martes, 17 octubre, 2017

El profundo nihilismo del cuerpo


Steve McQueen y John Wayne en una imagen de los 70

Steve McQueen y John Wayne en una imagen de los 70

Ser todo carne y puro nervio es existir fuera del tiempo y momentáneamente fuera de la narración. El adicto al crack que ha estado pulsando el botón del Placer durante sesenta horas seguidas, el vendedor que ha desayunado, almorzado y cenado ante una pantalla jugando al videopóquer, la glotona ociosa que va ya por la mitad del envase de dos litros de helado de chocolate, el estudiante universitario que ha estado encorvado sobre su portal de Internet, con los pantalones bajados, desde las ocho de la noche anterior, y el asiduo a los locales gays que pasa un largo fin de semana tomándose cócteles de Viagra y metanfetaminas… todos ellos te dirán (si consigues captar su atención) que, a parte del cerebro y sus estimulantes, nada es real. Para la persona compulsivamente autoestimulante, tanto las grandes narraciones de salvación y trascendencia como las pequeñas historietas del tipo “Odio a mi vecino” o “Estaría bien visitar España alguna vez” son ilusorias e irrelevantes por igual. Ese profundo nihilismo del cuerpo es sin duda motivo de preocupación para los tres hijos del adicto al crack, para el jefe del vendedor, para el marido de la glotona de los helados, para la novia del estudiante universitario y para el virólogo del asiduo a los locales para gays.

El final de la juerga es el principio de la historia

Jonathan Franzen  

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