultos y ancianos que no quieren tirar la toalla ni subirse a ningún carro. Ser valiente pasa porque tu reputación y tu imagen te importen, claro, pero mucho menos que traicionarte.

Todas las viejas películas del Oeste suelen tratar de la valentía, como avance o  resistencia, porque la valentía tiene dos caras: la del que da un paso al enfrente y la del que aguanta. Como aquella estupenda película de “Horizontes de grandeza”,  donde el marino, interpretado por Gregory Peck, se negaba a tener que demostrar su valor montando un caballo difícil en público y lo hace a escondidas, porque la valentía no necesita espectáculo.  Es matemático, cuando se busca el jaleo o aplauso o se parapeta uno tras la masa (real o de followers, pongo por caso), se trata de bravuconería, que es lo que hoy a menudo se lleva la palma.

La valentía, como otras virtudes grandes, tiene que ver con la grandeza de alma. Magnanimidad lo llaman. Y de nuevo es matemático: encuentras a alguien valiente de verdad y coincide en que es generoso, que no machaca al “contrario”, especialmente si está caído en la lona. El bravucón o arrojado, en cambio, es el que necesita machacar al contrario, dejarle ko físicamente o con palabras. Hacer leña del árbol caído era antaño cosa de cobardes. Hoy esto quizás se ha olvidado , de ahí el avance de las tricoteuses en los medios y redes sociales.

Suena antiguo, pero los españoles alguna vez fuimos muy valientes y con un alma grande, magnánimos. Ahí está ese cuadro de la Rendición de Breda para recordárnoslo, Blas de Lezo y tantos. Y ahí están también muchos mártires y santos. Porque también se puede ser valiente, magnánimo y, a la vez, manso, por eso fueron santos.

Aurora Pimentel

Comentarios

  1. jmbll@hotmail.com dice:

    La historia completa y rigurosa, sin novelar, de la actuación de Blal de Lezo en Cartagena de Indias, en http://www.labatalladecartagenadeindias.com

  2. Muchas gracias por el link, lo leeré, muy interesante.

  3. Grandísimo artículo! Fabulosas reflexiones.Gracias Aurora

  4. Don Blas de Lezo, un heroe con gran ingenio para salir airoso de todas sus contiendas.

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