Miércoles, 16 Agosto, 2017

La ridícula idea

La ridícula idea




Hay un dolor especial de no tener un compañero que se siente muy especialmente en Navidades

La ridícula idea




Cuánto silencio necesitamos para poder realmente estar con alguien


La posibilidad de encontrarnos con quienes quisimos tanto es más que ese deseo tan humano, es la semilla de la fe palpitando

la-ridicula-idea-de-no-volver-a-verte-ebook-9788432215803Acabo antes del maratón navideño “La ridícula idea de no volver a verte” de Rosa Montero que me habían recomendado. Me han gustado mucho esas notas biográficas de Marie Curie con las consideraciones de la autora entremezcladas con su propio duelo por su marido apenas desvelado. Es un buen libro y dan ganas de tomarse un te calentito con quien escribe, en silencio, sin necesidad de hablar nada.

Comentándolo con un buen amigo le dije que me daba mucha pena la falta de fe. Me pasa cuando leo algo, pero también con personas cercanas.

No es que la fe te haga estar tan campante cuando se muere alguien querido, o que afrontes con armadura una  enfermedad larga. Es que hay otro tono musical, siendo el tempo en todo caso el mismo, lento, muy lento. Qué bien lo cuenta Rosa con tan pocas palabras.

Al final de las páginas de “La ridícula idea de no volver a verte” notas que esa elipsis tan discreta y tan elegante, tan ligera, con la que Rosa Montero pasa de puntillas sobre su propio dolor y sobre la posibilidad de encontrarse con el que quiso tanto no es más que ese deseo tan humano nuestro de volvernos a ver, de encontrarnos. Hasta el propio título lo dice claro. Es como si se le escapara.

Y es que eso tan humano está tan metido dentro de nosotros, nos es tan nuestro, que quizás es una pista o un rastro para entender que estando hechos todos para la muerte, la muerte no puede ser el final. Y no es un deseo sin más, es algo que explica sin explicar que la fe es más que un consuelo o un cuento infantil para consolarnos. La tenemos dentro en semilla, está ahí palpitando, como esos brotes que ves que luchan por salir entre las piedras en el campo.

Estos días navideños son muy especiales precisamente para las personas que echamos ya de menos a alguien. Echamos de menos a los abuelos. Echamos de menos a los padres. Echamos de menos en algún caso a hermanos que ya no están con nosotros. Y echamos de menos y mucho a amigos que se fueron pronto. Pero también estos días se echa de menos no sólo a quienes se fueron sino otras faltas que también son muy importantes y de las que a menudo no se habla.

Yo recuerdo no hace tanto ese dolor tan especial de no tener un compañero y que lo sentía muy especialmente en Navidades. Rodeada de familia, de amigos, con mucho cariño siempre, pero ese compañero que yo tanto buscaba no estaba. Y me dolía. Así que entiendo muy especialmente ese sufrimiento que hoy tanto se tapa.

Cuánta gente sola también estando supuestamente acompañada. Esa es quizás la soledad más grande. La soledad de los emigrantes, la soledad de los niños, a menudo tan olvidada, la soledad de muchas mujeres que no paran y que parece que lo tienen todo, la soledad de tantos ancianos.

Y luego, a la vez, cuánto silencio necesitamos para poder realmente estar con alguien. Estar con los demás me parece a mí que es lo único importante. Y es lo que nos recuerdan las Navidades. Dios con nosotros. Dios hecho carne, que estuvo y que está.

Les deseo a todos los lectores de Adiciones unas felices Navidades. Que estén acompañados, que acompañen. El resto no importa nada.

Aurora Pimentel

Comentarios

  1. Precioso artículo. De otra manera, Platón plantea admirablemente el mismo tema en “El Banquete”, en el mito donde cuenta el nacimiento de Eros. El deseo, según el mito platónico, no es sino el presentimiento de un bien que nos colmará, o, tal vez, el recuerdo confuso de haber poseído antes esa riqueza cuya falta o ausencia nos duele como un zarpazo: ese dolor por el bien perdido o ese ansia del bien presentido es lo que nos hace buscarlo. Luego, están San Juan de la Cruz (“Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?”), y los Salmos (“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”; “Como la cierva busca corrientes de agua, así te ansía mi alma, Dios mío”). En todo caso, el germen de vida y de eternidad está ahí, agazapado, dentro de nosotros, y nada lo puede sofocar. No he leído el libro de Rosa Montero, pero me entran muchas ganas de leerlo. Bendita sed, y que no se nos pase nunca. Feliz Navidad, Aurora. Verónica

  2. Verónica, gracias por tu lectura y comentario que explica tan bien lo que está ahí, como dices tú… agazapado.

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