Lunes, 26 Junio, 2017

PISA, el esfuerzo y la excelencia


clase2Soy profesora universitaria además de periodista. Esta circunstancia me ofrece un balcón privilegiado sobre esa realidad que ha dejado patente el informe PISA, ese que compara el nivel educativo de los países más desarrollados, miembros de la OCDE, y que año tras año nos saca los colores.

También soy madre. Y esta tercera circunstancia me ha permitido conocer cómo se produce ese mágico proceso por el que un niño que casi no distingue los colores, dos años más tarde lee “de corrido”, o el chiquitín que tarda un buen rato en mostrar cuántos dedos corresponden a sus años, consigue hacer restas con llevadas unos cursos más adelante.

Con estos antecedentes me considero autorizada para afirmar que estamos cavando nuestra propia tumba económica cada vez que decidimos excusarnos de nuestro cada vez más urgente deber de afrontar nuestro fracaso escolar. El futuro pasa, necesariamente, por la educación. Basta ver casos como el de Singapur, que han conseguido ponerse a la cabeza del crecimiento con un sistema escolar basado en un criterio muy sencillo: el esfuerzo por encima de todo.

Y mientras tanto, seguimos mirando con añoranza en toneladas de columnas de opinión el peculiar sistema finlandés para ver si podemos copiar a nuestros nórdicos convecinos, sin caer en la cuenta de que también se basan en otro criterio muy sencillo: la excelencia por encima de todo.

clasePero el sistema español ha denostado el esfuerzo y, por la vía de los hechos, ha cerrado las puertas a la excelencia. El esfuerzo cayó en el saco roto del mismo relativismo que ha convertido a los niños en seres hiperprotegidos por unos padres ausentes, incapaces de educar con disciplina carcomidos por el sentimiento de culpabilidad que les produce no estar. A los niños se les resta sufrimiento en la infancia y juventud sin que los padres se den cuenta de que les adelantan grandes sumas de sufrimiento para toda la vida, incapaces de afrontar que la vida casi nunca se presenta como uno la soñó.

La segunda característica de la educación española, la pérdida de excelencia, es consecuencia de la primera. Los padres hiperprotectores de hijos hiperprotegidos exigen a las colegios la misma hiperprotección. Los profesores se enfrentan cada día a la presión exógena de la vigilancia constante de los progenitores. Actúan movidos por el miedo a las reacciones de los mayores ante los castigos de los pequeños. Y, con el paso del tiempo, esa presión etérea pero permanente, les acaba llevando a replantearse sus propios criterios educativos y a rebajar los índices de exigencia. De la mano de una sociedad que huye del esfuerzo, llega una sociedad que abandona la excelencia.

Hemos leído un sinfín de recetas para resolver el problema de nuestras pésimas calificaciones en los exámenes PISA. Pero no habrá receta que funcione sin un cambio sustancial en toda la sociedad, un cambio serio, sereno y razonado de la manera de educar a los hijos, de la forma de entender que el único camino al desarrollo económico pasa por esas aulas en las que, hace solo dos generaciones, ser el octavo hijo de una familia de agricultores en la estepa castellana no  impedía alcanzar el título de Magistrado de algún alto tribunal o convertirse en un prestigioso científico afincado, eso sí, al otro lado del charco.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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