Miércoles, 26 Abril, 2017

La pintura debe ser parecida a la escena de la Anunciación


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Un pintor debe tener agudeza visual. Tiene que ir más lejos de lo que deja ver lo real, pero ese ¨más lejos” ya está en lo real. Tiene que poseer esa vista aguda. Para no dejar nunca de mirar, de mantener la vista vigilante. No importa mucho si, como a mí ahora, le falla la vista, lo que cuenta es la tensión de la mirada interior. la manera de penetrar en las cosas, de tener las certeza de que están vivas, con una plenitud de alma inimaginable. Por eso creo que la pintura es una aventura esencialmente religiosa. Es increíble que Mondrian, por ejemplo, dejara los paisajes y ese arte que tenía, admirable, para pintar árboles, y se dedicara a pintar cuadraditos de colores. El intelectualismo, la conceptualización del mundo, han secado la pintura y la han hecho parecerse a la tecnología.

Ya he dicho que antes de ponerme delante de un cuadro, antes de dar la primera pincelada, rezo. La Virgen de Czestochowa, que se apareció en Polonia, país de mis antepasados, vela dulcemente por mí. Su Magnificat, cantado en el momento de la aparición del ángel, es uno de los grandes himnos de entrega religiosa, uno de los más fecundos y creativos: “mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador”, canta María… La pintura debe ser parecida a la escena de la Anunciación. Debe hacer que aparezca el corazón del mundo, su infancia, su juventud. Su luz.

Balthus

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