Domingo, 23 Abril, 2017

El pesebre


msolano20131220-foto1Desde pequeña he sentido una especial predilección por la palabra pesebre. Puedo cerrar los ojos y veo un pequeño cajón de madera bastante tosca, con los clavos sin terminar de encajar en las esquinas. Ahora siento el olor algo seco de la paja dorada. Y encima imagino al Hijo de Dios fajado en telas blancas, como se hacía tradicionalmente con los recién nacidos.

La paja, por muy dorada que sea, pica. El cajón de madera no estaría lacado ni barnizado sino astillado en algunos sitios por los mordiscos del ganado. Belén, como esa Jerusalén asolada en estas mismas semanas por una brutal tormenta de nieve, era un sitio helador con noches en las que las temperaturas caían muy por debajo de los cero grados. La mula y el buey, si los hubo, que los habría, o las ovejas o cualquier otro animal refugiado en la pequeña majada que sirvió de portal, dan calor, pero ni de lejos como el de un buen radiador.

Y allí vino a nacer. Allí quiso Dios, de entre todos los lugares del enorme mundo que había creado de la nada, que naciera su único Hijo para salvar a la Humanidad desde su propia humanidad.

Traigo esta escena a colación por dos motivos. El primero es muy evidente: es la semana de Navidad. El segundo es menos evidente. Hemos olvidado el verdadero significado de esos signos con los que “adornamos” la semana de Navidad. Ponemos el Belén pero no nos trasladamos a Belén. Adecuamos el pesebre, pero no imaginamos cómo estuvo el Niño en el pesebre. Colocamos la corona de Adviento sin saber lo que significa esa espera. Y así, con un todo fragmentado, no hay manera de entender qué estamos celebrando.

Cuadro hiperrealista del pintor chileno Felipe Riesgo

Cuadro hiperrealista del pintor chileno Felipe Riesgo

Así que merece la  pena volver al pesebre, a la inhóspita noche en la que una parturienta y su esposo buscaron sin éxito acomodo hasta acabar cobijados entre animales, en aquellas largas horas estrelladas en las que la providencia llegó en forma de un queso, algo de miel, quizá un trozo de pan de “los hombres de buena voluntad”.

No puedo imaginar cena navideña más frugal que la de la Virgen María y San José en aquella noche cargada de nervios, removidos por los acontecimientos, entristecidos, sin duda, porque solo pudieron darle al niño aquel mísero pesebre para venir al mundo, pero emocionados por tener en brazos al Mesías.

Y mientras, en nuestras cenas aún opulentas aunque mermadas por la crisis que sustituye la cigala por gamba congelada y retorna al buen pollo asado en demérito de exquisiteces de nombre francés, nos ahogamos en las tristezas del tarifazo eléctrico, se nos saltan las lágrimas en el adiós al joven que busca destino en el extranjero y protestamos por niñerías tan ridículas como que llueve en Navidad.

El pesebre. Yo creo que el pesebre será la clave para volver a lo esencial, que es tan simple y tan complejo como que Dios está con nosotros.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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