Miércoles, 23 Agosto, 2017

El sueño de Virginia Woolf en el Juicio Final


Jaime Fernández

Jaime Fernández Martín

Durante cincuenta y un años y hasta poco antes de morir, en 1945, Paul Valéry estuvo levantándose alrededor de las cinco de la mañana, “entre la lámpara y el sol”, para anotar en sus Cahiers (26.600 páginas en 261 cuadernos) pensamientos sobre los temas más variados, muchos de ellos relacionados con la creación literaria. Una de esas mañanas de 1916 –ignoramos la fecha exacta- plasmó una reflexión inquietante, más propia de un ocaso que de un amanecer.

Paul Valéry

Paul Valéry

El autor de Cementerio marino anotó que se estaba muriendo ese lector “cuya formación y cuyas fluctuaciones constituirían el verdadero objeto de la literatura”. La anotación matutina, encabezada con el epígrafe “Obra maestra”, arrancaba con una declaración de principios: no es el autor el que hace “una obra maestra” sino que es ésta la que se debe a los lectores, “a la calidad del lector”.

A continuación Valéry describía las cualidades de este lector: “riguroso, con sutileza, con lentitud, con tiempo e ingenuidad armada”, para añadir que:

“sólo él puede hacer la obra maestra, exigir la particularidad, el cuidado, los efectos inagotables, el rigor, la elegancia, la duración, el impulso”.

En octubre de 1916 el poeta cumplía cuarenta cuarenta y cinco años y Europa estaba enzarzada en la Primera Guerra Mundial. Los campos y las ciudades sufrían el fuego de la artillería. El frente occidental permanecía estancado en las trincheras de Verdún. Miles de jóvenes combatientes de los países más avanzados morían como moscas. Muchos de ellos eran titulados universitarios, lectores que, según numerosos testimonios, portaban en sus impedimentas libros de Hölderlin y de Schopenhauer y que en las horas nocturnas, sobre todo en el primer año de la guerra, charlaban de sociología, de religión, de helenismo, de idealismo kantiano o de Goethe. “El gran exterminio de nuestro futuro espiritual y artístico había comenzado y fue en aumento después”, relató en sus memorias el escritor alemán Carl Zuckmayer quien, como otros compañeros suyos, sentía el vibrante aleteo de la curiosidad intelectual.

Lo primero que llama la atención del juicio de Valéry es que singularice al lector, que se abstenga de recurrir al plural anónimo, indiscriminado y masificado que prolifera en nuestro tiempo. La fea costumbre de meter en el mismo saco a todos los lectores, como si fuesen iguales y estuviesen cortados por el mismo patrón.

Por el contrario, Valéry plantea una distinción sutil, pone cara a ese lector del que, en una fecha tan lejana para nosotros, decía que estaba en proceso de extinción. Las cualidades que le atribuye se nos antojan de una particularidad más propia de un individuo que de un prototipo: rigor, sutileza, lentitud, elegancia e “ingenuidad armada”.

Paul Valéry

Paul Valéry

Se trata de un lector ideal, que sin duda existió y que tal vez aún sobreviva, si bien en una singularidad todavía más acentuada que la apuntada por Valéry en su comentario. Es el lector que se entrega a la lectura de un libro sin otro fin que conocerlo, como se conoce a un ser querido, sin prisas; no pensando que él también podría haberlo escrito, sólo que mucho mejor, claro; ni para entretenerse durante una horas porque no encontró otra forma más eficiente de matar el tiempo; tampoco para saber más y engordar la hucha de conocimientos, ni como pretexto para suscitar un motivo de conversación insustancial. Nada de eso.

Un lector que, como subrayó Kant en su definición de la belleza, lee con un interés desinteresado, acaso por curiosidad intelectual; pero mejor aún, para quien la lectura constituye una experiencia vital, una forma de participar de otras vidas distintas de la suya y que contribuirán a enriquecerla, a prolongarla, a imprimirle profundidad.

Así fue como Alonso Quijano o Teresa de Cepeda y Ahumada –lectores también singulares- leyeron los libros de caballerías que tanto habrían de influir en sus destinos. Lectores que buscaban en los libros algo que no confirmase lo que ya sabían, que leían para salir de sí mismos y paladear la posibilidad de ser otros, de penetrar en mentalidades ajenas, en su mundo de deseos, expectativas, sueños, temores y esperanzas.

El lector descrito por Valéry presenta además otras cualidades que lo protegen de la credulidad característica de los lectores pasivos –estos sí que conforman una masa indiscriminada- que se tragan literalmente las páginas de un libro y ni se percatan de la indigestión de papel (por virtual que éste sea). Lectores, y en esta ocasión el plural viene como anillo al dedo, para los cuales un libro se agota en la simple lectura, incapaces de hallar profundidad en sus páginas –si es que la tienen- y de sumergirse en ellas y rebuscar entre sus palabras.

A ellos se refiere Valéry con lo de “ingenuidad armada”: qué manera más lúcida de definir la disposición de un lector despierto que al leer con lentitud no pierde detalle ni se deja seducir por la apariencia de una lectura superficial y de un “aquí te pillo, aquí te leo”.

Valéry creía en la existencia de un lector atento, lúcido y entregado, al que otorga el privilegio de enjuiciar un libro con tanta capacidad de discernimiento como lo haría un crítico curtido. ¿Quién sabe si con su juicio podría ayudar en determinado momento a salir de dudas al propio escritor? Por muy seguro que éste se sienta de su obra, en algún lugar remoto de su mente la duda teje y desteje con preguntas a las que no halla una respuesta convincente. Corroído por la desconfianza en sí mismo, le gustaría sondear la opinión del lector de calidad para que lo alumbre ante la confusión.

Samuel Beckett

Samuel Beckett

En una conversación con Samuel Beckett, Paul Auster le dijo que le había gustado mucho su primera novela francesa Mercier y Camier, publicada en 1946. Pero Beckett le respondió que no era muy buena y que incluso había suprimido el veinticinco por ciento del original en la versión inglesa. Auster le reprochó que hubiese hecho una cosa así. Beckett insistió: no era un libro muy bueno. Luego cambiaron de tema de conversación.

Al cabo de unos diez minutos, y sin que viniera a cuento, Beckett le preguntó si la novela le había gustado de verdad y si le parecía “realmente buena”. Auster volvió a responderle que el libro le había parecido “bueno, de verdad”. Tal vez el juicio de un lector riguroso, que además conoce por experiencia los intríngulis de la escritura, le hiciera dudar de la pobre opinión que se había formado del libro. ”Ni siquiera él tenía idea de lo que valía su obra. Ningún escritor lo sabe nunca, ni siquiera los mejores”, fue la conclusión que extrajo el escritor norteamericano de aquella confidencia.

Paul Auster

Paul Auster

Es posible que, al imaginar con tanto detalle al lector ideal, Paul Valéry pensara en sí mismo, pero también puede que tuviera en mente al lector que deseaba para su propia obra. Curiosamente, en otra anotación fechada en 1921 incide en la necesidad de “trabajar para Alguien [sic], y no para desconocidos”. De nuevo el comentario se dirige a un lector singular, al que menciona con el pronombre “alguien”, sólo que, como si quisiera contrarrestar su carácter indefinido, lo distingue con la mayúscula inicial, equiparándolo con un nombre propio.

A continuación reitera que “es necesario apuntar hacia alguien [ahora con minúscula], y cuanto más claramente lo apuntemos, mejor será el trabajo y el rendimiento del trabajo”. Matiza que la obra del espíritu sólo está completamente determinada si hay alguien ante ella, puesto que “quien se dirige a alguien se dirige a todos. Pero el que se dirige a todos no se dirige a nadie”.

Por tanto, se trata de encontrar a ese alguien que puede dar “el tono del lenguaje, la extensión de las explicaciones” y medir “la atención que podemos pedir”. Valéry clausura su reflexión con una máxima: “Representarse a alguien es el mayor don del escritor”.

Parece que Valéry estaba convencido de que el trabajo del escritor depende en buena medida de la “claridad” con la que apunte a ese alguien-lector, o sea, lo importante es que se trate de una figura lo más concreta posible, de modo que pueda representársela con nitidez, casi como si estuviera a su lado o enfrente mientras escribe.

La idea guarda estrecha coherencia con su observación acerca del lector modélico al que describió en 1916. Ahora afina todavía más al barajar la posibilidad de que el autor se represente a su lector, el que desearía tener para su obra y por el que, en caso de acertar, espera sentirse justamente correspondido, como sucede en una relación de amistad o de amor.

Sin embargo, Valéry no tuvo en cuenta el riesgo que entraña la idea de que el autor se represente al lector apropiado para su obra. Ante la moda de novelas “intelectuales” que proliferaron en Europa a partir de los años cincuenta, al calor del existencialismo, el novelista polaco-argentino Witold Gombrovicz advirtió del peligro de que los autores escribiesen para otros colegas, prestándose al intercambio cortesano y endogámico de admiraciones mutuas que al final dejan tirado en la cuneta al lector común.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Precisamente un caso opuesto a esta tendencia lo protagonizó por aquellos mismos años El Gatopardo, la novela del siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa que, tras un calvario de rechazos, se publicó en 1958, unos meses después de su muerte, y rápidamente encontró su lector. A ese lector desconocido, seguramente hastiado de novelas pretenciosas y artificiales, le siguieron otros muchos dentro y fuera de Italia. Sólo en marzo de 1960 se habían vendido en este país cincuenta y dos ediciones de El Gatopardo.

No sabemos si mientras escribía su obra, Lampedusa se representó con claridad al lector de ésta, pero sí tenemos la certeza de que la novela lo encontró, elevándola al rango de obra maestra. En cambio, la mayoría de las novelas publicadas con suma facilidad por quienes tacharon El Gatopardo de anticuada, se perdieron en el camino del tiempo.

Aunque en sendas reflexiones acerca del lector ideal, Valéry quizá pensara en un hombre, desde principios del siglo XIX, y ante la eclosión de novelas en Europa, las mujeres, en su mayoría pertenecientes a la burguesía urbana o provinciana, se convirtieron en lectoras asiduas de ficciones literarias principalmente contemporáneas, como ya había ocurrido en los siglos XVI y XVII con los libros de caballerías. Prueba de ello es la sorprendente galería de retratos de mujeres lectoras, casi todas anónimas, pintados por hombres desde finales del siglo XVIII y a lo largo del XIX.

Virginia Woolf

Virginia Woolf

No resulta casual que uno de los testimonios más atinados de su experiencia lectora provenga de una mujer que fue también una magnífica escritora. Virginia Wolf escribió dos recopilaciones de ensayos agrupados bajo el título El lector común (The Common Reader), que se publicaron cuando aún vivía, en 1925 y en 1932. En 1977, muchos años después de su trágica muerte –se suicidó el 28 de marzo de 1941 arrojándose al río Ouse-, salió a la luz otra recopilación, Books and Portraits. En ambos libros pergeñó una definición del lector dominado por la pasión de la lectura y al que imagina joven: “un hombre de intensa curiosidad, de ideas, abierto de miras, comunicativo, para el cual la lectura tiene más las propiedades de un ejercicio brioso al aire libre que en un lugar resguardado” y para quien la lectura “no es una dedicación sedentaria”.

En uno de las ensayos de El lector común observa que la recepción de impresiones con el máximo entendimiento constituye “sólo la mitad del proceso de leer”, por lo que aconseja “esperar a que el polvo de la lectura se asiente” hasta que el libro vuelva cuando menos lo esperemos y de un modo diferente.

En otro ensayo titulado ¿Cómo debería leerse un libro? comenta que el lector común o corriente, no profesional y sin límite temporal alguno, lee “por placer más que para impartir conocimiento o corregir la opiniones ajenas”. Incorrupto por prejuicios literarios, como decía de él Samuel Johnson, se deja guiar por “un instinto de crear por sí mismo, a partir de lo que llega a sus manos, una especie de unidad -un retrato de un hombre, un bosquejo de una época, una teoría del arte de la escritura”.

Virginia Woolf concede a este lector libérrimo la oportunidad de que, gracias a su “gran comprensión” y “gran severidad”, los libros puedan ser “más robustos, más ricos, más variados”.

Pero la escritora dudaba de que leamos con una finalidad, por deseable que sea. La lectura pertenece a ese género de actividades que se practican porque son buenas en sí mismas. Con el propósito de ilustrar su idea, confiesa que a veces soñaba con la escena del Juicio Final en la que el Todopoderoso recompensaba por sus méritos y hazañas a los grandes conquistadores, juristas y hombres de Estado. Cuando les llegaba el turno a los lectores, que se presentaban con unos cuantos libros debajo del brazo, Dios le decía a San Pedro con cierta envidia: “Mira, estos no necesitan recompensa. Han amado la lectura”

Jaime Fernández Martín

Comentarios

  1. Antohinoa @ gemail.com dice:

    Magnifico¡¡¡¡¡

Deja un comentario