miércoles, 22 noviembre, 2017

Los bancos, cerrado por descanso


Los-bancos1Decía José Luis Coll, cuando la tele era en blanco y negro y sólo había dos canales (el normal y el UHF), que su ilusión era abrir un bar y poner el precio de la caña de cerveza a un millón de pesetas. Así, decía, con tan sólo vender una ya tendría el mes solucionado, y podría cerrar el resto del tiempo para descansar. Aquello hizo mucha gracia, pero lo malo de los chistes absurdos es que pueden dar ideas, y convertirse en realidad.

Esta semana he ido al banco a solucionar unos pagos y me he encontrado con que estaba cerrado. Eran las doce y media de la mañana. En la puerta, un cartel decía: HORARIO ESPECIAL DE NAVIDAD. ATENCIÓN AL PÚBLICO: DE 8,30 A 12,00 HORAS. Debe ser que ya habían vendido la caña del mes. En un momento en el que la crisis nos obliga a todos a arrimar el hombro, a trabajar más, a ser más productivos, a pagar más impuestos y a recibir menos, llega el banco y cierra sus puertas a media mañana. Es como si la fiesta no fuera con ellos. Como si vivieran en un mundo paralelo en el que nos miraran de reojo.

Los-bancos2De un tiempo a esta parte las oficinas bancarias sólo sirven para regalar aspiradoras, vajillas, cuberterías y baterías de cocina. Sortean iPads, ordenadores y televisiones. Entrar en una sucursal es como visitar una tómbola de feria. El chino de la esquina, con cristal blindado. Es un gran bazar, en el que hay de todo menos pasta.

Tal y como está montado este chiringuito, estamos todos obligados a ser clientes de un banco. Nos guste o no nos guste, queramos o no queramos, toda nuestra economía domestica, por muy pequeña que sea, pasa por las manos de un banco. Somos clientes obligados a consumir alguno de sus productos aunque no lo necesitemos. Es como si una ley  nos impusiera comprar el Marca cada mañana aunque el fútbol nos la traiga al pairo. Pues eso.

Los-bancos3Tal vez sea esa obligatoriedad la que ha llevado a los bancos al desprecio más intolerable hacia sus clientes. Además de tener una actitud de chulo de barrio, de matón de recreo y de portero de discoteca barata, los bancos han pasado a formar parte de esos objetos inútiles que se guardan en el desván por nostalgia o por pereza. Han perdido su utilidad, son incapaces de conceder créditos que hagan poner en marcha la maquinaria productiva de este país, son incapaces de vender el capital inmobiliario que se han comido por su prepotencia, son incapaces de mantenerse a flote sin la inyección de capital (unos 50.000.000.000 euros del ala, más o menos 8.300.000.000.000 de pesetas de las de la tele en blanco y negro), que hemos puesto entre todos, y encima cierran a las doce de la mañana. Coño,¿entonces para qué valen?

Llegará un momento en el que haya que limpiar el desván y hacer hueco. Tarde o temprano tendremos que inventar algo nuevo que los sustituya. Pero mientras tanto cierran a las doce de la mañana. Para descansar. Estarán agotados. Pobres.

José Cabanach

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