lunes, 11 diciembre, 2017

La pereza del que trabaja a destajo

La pereza del que trabaja a destajo



La pereza es una cuestión de tomarnos demasiado en serio lo que hacemos y muy poco lo que somos.

La pereza del que trabaja a destajo




El perfeccionismo y el ir de sobrados son los causantes habituales de la pereza.


El trabajo es un juego que requiere atención y fijar el corazón en algo.

posponer_2Se llaman en inglés “free lance” y queda más sofisticado. Pero lo cierto es que la antigua palabra “trabajar a destajo” es  a veces más aproximada. Claro que también los podemos llamar autónomos y hasta emprendedores y empresarios. En todo caso, ser tu propio jefe es complicado. Y más organizar tu propio trabajo. Y esto da pie para reflexionar sobre ese pecado tan humano, el más humano, creo yo, que es la pereza.

Con los años la pereza no mejora, se agrava. Siento dar estas malas noticias. Con los años caes en la cuenta de que fichar de 9 a 6 en algún lado, es un modo más fácil de gestionar el tiempo. Al fin y al cabo tienes un horario, una hora de entrada (no siempre de salida) y tienes que estar ahí, trabajando. Es cierto, también se pueden hacer trampas, estar y no dar un palo al agua. Pero creo que es más complicado cuando eres tú quien lleva las riendas de tu propio trabajo. Hace falta una disciplina y una motivación extra, voy al grano.

El verbo posponer es el verbo preferido de algunos que trabajamos por nuestra cuenta. Posponemos por muy diversas causas. Una es el perfeccionismo, y otra puede ser justamente la razón contraria: estás tan acostumbrado a sacar trabajo adelante que sabes que puedes hacer en diez minutos lo que antes te costaba 4 horas… Ambas, perfeccionismo o ir de sobrado, son, como dirían antiguamente, grandes enemigos del alma.

El perfeccionismo es uno de los grandes males de la humanidad. En el ámbito personal produce personas neuróticas e insoportables. Y en el ámbito social da lugar a utopías que ya sabemos dónde nos han llevado. Por otro lado, el ir sobrado también es otro elemento igualmente perjudicial en la vida humana. En lo personal te hace conformarte y no moverte hacia nuevos espacios. En lo social nos hace, por ejemplo, no complicarnos la vida y quedarnos en nuestra casa, léase en nuestra zona de confort, sea ésta mi ámbito de amigos de toda la vida, de familiares, mi barrio, mi parroquia, mi ciudad. No liarme, vamos. El ir sobrados nos acaba haciendo tener el alma chica, no arriesgar nada. En ambos casos, por perfeccionistas o por ir sobrados, posponemos el hacer algo.

Pero hay más de la pereza del free lance que enseña algo sobre la naturaleza humana. Vivir libre y responsablemente es una batalla que se hace cada minuto de la existencia humana. O, más que una batalla, la vida es un juego de trabajo, de labor, de actividad humana.

El tema es complicado, porque el buen Dios se ha encargado también de que haya muchas cosas interesantes, a veces demasiadas. Hacer pan, por ejemplo, es algo muy interesante que uno puede descubrir a los 53 años. Pero también lo es contemplar las yemas de los árboles, quedarse mirando a las musarañas (que son unos animalitos preciosos como ratones), entrar en el Facebook, mandar un tweet, comprobar por decimocuarta vez el correo electrónico, empezar otra cosas para no acabar la cuarta que empezaste la mañana, llamar por teléfono, estar en el whatsup, hacer una foto con el móvil, leer ese libro que estabas esperando.

El día está lleno de cosas muy interesantes cuando eres free lance. Y el trabajo es un juego que requiere atención, que es una cuestión de amor, o el amor lo es de atención, tanto da. Y la atención supone fijar el corazón en algo en algo más que 140 caracteres, 10 segundos, un instante. Es decir, constancia. Lo sabemos muy bien quienes estamos casados y lo saben bien quienes son padres y madres, cualquiera que quiera a alguien.

La lucha contra la pereza no es sólo un tema de disciplina o voluntad en plan puritano. La pereza es otro modo de ser neurótico, de no valorar bien lo que somos como seres humanos creados por Dios, de miedo, de autoestima. Por eso erramos si vamos en plan puritano. Porque si hacemos las cosas, podemos hacerlas mal o bien, y en ambos casos el resultado es complicado. Si las haces mal, constatas tu imperfección y puedes juzgarte; y si las haces bien, uno es tan estúpido de establecer un estándar de futuros comportamientos y considerarse el juez de algo. Al final la pereza es una cuestión de tomarnos demasiado en serio lo que hacemos y muy poco lo que somos.

Hay técnicas estupendas para vencer esa tendencia humana a posponer, a no hacer a su debido tiempo lo que hay que hacer. Pero en el fondo hay algo detrás más importante: sentir la libertad como esa corriente eléctrica que nos traspasa, como el don más importante que Dios nos da sólo a los seres humanos, y desde ahí jugar, elegir. No es así el “debería” o “tengo que”… sino el quiero porque me da la gana. No es un tema de sentirse culpable y regodearse en esa trampa continua de pospongo y a la vez me siento culpable. Es volverse a sentir libre de verdad, algo que tiene que ver todo con saberse humano.

Como siempre en cualquier pecado la libertad es la clave. Y más que en los resultados, buenos o malos, es el proceso de trabajar (rezar, cocinar, acabar un informe, presentar el iva trimestral, etc.)  lo que es interesante.

Me parece que Dios no nos pide jamás resultados, nos pide juego. Y los frutos están siempre de su mano.

Aurora Pimentel

Comentarios

  1. Buenisimo!! felicidades Aurora!!

  2. Me encanto ! Muchas gracias 🙂

  3. Bueno, hoy en día se escribe de cualquier forma

Deja un comentario