Domingo, 25 Junio, 2017

Carta de amor a Lizzie Velásquez


Déjame tu sonrisa
Olga Orozco

Hola, soy Lizzie

Hola, soy Lizzie

La belleza es una capacidad de la que disponen las cosas para sobrevivir a las sombras y fluir en el tiempo. En la belleza viven multitud de animales y objetos, de sensaciones y mundos. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos pasado por ella sin saberlo, sin reconocerlo, sin experimentar en nuestros limpios corazones de niño la pequeña aguja de la belleza entrando en nuestra carne y buscando lo que hay en nosotros que no podría morir nunca. Todos, en nuestros absurdos viajes de un asunto a otro, de una búsqueda a otra, de una tristeza a otra, en ocasiones pasamos a orillas de la belleza y miramos para otro lado, no vaya a ser que recordemos ese momento antiguo en el que formábamos parte de ella como los pétalos de la luz inevitablemente forman parte del viento.

Libro de Lizzie Velásquez

Libro de Lizzie Velásquez

Un cierto día alguien declara libremente su devoción por nosotros y entonces nuestra belleza concluye porque ha cumplido su función, que no era otra que la de regalarnos a una persona. Seguramente algún científico podría llevar a cabo algún experimento y concluir que no es así este asunto, que nada en nuestro organismo, en nuestro rostro ha cambiado, pero lo cierto es que este simple hecho verbal, esta inocente frase dicha con vergüenza por alguien arruina en nosotros la delicada, la fragilísima piel de la belleza. A partir de entonces comienza la caducidad y la belleza se transforma en otras cosas, como la amabilidad, la simpatía, la ternura, el donaire o la perseverancia, pero no vuelve a saberse más en nosotros de aquella original primacía que se destruye a consecuencia de una frase escuchada casi con miedo un día cualquiera de nuestra perdida juventud.

Este hecho pequeñísimo, esta diminuta destrucción afortunadamente pasa desapercibida y nada sabemos del asunto hasta muchos años más tarde, cuando encontramos entre las hojas de un libro o en un cajón que lleva años sin ser abierto una foto de la infancia, o alguna tía lejanísima a la que visitábamos algunos fríos fines de semana nos ve de nuevo al cabo de los años y, tras darnos dos sonoros besos y preguntarnos qué tal estamos, cambia rápidamente de tema porque no sabe qué decirnos y entendemos que algo que nos habitaba por dentro se nos marchó a algún sitio sin saber, y en su lugar vacío quedó un lejano eco de la enorme victoria que obtuvo la naturaleza en nosotros, de lo que habíamos llegado a ser gracias al cuerpo.

Segundo libro de Lizzie Velásquez

Segundo libro de Lizzie Velásquez

De vez en cuando hay personas que, por alguna clase de despiste en los asuntos del cielo o alguna extraña confusión química que se produce en los ácidos nucleicos que determinan nuestra cantidad y proporción, no recibe completamente el don de la belleza con que la vida señala a sus hijos y los pone en el rumbo de ser admirados por otra persona, de vez en cuando hay seres humanos que llegan como sin terminar del todo, a medio camino entre la masa y la gracia, entre la materia y la perfección, y entonces nos pasa a nosotros como a la tía lejanísima que, sin preparación ninguna para comprender el paso del tiempo, nos encuentra al cabo de los años y, pese a todo, nos besa misericordiosamente, o quizá se trate de una manera nueva de donosura que ensaya de cuando en cuando la naturaleza que requiere de unos ojos diferentes para admirarla en su compleja divinidad distinta, y en realidad lo que ocurre es que nos falla a los demás la capacidad de entender uno de los infinitos rostros de lo hermoso.

Lizzie Velásquez es una de esas personas que requieren olvidar todo lo que llevamos visto en este mundo para aprender a mirarla. Tiene una extraña enfermedad que únicamente padecen dos personas más que hace que carezca por completo de la capacidad de acumular grasa y la obliga a comer cada quince minutos para permanecer con vida, ya que necesita entre 5.000 y 8.000 kcal diarias. Un compañero de su clase colgó un vídeo de ocho segundos en internet que fue visto por más de cuatro millones de personas en el que se refería a ella como la mujer más fea del planeta. Lizzie leyó todos los miles de tremendos comentarios a los que ese vídeo dio lugar y decidió no rendirse. Se fijó cuatro metas en la vida: dar charlas públicas en las que cuenta su caso, escribir un libro, graduarse y labrarse una carrera. En el emocionante vídeo titulado ‘Mi enfermedad es la mayor bendición de Dios’ que ofrecemos a continuación, Lizzie se vale de unas cartulinas manuscritas para contarnos su aventura personal.

 

TED (Tecnología, Entretenimiento, Diseño) es una asociación sin ánimo de lucro que se dedica a promover el que personas con cosas inspiradoras y originales que decir hablen en público. En ella, Lizzie se dirige a una audiencia con un discurso que concluye en una idea verdaderamente original: podemos utilizar todo lo negativo que se empoza en nuestro corazón, podemos valernos de todo lo triste, lo injusto, lo incompleto, lo irresuelto, lo rencoroso que hay en nosotros para construir algo nuevo y distinto que nos impulse hacia adelante, nos ayude a vencer las dificultades y le dé un sentido superior y fecundo a nuestras vidas.

 

Lizzie contenta

Lizzie contenta

La limpia lección de Lizzie nos muestra que hay gran cantidad de cosas que aparentemente no son para nosotros que están a nuestro alcance, que todos venimos a la tierra con una carga y que el sentido de la existencia consiste en aprender a aceptarse pese que no llegaremos a ser nunca quienes nos dijeron que seríamos, que el verdadero tamaño de un ser humano en absoluto guarda relación con sus medidas ni con su aspecto ni con su posición social o su riqueza, que el Juicio Final comienza en este mundo cada mañana cuando suena el despertador y ponemos nuestra pobre sustancia en movimiento por las avenidas donde transitan la indiferencia y la infamia, que la eternidad se abre para nosotros en este tiempo siempre que hacemos algo verdaderamente, cada vez que imaginamos, trabajamos o amamos, cuando caemos o creemos o crecemos, cuando sentimos, cuando dormimos, cuando vivimos.

Que tu palabra me acompañe siempre, Lizzie.

 Álvaro Fierro Clavero,
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Toda una bella lección sobre la verdadera vida y el instante eterno de nuestra permanencia. Te felicito Álvaro. Soledad Cavero

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