sábado, 21 octubre, 2017

La Nancy no está (Cuento de Navidad)

La Nancy no está (Cuento de Navidad)




Son sólo dos días antes de volver al colegio, sólo dos. Así que tengo que ponerme ya a jugar.

La Nancy no está (Cuento de Navidad)




Los Reyes Magos siempre dejan un rastro de magia, de realidad.


Se me va rápido eso de romper a llorar porque no me hayan traído los Reyes justo lo que yo había pedido.

NancyMe acabo de despertar hoy como aquella mañana de Reyes, nerviosa e ilusionada. En mi cabeza sólo dos palabras, “La Nancy, la Nancy, la Nancy…”, esa muñeca vestida de niña de colegio, de chica sofisticada o de enfermera, da igual.

La Nancy es el regalo que he pedido en la carta a Sus Majestades. Todas mis amigas la tienen ya o están en vías de tenerla. Y yo la quiero también. Me da igual de qué vaya disfrazada, siempre que sea una Nancy de las de verdad.

Veo mi ropa preparada en una silla: la faldita escocesa, el jersey fresa con la cenefa a juego, y los zapatitos merceditas ingleses color granate. Pero yo ahora no me voy a vestir, qué va. Me quedo con mi pijama de conejitos rosas y  bajo la litera como puedo. Llego mal al suelo que piso descalza. Está frío. Tiemblo al pisar. No tengo ni tiempo para ponerme las zapatillas porque oigo a mis hermanos que ya están aporreando la puerta del dormitorio de mis padres.

“¡Que ya han venido los Reyes, que ya han venido, venga, levantaos, pesados!”

Hasta que mis padres no se levantan, hasta que no les sacamos de la cama, no podemos pasar al cuarto de estar donde nos han dejado los regalos los Reyes Magos. No son más de las 7 de la mañana, pero nos abren por fin su puerta con los ojos hinchados de sueño. Nosotros ni lo sentimos. Estamos demasiado emocionados. Y eso que hemos pasado la noche en un duermevela creyendo oír ruidos extraños, intuyendo sombras que se deslizan entre el miedo y la ilusión. Si ves a los Reyes Magos no te traen nada, así que cierras los ojos bien fuerte por si acaso, te haces siempre la dormida, contienes la respiración.

Mi madre lleva su bata azul sobre el camisón, mi padre el pijama de rayas. Arrastran los pies delante de nosotros y, muertos de risa y agotados a la vez, nos acompañan al cuarto de estar. Mi padre hace la broma de rigor, la de todos los años, siempre igual. El muy guasón abre la puerta solo un poquito y la vuelve a cerrar muy rápido diciendo “Huy, está saliendo un camello, no podemos entrar… todavía”. Nos ponemos a cien los tres. Le gritamos que a otro perro con ese hueso, y nos abalanzamos sobre las puertas correderas. Hay luz al otro lado, se la dejan siempre encendida los Reyes Magos. Y esa es la señal de que se puede pasar ya, así que allá vamos.

Bajo el árbol de Navidad están puestos los paquetes. Miramos mis dos hermanos y yo rápidamente a la chimenea, pero ni nos detenemos. Luego lo haremos para comprobar que se bebieron la leche los camellos, que el coñac para Melchor desapareció y que quizá hay un pelo de la barba de alguien, un hilo de un manto o un adorno de una capa, algo que se desprendió de la comitiva real que esa noche llegó a nuestra casa. Los Reyes siempre dejan un rastro de magia, de realidad.

Voy corriendo al árbol. “La Nancy, la Nancy, la Nancy…” No puedo más, casi me hago pis de la emoción y de la ansiedad. Se me ha olvidado ir al cuarto de baño al levantarme de las ganas de ir al cuarto de estar. Abro el paquete más grande que tengo, con decisión rompo el papel y…

La Nancy no está.

No está.

No está la Nancy.

Hay una muñeca parecida a ella en esa caja. Pero no es la Nancy, sino otra, distinta, diferente. Es otra muñeca, esquiadora además. Vestida con jersey nórdico, un aire al que llevo yo cuando subimos a Navacerrada, pantalones negros, esquís chiquititos, y con gafitas, casi igual.

Mona, sí… pero no es la Nancy. No lo es.  No.

Me quedo muy quieta. No sé bien qué hacer ni qué pensar. Bueno, sí: me empieza a subir por la garganta un nudo que conozco bien. Los ojos me comienzan a picar. Quiero llorar. Necesito llorar.

Miro a mis hermanos sorprendida y enfadada. Jo, a ellos sí parece que los Reyes les trajeron lo que pidieron: el Exin Castillos, el juego de vaqueros de Comansi, la espada de romano, un balón…

¿Qué ha pasado? ¿Qué ha podido pasar? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí … no?

Escribí mi carta y lo puse bien clarito: “una Nancy, por favor”. Además he sido buena. Sé que lo he sido, como lo saben mamá y papá. Soy una niña buena, o, al menos, lo intento siempre con todas mis fuerzas. Hasta rezo por ser mejor.

Mi madre me mira. Sabe lo que está ocurriendo y lo que está a punto de pasar. Entonces se acerca, me acaricia y, con calma, me habla. “Nurieta, hija, los Reyes saben siempre más. Y sus Majestades habrán pensado, por lo que sea, que lo tuyo es una muñeca esquiadora, que es casi igual… pero diferente…”

Escucho a mi madre y la creo, aun teniendo todavía ganas de llorar, pero ya menos. Se me van pasando como por encanto. Y es que estoy tan contagiada por el ambiente de alegría y regalos de la mañana, tan ilusionada por la vida en general, que se me va rápido eso de romper a llorar porque no me hayan traído los Reyes justo lo que yo había pedido, sino algo ligeramente distinto a lo que pedí, algo diferente a lo de las otras niñas, algo que no es igual…

Pero es que, además, al lado mis hermanos están armando la de san quintín con el balón, pelotazo va y viene en medio del cuarto de estar. Hay que esquivar la pelota, así que no puedo ni pensar salvo en lo brutos que son y el ruido que hacen, qué follón. Mucho mejor ser chica, dónde va a parar, mil veces mejor ser niña.

Bueno, sí. Es verdad. Yo quería una Nancy, es cierto. Me encanta la Nancy. Todas las niñas que conozco la tienen. Y yo la quiero además. Es tan bonita, tan preciosa, me gustaría tanto una Nancy de las de verdad… pero…

Miro a la muñeca esquiadora un ratito. Primero de reojo. Luego a la cara ya. Ella me mira también fijamente. Y acabo por cogerla en mis brazos. Tiene su gracia al final con esa pinta de atrevida, de valiente, de ir surcando las pistas con velocidad… Y, sobre todo, no tengo tiempo de pensar mucho más: son sólo dos días antes de volver al colegio, sólo dos. Así que tengo que ponerme ya a jugar, aprovechar lo que queda de vacaciones, siempre cortas, y hala, con la muñeca esquiadora o con lo que haya, es igual.

Además hay otros regalos que me quedan por abrir. Tengo tres paquetes más. En uno hay dos libros, uno de mayores, con dibujos antiguos, como los de casa de mi abuela, “La isla del Tesoro”. S-T-E-V-E-N-S-O-N deletreo. El otro es de niñas,  de “Torres de Malory”, el que me faltaba de la colección, ¡tengo todos ya!

Y en el segundo hay una sorpresa fenomenal, algo que parece un cuaderno un poco extraño. Tiene un cierre y un candadito dorado, las páginas color crema, forrado de tela escocesa roja y verde y con unas letras doradas que pone en la portada “Mi diario”. ¡Con lo que me gusta a mí escribir! Me paso la vida inventándome historias que todavía escribo con faltas y que luego cuento a los demás. Es lo que más me gusta, inventar, contar.

Por último, en el más pequeño de todos los paquetes, hay un juego de pulseras de cristales de colores que me pongo inmediatamente. Me voy al espejo a mirarme cómo me quedan. Parezco mamá, estoy guapa, definitivamente me van.

Con todo esto no contaba yo para nada… ¡Y me gusta tanto lo que me han traído sin pedirlo siquiera! ¡Qué listos los Reyes Magos, que traen esos regalos que ni se le ocurren a una y que luego me gustan a rabiar!

En menos de media hora, no más, entre mi padre y mis hermanos, mientras mi madre prepara el chocolate en la cocina, hemos montado la sierra de Guadarrama en el cuarto de estar. Cuando nos vea mi madre nos va a matar, todas las camas de la casa deshechas porque necesitábamos las mantas para hacer los picos de Navacerrada desde donde mi muñeca esquiadora se va a lanzar.

¡Atención, atención, que voy! Y ahí va la muñeca esquiadora, zas, zas, zas. Baja una loma, luego otra sin parar. Se cae, se levanta y vuelta a empezar. Llega al castillo de Exín en un valle, porque en medio de las montañas hay un enorme castillo medieval donde ella repone fuerzas. Juega después bajo la mesa del comedor con los vaqueros de Comansi donde ella es la chica de salón.

Lo he visto en las películas: las mujeres en el Oeste son o maestras o chicas de salón. Y a la muñeca le parece mucho más divertido ser chica de salón, vestida de rojo y cantando, una vida más atractiva que la de la maestra, dónde va a parar. Y además se puede ser una muñeca esquiadora y chica de salón, mitad y mitad.

Al final del día la muñeca está agotada y yo todavía más. Así que caemos rendidas y felices las dos, abrazadas y tapadas por mamá.

(Con muchísimo cariño, para los lectores de Adiciones –a Joaquín y Javier, que me aguantan en especial-, este relato de Navidad, un pequeño extracto de “Y entonces me dio por asesinar. Cuento de Navidad”)

Aurora Pimentel

Comentarios

  1. EMILIA MARTIN-CARO dice:

    ¡ME DA MUCHO QUE PENSAR!

  2. Gracias por leer, Emilia. Y ahora a esperar los Reyes…. queda una semana ¡qué emoción!

  3. Precioso relato…….me has emocionado……Vamos que he llorado.He sido niña y de mayor me he llamado “melchor ” muchos años.He sido más feliz de Melchor que de niña.AHora ya ni una cosa ni la otra………Todo llega y todo pasa, pero me has hecho rememorar escenas de una y de otra fases de mi vida. Genial……..
    Tarsicia.

  4. Gracias por leer, Tarsicia. Me alegro mucho de compartir experiencias y emociones… Que los Reyes te traigan lo que quieres.

  5. Me has encogido el estómago, cómo casi siempre… Y al final he acabado cansada de tanto jugar.

    Qué sus Majestades te traigan lo que deseas y algo más.

    Besotes prima.

  6. Besotes para ti, para tu santo y MUY especialmente para tu madre, prima.

  7. Rocio Gonzalez dice:

    Precioso relato Aurora! Me ha emocionado…

  8. Chiqui Martincaro Lazuen dice:

    acabo se releerlo y las lágrimas se me salen y corren por la mejillas como “una juventud perdida”

Deja un comentario