lunes, 23 octubre, 2017

La voz del viento


El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.

Pablo Neruda

André Breton según Man Ray

André Breton según Man Ray

El surrealismo propiamente dicho concluye con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, que obliga a la diáspora de los surrealistas y al traslado de buena parte de sus seguidores a Estados Unidos. Una vez allí, las huestes poéticas y pictóricas del movimiento crearán nuevos ismos y seguirán ganándose la vida con lo que sabían hacer, que era tirar abajo lo anterior y proponer cosas nuevas de interés diverso, como el espiritual Expresionismo Abstracto o la scherzante Arte Pop en lo pictórico. Cuando Breton retorna a Europa en 1946, el surrealismo está desgastado y no perturba como antes. Poco antes de morir, declara que ‘hoy nadie se escandaliza, la sociedad ha encontrado maneras de anular el potencial provocador de una obra de arte, adoptando ante ella una actitud de placer consumista’.

Así que se trataba de escandalizar para que no consumiéramos, Breton. Recordemos la que acaso sea su mayor sandez:

El acto surrealista más simple consiste en salir a la calle con un revólver en cada mano y, a ciegas, disparar cuanto se pueda contra la multitud.

Wolfgang Pauli

Wolfgang Pauli

Es una suerte que los seres humanos tengamos fecha de caducidad y los secuaces del movimiento nos hayamos librado de este sujeto, ya que es intrínsecamente contrario al finísimo y profundo anarquismo intelectual y creativo surrealista el hecho de que alguien demarque qué ángeles pertenecen y qué demonios no pertenecen al movimiento. Sin embargo, las técnicas creativas del surrealismo permanecen perfecta­mente operativas si lo que se busca es abrir nuevas ventanas en la existencia y en el arte y no andar montando bobografías que, parafraseando al gran Wolfgang Pauli, no sólo no son necesarias, es que ni siquiera son innecesarias.

Carlos Edmundo de Ory

Carlos Edmundo de Ory

Desde el final del surrealismo son varios los movimientos que reclaman para sí el papel de continuadores del artefacto bretoniano. Entre nosotros, el postismo de Carlos Edmundo de Ory, el grupo Dau al Set, el movimiento Pánico –recordamos que, hastiados de Breton, para los pánicos, cualquier artista que se considerase perteneciente a su grupo era un pánico de pleno derecho– o la vertiente hispana del absurdo acuñada por Mihura, Jardiel o Neville. ¿Dónde ha quedado la poesía en esta metamorfosis inacabable del surrealismo?

Dau al Set

Dau al Set

En la poesía española, el postsurrealismo ha continuado gozando de una razonable buena salud y, pese a los numerosos interregnos –mientras tenían su auge la poesía social, el garcilasismo, la generación del 50, entre otras infatigables ocurrencias de los críticos e historiadores de la literatura–, ha permanecido remotamente vivo entre nosotros hasta el siglo XXI. Es especialmente combatido por los poetas de la experiencia, un movimiento exitoso y poco relevante que ha devastado la poesía española al abrigo de críticos venales, esforzados antólogos y premios corruptos durante las últimas dos o tres décadas. Si exceptuamos esta secta que no prosperaría en ningún país con lectores, lo cierto es que el empleo de las técnicas surrealistas permitió inaugurar una potente manera de mirar el mundo que tiene detrás una filosofía original: lo contradictorio, lo absurdo, lo ajeno a la lógica también tiene cosas que enseñarnos porque en nosotros existen receptores psíquicos sensibles a este tipo de estímulos. Es preciso explorar el gigantesco mundo que está a las afueras de la razón. Además, algunos artistas han empleado lo surreal como herramienta para referirse de manera elíptica a lo real, lo que añade a mi entender todavía más impulso al movimiento.

“Luis Arrillaga es un poeta que ha permanecido fiel a lo largo de su carrera a los mandamientos del surrealismo español”

El grupo Pánico

El grupo Pánico

Luis Arrillaga es un poeta que ha permanecido fiel a lo largo de su carrera a los mandamientos del surrealismo español, cuya idea fuerza podría ser algo así como ‘seamos surreales sin perder de vista que el poema tiene que significar algo’. Ya sé que hay excepciones, pero en general nuestro surrealismo ocupa un lugar intermedio –en lo que a decir algo inteligible se refiere– entre la poesía convencional y el surrealismo francés. Desde 1979, año en que publica ‘Poema de las catorce cruces’, nuestro autor ha entregado a la imprenta siete libros, a los que ahora se une ‘La voz del viento’, un volumen en el que, según se nos cuenta en el prólogo, a la manera de Juan Ramón Jiménez se ordenan unos cincuenta poemas escogidos de un corpus mucho más extenso que abarca dieciocho años de escritura.

El libro se abre con un introito en el que encontramos una ‘Filosofía estética’ cuyo primer verso podría haberle sido inspirado al poeta por algún severo redactor del Antiguo Testamento: ‘Permanecen las obras y los hombres se apagan’. Asimismo asoman las huestes del pesimismo consustancial al autor en su más frecuente registro: ‘no hay redención posible para este acabamiento’. En el tercer poema, titulado ‘Poética de urgencia’, encontramos una original concepción del texto poético como exvoto que el autor entrega más allá de la muerte en una hipotética rendición de cuentas que tiene por finalidad la redención: ‘el poema es la ofrenda inenarrable/ del poeta a los dioses cuando llega a la muerte’.

Viento

Viento

En los versos anteriores se le transparenta al autor una concepción moral del hecho poético, por cuanto reflexiona en torno a las distancias conducentes al pesimismo que median entre el ser y el deber ser. En el poema ‘Andar el camino’, de la sección ‘Estancia desolada’, Luis Arrillaga se interroga a sí mismo: ‘Cómo anillar el tiempo/ a un cuerpo que se cierne en la amargura’, y concluye formulando el desolador verso: ‘destruir este viento/ que torna inútil la heredad del hombre’. El pesimismo se escancia en visionarios versos que desembocan en el nihilismo, la desmemoria y la destrucción más absolutos: ‘El trabajo es inútil, muchos labios/ desgarran su hermosura sin un beso’, o bien ‘las barajas del alma se acumulan/ en batallas perdidas/ y en las brasas sin nombre del olvido’, o bien ‘después de los sueños/ sólo restan cenizas de un tiempo de tristeza’.

En la sección ‘Estancia terrestre’, nuestro poeta decide entregar su mirada surrealista a los placeres de la contemplación, bien de la carne –‘este cuerpo posee la dulzura del canto’–, bien de lugares amados en los que ocasionalmente encuentra al Ser Supremo, así en el poema ‘Charco de los Sargos’ leemos que ‘Dios ha pasado cerca de mis ojos’. Acaso sea el poema dedicado al mar del Norte el más interesante de la serie, ya que quizá se trate de un autorretrato bajo la especie del agua. Escuchemos los versos finales:

 hay un velo de dicha
que desata la luz en los acantilados
hay un abrazo universal
en la arena salvaje
el pecio de mi voz rescatado del mar.

 

Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez

Para Luis Arrillaga, crear y creer son una misma actividad, y de ahí que persevere en los registros dolorosos y magnalocuentes que le son más queridos a lo largo de la siguiente sección, ‘Estancia fraternal’, donde incluye algunas muestras de poesía dedicada en tono elegíaco a autores admirados. En el poema dedicado a Claudio Rodríguez, Luis recuerda la vocación caminante, fumadora y dipsómana del poeta zamorano: ‘La voz de los caminos te recuerda/ con el dolor del vino y el verbo de la dicha’. En su recuerdo al poeta Ted Hugues, leemos una imagen que nos resulta cautivadora: ‘los ruidos vuelven a atrapar a Sartre/ en la mente de Kafka’, acaso tributaria del poema ‘Alas’ del poeta británico, cuyas dos primeras partes se titulan ‘El señor Sartre medita sobre asuntos de actualidad’ y ‘Kafka escribe’.

Ted y Sylvia

Ted y Sylvia

Aunque ocasionalmente, por ejemplo en los poemas dedicados a los amigos artistas, como ‘Mundo desgajado’ –sobre una escultura de Pepa Nieto–, o ‘Trayecto único’ –a propósito de un cuadro de Juan Calderón– junto a las referencias luctuosas y telúricas en las que a menudo de desarrolla la poesía de ‘La voz del viento’, aparecen esbozados ciertos apuntes de optimismo: ‘de repente la luz se ha posado en sus ojos’, o bien ‘pero en el mar ha comenzado/ un bullir de otros ángeles/ alquimistas de nuevos universos’.

¿Qué es lo que impulsa al poeta surrealista a elegir determinadas palabras concretas y no otras distintas para sus enumeraciones caóticas? Tengamos en cuenta que intentará evitar por todos los medios lo que pueda asociarse de manera directa con el tema que trata con el fin de mantenerse fiel al surrealismo. Conjeturamos que sería interesante estudiar las insistencias verbales y sonoras de los poetas surrealistas indivi­dual­mente, ya que sospechamos que están determinadas por preferencias sonoras y semánticas, es decir, que son falsamente caóticas y ofrecen secretamente un retrato prosódico y simbólico involuntario, y por lo mismo, surrealista, ya que está en un plano distinto al de la realidad en la que el autor muestra sus máscaras. En otras palabras, seguramente es posible identificar al autor de un poema surrealista si conocemos el resto de su obra mediante un simple análisis de frecuencias.

Alfosina Storni

Alfosina Storni

Si estamos en lo cierto, en el poema ‘Últimos instantes de Alfonsina Storni’ podemos encontrar un catálogo con los vocablos más queridos de nuestro autor: mar, muerte, sangre, cuerpo, voz, dios, dolor, desolado, niebla, voz. También se insinúa –en el poema ‘Designio’– una posible utilidad del lenguaje como mecanismo de redención: ‘si reconoces la palabra/ que le falta a tu pecho desde siempre/ te salvarás entonces de ti mismo’, como si se tratara de preparar la última parte del libro, que lleva por título ‘La palabra libre’.

¿A qué puede referirse un poeta surrealista, que se apoya en el azar –al menos en apariencia– y en la palabra con esta expresión? Por fuerza nos está hablando de la poesía en sí y de los temas eternos de su escritura, que son recogidos ya en los títulos: ‘Mar absoluto’, ‘La soledad’, ‘Anatema’, ‘El instante’, ’Naturaleza muerta’, ‘Verdad presente’, ‘El pacto’, ‘Cicatrices’ y ‘Palabra final’. Por alguna razón el versículo, que ha aparecido hasta ahora ocasionalmente, se apodera de la expresión poética y le infunde arrebato y aliento al discurso. El poeta se encamina hacia su propio naufragio en estremecedores versos metafísicos en los que resuena el mejor Alberti de ‘Sobre los ángeles’: ‘Esta soledad no tiene frío ni conoce las largas esperas de las alcantarillas’, ‘me han traicionado los esqueletos del invierno’, ‘no hay pozos para el llanto’, ‘no hay olvido ni tiempo’.

¿Qué encontrará el lector de este sufriente volumen que hoy presenta Luis Arrillaga? Al menos un pedazo de verdad, una península de sinceridad en medio de tanta poesía innecesaria o estéril, una herramienta para conseguir lo que el poeta se propone en los versos finales del poema ‘El pacto’:

 Por eso yo pacto con los ángeles invisibles,
con el revés del espejo y la imposible melodía,
pacto con la rosa resurrecta y el filo inocente
para que me transporten a una nueva dimensión.

 Álvaro Fierro Clavero,
www.alvarofierro.com

Comentarios

  1. Me parece Fantástico este estudio que hace Álvaro Fierro sobre la poesía de Luis Arrillaga concretmente sobre el libro “La Voz del viento”.

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