lunes, 23 octubre, 2017

Escritura 2.0 (3ª parte)


La esperanza, por engañosa que sea,
sirve al menos para llevarnos hasta el final
de la vida por un camino agradable

François de La Rochefoucauld

François de La Rochefoucauld

François de La Rochefoucauld

François de La Rochefoucauld (1613-1680) fue un noble francés que ha pasado a la historia como uno de los supremos autores de aforismos. Su vida estuvo llena de aventuras políticas y amorosas –proyectó en 1637 raptar a la reina de Francia con el consentimiento de ésta– que le llevaron a sufrir los vaivenes de la fortuna. Sus ‘Máximas’ fueron publicadas sin autorización por un editor holandés en 1664. La lectura de su obra impresiona, a mi entender, por dos características extremas: su lucidez y su pesimismo, erigidos sobre una increíble perspicacia para captar los rasgos esenciales del alma humana. Hemos elegido sentencias según nuestra particular afinidad o capricho, según versión de nuestro admirado José Antonio Millán Alba aparecida en la espléndida Biblioteca de Literatura Universal. Esporádicamente hemos extractado sentencias más extensas.

No siempre por valor y castidad los hombres son valientes y las mujeres castas. La pasión convierte a menudo en loco al hombre más sabio y con frecuencia hace más hábiles a los tontos. La moderación de las personas felices procede de la calma que la buena fortuna confiere a su humor. Todos tenemos suficiente fuerza para soportar los males de otro. La constancia de los sabios es sólo el arte de encerrar la agitación en el corazón. La filosofía triunfa fácilmente de los males pasados y de los futuros, pero los presentes lo hacen de ella. Pocas personas conocen la muerte. Exceptuando una gran vanidad, los héroes están hechos como los demás hombres. Son necesarias mayores virtudes para soportar una buena fortuna que una mala. Ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente. El mal que hacemos no nos atrae tanta persecución y odio como nuestras buenas cualidades. Tenemos más fuerza que voluntad, y para excusarnos a nosotros mismos con frecuencia pensamos que las cosas son imposibles. Si no tuviésemos defectos, no nos agradaría tanto observarlos en los demás. El orgullo es igual en todos los hombres, y sólo son diferentes los medios y la manera de actualizarlo. Parece que la naturaleza, que tan sabiamente ha dispuesto los órganos de nuestro cuerpo para hacernos felices, nos haya dado también el orgullo para ahorrarnos el dolor de conocer nuestras imperfecciones. Los que se aplican demasiado a las cosas pequeñas, habitualmente resultan incapaces para las grandes. No tenemos suficiente fuerza para seguir enteramente nuestra razón.

Estudioso leyendo, de Rembrandt

Estudioso leyendo, de Rembrandt

Nunca se es tan feliz ni tan desgraciado como se piensa. Lo que se creen con méritos tienen a gala ser desgraciados. Por diferentes que parezcan las fortunas, hay, sin embargo, cierta compensación de bienes y males que las hace iguales. Con el fin de situarse en el mundo se hace lo que se puede para parecerlo. Aunque los hombres se jacten de sus grandes acciones, éstas no son a menudo consecuencias de un gran proyecto, sino efectos del azar. No hay accidentes tan desgraciados de los que la gente habilidosa no saque alguna ventaja. La sinceridad es a apertura del corazón; se encuentra en muy poca gente, y la que habitualmente vemos no es sino un disimulo hecho con astucia para atraer la confianza de los demás. Por desear demasiado lo menos importante abandonamos lo más relevante.

No hay simulación que pueda ocultar por mucho tiempo el amor donde existe, ni fingirlo donde no lo hay. Si se juzga el amor por la mayoría de sus efectos, se parece más al odio que a la amistad. Sólo hay un tipo de amor, pero mil copias distintas. En la mayoría de los hombres el amor a la justicia no es sino miedo a sufrir la injusticia. Lo que nos hace tan cambiantes en nuestras amistades es la dificultad de conocer las cualidades del alma y la facilidad de conocer las del ingenio. Los hombres no vivirían mucho tiempo en sociedad si no se engañasen unos a otros. Todo el mundo se queja de su memoria, pero nadie de su juicio. La mayor ambición no lo parece en absoluto cuando se halla en completa imposibilidad de llegar a donde aspira. A los ancianos les gusta dar buenos consejos para consolarse de no estar ya en disposición de dar malos ejemplos. La señal de un mérito extraordinario es ver que aquellos que lo envidian están obligados a alabarlo. La educación del espíritu consiste en pensar cosas honorables y delicadas. Ocurre con frecuencia que las cosas se presentan a nuestro entendimiento más acabadas de lo que el mejor arte pudiera conseguir. Para saber bien las cosas hay que conocer los pormenores, y como éstos son casi infinitos, nuestro conocimiento es siempre superficial e imperfecto. Hay buenos matrimonios, pero no los hay deliciosos. Tan fácil es engañarse a uno mismo sin reparar en ello como difícil es engañar a los demás sin que ellos se den cuenta. Apenas obtendríamos placer si no nos jactásemos nunca. El empleo habitual de la astucia es señal de un espíritu pequeño. A veces basta ser grosero para no ser engañado por un hombre hábil. Cuando la vanidad no lleva a hablar, se habla poco. Lo propio de los grandes espíritus es hacer entender en pocas palabras muchas cosas, los pequeños, por el contrario, gozan del don de hablar mucho y no decir nada.

Filósofo meditando, de Rembrandt

Filósofo meditando, de Rembrandt

La alabanza es un halago hábil, oculto y sutil que satisface de forma distinta al que lo hace y al que lo recibe: uno la toma como recompensa de su valía, y el otro lo hace para demostrar su equidad y su discernimiento. Pocas son lo suficientemente sabias como para preferir la crítica que les es útil a la alabanza que les traiciona. Hay personas meritorias que disgustan y otras defectuosas que agradan. La gloria de los grandes hombres se debe medir por los medios que utilizaron para lograrla. No es suficiente con tener buenas cualidades; hay que economizarlas. Por brillante que sea una acción, no debe pasar por grande cuando no es consecuencia de un gran proyecto.

La esperanza, por engañosa que sea, sirve al menos para llevarnos hasta el final de la vida por un camino agradable. Resulta difícil juzgar si un procedimiento claro, sincero y honrado es consecuencia de la rectitud o de la astucia. Vale más emplear nuestro talento en soportar los infortunios que en prever los que nos pueden llegar. En amor hay dos tipos de constancia: una procede de que constantemente encontramos en la persona que se ama nuevos motivos de amor, y la otra proviene de que nos tomamos el ser constantes como una cuestión de honor. Lo que nos hace querer a personas nuevas no es tanto el cansancio de las antiguas ni el placer de cambiar, cuanto el disgusto por no ser lo suficientemente admirados de aquellos que nos conocen demasiado y la esperanza de serlo más por aquellos que no nos conocen.

Los vicios entran en la composición de las virtudes como los venenos en los remedios de la medicina: la prudencia los ajusta, los atempera y los emplea de forma útil contra los males de la vida. No se desprecia a todos los que tienen vicios, pero sí a los que no tienen ninguna virtud. Parece que la naturaleza haya prescrito para cada hombre, desde su nacimiento, unos límites tanto para las virtudes cuanto para los vicios. Sólo es patrimonio de los grandes hombres tener grandes defectos. Cuando los vicios nos dejan nos jactamos pensando ser nosotros quienes los dejamos. Hay recaídas en las enfermedades del alma como las hay en las del cuerpo: lo que tomamos por nuestra curación no es, con frecuencia, sino un descanso, o un cambio de enfermedad. Lo que con frecuencia nos impide abandonarnos a un solo vicio es que tenemos varios. Olvidamos fácilmente nuestras faltas cuando sólo las conocemos nosotros.

“Nunca se es tan desgraciado como se piensa”

Jeremias lamentando la destruccion de Jerusalem, de Rembrandt

Jeremias lamentando la destruccion de Jerusalem, de Rembrandt

Quien cree poder encontrar en sí mismo materia para prescindir de todos se equivoca mucho, pero el que cree que no cabe prescindir de él se equivoca aún más. La falsa gente honrada es aquélla que simula sus defectos a los demás y a sí mismos; las verdaderas personas honradas son aquéllas que los conocen perfectamente y los confiesan.

La locura nos acompaña en todas las épocas de la vida: si alguno parece sabio sólo es porque sus locuras resultan proporcionadas a su edad y fortuna. Quien vive sin locura no es tan sabio como cree. Apenas hay personas que en la primera cuesta de la vida no hagan saber por dónde desfallecerá su cuerpo y su espíritu. El orgullo no quiere deber, y el amor propio no quiere pagar. Nada es tan contagioso como el ejemplo, y nunca hacemos grandes bienes ni grandes males que no produzcan otros similares. Nadie merece ser alabado por su bondad si no tiene la fuerza de ser malvado: cualquier otra forma de bondad no es la mayoría de las veces sino pereza o impotencia de la voluntad.

Hay pocas cosas imposibles por sí mismas, y más que mérito, nos falta empeño para hacerlas triunfar. Es una gran habilidad saberla ocultar. La pequeñez de espíritu produce la testarudez, y no creemos fácilmente en lo que está más allá de lo que vemos. La juventud es una continua embriaguez. La gracia de la novedad es al amor lo que la flor al fruto: da un lustre que desaparece fácilmente y que no vuelve jamás. Resulta imposible de amar por segunda vez lo que se dejó verdaderamente de amar. Amamos siempre a los que nos admiran, pero no siempre a los que admiramos. Estamos muy lejos de conocer todas nuestras voluntades. A casi todo el mundo le agrada pagar las pequeñas deudas, mucha gente agradece las medianas, pero no hay casi nadie que no sea ingrato con las grandes.

Por bien que hablen de nosotros, no nos dicen nada nuevo. Con frecuencia perdonamos a los que nos aburren, pero no podemos perdonar a los que aburrimos. Hay personas destinadas a ser necios que no hacen sólo tonterías deliberadamente, sino que la misma fortuna les obliga a ello. Si hay hombres que no han hecho el ridículo es porque no se ha buscado bien. Lo que hace que los amantes no se aburran de estar juntos es que hablan siempre de sí mismos. Las personas débiles no pueden ser sinceras. En los celos hay más amor propio que amor. Confesamos que tenemos pequeños defectos para convencer de que no los tenemos grandes. Cuando nuestro odio es demasiado vivo nos pone por debajo de aquellos a los que odiamos.

El acento del país en el que se ha nacido permanece en el espíritu y en el corazón. Apenas encontramos otras personas con sentido común que las que son de nuestra opinión. Un hombre digno puede estar enamorado como un loco, pero no como un tonto. A los espíritus pequeños les hieren demasiado las pequeñas cosas; los grandes las ven todas y no resultan en absoluto heridos por ellas. Los celos nacen siempre con el amor, pero no siempre mueren con él. La mayoría de los jóvenes creen ser naturales cuando sólo son maleducados y groseros. Los espíritus mediocres condenan habitualmente todo lo que supera su capacidad. Sólo deberíamos asombrarnos de poder seguir haciéndolo. No hay personas que con frecuencia se equivoquen tanto como los que no pueden soportar equivocarse. Lo que nos hace insoportables la vanidad de los demás es que hiere la nuestra. No hay elevación sin algún mérito.

Llegamos enteramente nuevos a las diversas edades de la vida, y a menudo carecemos de experiencia a pesar del número de años. El mayor esfuerzo de la amistad no es mostrar al amigo nuestros defectos, sino hacerle ver los suyos. Los locos y los tontos sólo ven según su capricho. Pocas personas saben ser ancianas. Perdonamos fácilmente a nuestros amigos los defectos que no nos atañen. Es más fácil conocer al hombre en general que a un hombre en particular. Apenas desearíamos nada vivamente si conociéramos perfectamente lo que deseamos. No hay necios tan incómodos como los que tienen ingenio. No hay nadie que se crea, en todas y cada una de sus cualidades, por debajo de la persona pública que más estima. Ganaríamos más dejándonos ver tal como somos que intentando parecer lo que no somos. Nuestros enemigos se acercan más a la verdad en los juicios que hacen de nosotros, que nosotros al acercarnos a nosotros mismos.

La inspiración de San Mateo, de Caravaggio

La inspiración de San Mateo, de Caravaggio

Hay varios remedios que curan el amor, pero no los hay infalibles. Preciso es que la inocencia encuentre tanta protección como el crimen. Nunca se desea ardientemente lo que se desea por la razón. Nuestras cualidades son inciertas y dudosas, tanto para el bien como para el mal, y casi todas están a merced de las circunstancias. Nuestra envidia siempre dura más que la felicidad de aquellos a los que envidiamos. La imaginación no podría inventar tantas contrariedades distintas como naturalmente hay en el corazón de cada persona. La timidez es un defecto del que resulta peligroso reprender a las personas que se quieren corregir de él.

Tenemos más pereza en el espíritu que en el cuerpo. Por malvados que sean los hombres no se atreven a aparecer como enemigos de la virtud. Con frecuencia se pasa del amor a la ambición, pero apenas se vuelve de la ambición al amor. Las peleas no durarían tanto tiempo si el error sólo estuviese de una parte. El amor, por agradable que sea, aún agrada más por las formas con que se muestra que por él mismo.

Tememos todas las cosas como mortales, y las amamos como si fuésemos inmortales. Parece que el diablo hubiera puesto deliberadamente la pereza en la frontera de varias virtudes. No hemos de ofendernos porque los demás nos oculten la verdad, puesto que nosotros nos la ocultamos muy a menudo a nosotros mismos. La ruina del prójimo agrada a amigos y a enemigos. Se censuran fácilmente los defectos ajenos, pero raramente nos empleamos en corregir los nuestros. Se alaba y se censura la mayoría de las cosas según la moda. Es mucho más fácil apagar un primer deseo que satisfacer todos los que le siguen. Antes de desear intensamente algo hay que examinar la dicha del que lo posee. Un verdadero amigo es el mayor de todos los bienes y el que menos se piensa en tener. El sabio encuentra más ventajas en no comprometerse que en vencer. Es más necesario el estudio de los hombres que el de los libros. Uno no se acusa sino para ser halagado. Resulta más difícil disimular los sentimientos que se tienen que fingir los que no se tienen. Un hombre al que no agrada nadie es mucho más infeliz que el que no agrada a nadie. El infierno de las mujeres es la vejez.

Álvaro Fierro Clavero,
www.alvarofierro.com

 

Comentarios

  1. Gracias, Alvaro. Siempre me gustó La Rochefoucauld. Era un apasionado de la honestidad. Quizá no se la podía permitir en lo que hacía, pero no transigía con ella en lo que escribía. Y eso no le quita mérito a lo segundo

  2. Estas máximas son aplicables a una parte de cada uno de nosotros. Creo que muestran los mimbres con los que se forma el inconsciente colectivo al que te refieres en un artículo anterior. Gracias Alvaro y un fuerte abrazo.

  3. Teresa Heredia dice:

    Siempre pensé que era una mujer, La Rochelfoucauld

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