miércoles, 22 noviembre, 2017

Ante las elecciones al Parlamento Europeo


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Stefan Zweig

Es curioso como, la renovación de la eurocámara, no suscita en la gente mayor interés que el del desahogo necesario frente a la exasperación que crean las políticas nacionales y a la hartura general producida por una crisis de la que nunca acabamos de salir.

Sorprende ver cómo en países como Francia, cuna de Europa, la intención de voto otorga una cómoda mayoría al Frente Nacional, partido antieuropeo por excelencia que ha abogado siempre por una salida del Hexágono de la Unión y ha culpado a Europa de todos lo males de Francia.

Tanto en la prensa como en los discursos de políticos, empresarios, banqueros o sindicalistas, es frecuente encontrar frases como “Europa impone”, “Europa exige”, “Europa fija”, “Europa marca ritmos”. Nuestros valientes y comprometidos políticos culpan de forma implícita, y en ocasiones explícitamente, a Europa y sus políticas del avance o retroceso de la economía, de los problemas sociales, agrícolas, de inmigración… Hemos convertido a Europa en el blanco de múltiples críticas y la hemos cargado con la responsabilidad de nuestra propia falta de ideas y de iniciativas nacionales.

En un momento en el que se habla de una Europea más competitiva, con mayor peso internacional, más influencia diplomática, una economía más sólida, parece que los únicos lazos que justifican su mantenimiento son puramente mercantiles e interesados. Bonito futuro para Europa.

En este contexto ha caído recientemente en mis manos el libro de memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Este libro interesante, fácil de leer y muy ameno, nos transporta a la Europa del siglo XX y nos ofrece una relato en primera persona de los principales acontecimientos del siglo pasado en nuestro continente.  Zweig, escritor, intelectual, humanista, pacifista, europeo, describe una Europa con problemas y contextos muy distintos de los actuales, pero donde encontramos preocupaciones y reflexiones acerca de lo que era o debía ser Europa que confieren al libro un interés muy actual.

El relato arranca con un comentario general acerca de libertad, política o destino con la voz angustiada de quien, desde el exilio, canta un mundo ya desaparecido. Tras esta breve introducción reflexiva, el autor nos presenta un relato en el que se alternan descripciones de su vida cotidiana, de la mentalidad de la época y de sus evoluciones, con acontecimientos relevantes y, fundamentalmente, con encuentros personales relevantes. A través del libro asistimos a la eclosión de ciudades como Berlín o Nueva York, a los progresos técnicos del siglo XX, a los acontecimientos que desencadenan la I Guerra Mundial y cómo el mundo intelectual europeo la vive, a la reconstrucción europea y a su posterior y definitiva caída en manos de los totalitarismos.

Pero más allá de relatos y los análisis, lo más llamativo de este libro son los encuentros personales y el contexto cultural que de ellos se desprende. Hombre instruido, inteligente, culto, erudito y arista a la vez, Stefan Zweig conocía, trataba y se relacionaba con los artistas más destacado del siglo pasado. Entre sus amistades encontramos nombres como Rodin, Pirandello, Rilke, Gide, Gorki, Claudel, Strauss… artistas todos de procedencias diversas con una cosa en común: eran europeos. Juntos se enfrentan a sus gobiernos durante la I Guerra Mundial, cada uno desde sus respectivos países trabajan y escriben en busca de una paz común y en la construcción de una nueva Europa.

Estas relaciones que el autor describe a lo largo del libro y que interrumpen el relato meramente factual para marcar inflexiones importantes, son fruto de viajes, correspondencias, lecturas, encuentros, fraguados todos sobre la base de una enorme curiosidad intelectual, de un interés insaciable por conocer, ver, leer, descubrir lo otro y al otro. Y es verdaderamente una curiosidad intelectual la que permite estos encuentros; una auténtica curiosidad por conocer directamente, sin prejuicios y de primera mano, sin otros intermediarios que los libros, nuevos países, nuevos idiomas, nuevos escritos, obras, melodías.

En este mundo en el que viajar es cada vez más fácil, en el que los idiomas ya no son una barrera, en el que las nuevas tecnologías facilitan más que nunca un acercamiento, una Europa así es posible.

Blanca Millán

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