Jueves, 25 Mayo, 2017

Luciérnagas


Hay personas que, al morir, me recuerdan a las luciérnagas.

A estas últimas solo las he visto una vez, en un campo de cultivo de cacao, donde los pies se hunden entre las hojas secas hasta la rodilla y el intruso eres tú, en la casa de los bichos. Esa tarde se convirtió en noche y los árboles del cacao se fundieron con la nada. La oscuridad era total y la luna, nueva. El perímetro de seguridad luminosa alrededor de la cabaña donde Patria y su marido pasaban la vejez era de pocos pasos, y en él nos refugiamos mientras duraba la charla. Pero el joven familiar que vivía con ellos, huérfano y adolescente, acostumbrado por tanto a lidiar con la oscuridad (una descarga mató a su madre, la luz eléctrica ya no le consolaba más que la luna nueva) fijaba la vista en la noche mientras nos oía hablar de lejos, como a la bachata que emitía el puesto de lotería al otro lado del camino de tierra.


¡Cucuyos! ¿Qué son cucuyos? Luciérnagas, me aclaran. Quiero verlas, digo de un brinco, quiero verlas. ¿No hay en España? Sí, pero nunca he visto una. Las risas sobre la chica de ciudad – mientras el anciano se hace un ovillo imperceptiblemente. Tiene miedo de los cucuyos, le contaron de niño que eran espíritus. Tiene 90 años, pero frente a los espíritus uno nunca crece. Nuestro guía sostiene la luciérnaga para que la grabe, que bajo la luz de la farola («¡hoy tenemos suerte, hoy toca luz en nuestro barrio!») se reduce a un bicho con truco.

La luciérnaga vuelve a la nada y sus compañeras siguen brillando a conciencia mientras me sorprendo de la extravagancia evolutiva: de noche los bichos se relajan y pueblan sótanos y caminos porque nadie les ve, aprovechan la oscuridad para alimentar nuestro miedo. La luciérnaga, sin embargo, brilla sobrenaturalmente, se hace ver con más fuerza que bajo el sol.

Irene

Irene Vázquez

Hay personas que, al morir, me recuerdan a las luciérnagas. Durante su vida comparten los días con quienes tengan cerca aunque la gloria no parece estar entre sus prioridades. Pero cuando todo se apaga y quienes las conocimos nos quedamos mudos y apartamos la mirada por no tener qué responder a la nada, ellas brillan, contra toda lógica. Se ilumina una vida llena de grandeza que ellas estaban demasiado ocupadas en vivir como para publicitarla. Se ilumina una vida que nos permite mirar a la muerte.

Hay personas que, al morir, me enseñan cómo se vive. Irene Vázquez era una de ellas – descansa en paz.

Guadalupe de la Vallina

Comentarios

  1. Si la introducción era interesante, el final es emoción. La sensibilidad de la autora es de elogiar. La muerte parece menos dramática.

  2. No conocí a Irene Vázquez. Pero esa sonrisa luminosa y el hermoso escrito que le dedican en esta página hacen que lamente no haberla conocido.

Trackbacks

  1. […] más completa y mejor que hacerse pueda de Lewis”.   Guadalupe de la Vallina, en Adicciones compara su luz con la de las luciérnagas: ”Hay personas que, al morir, me recuerdan a […]

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