sábado, 16 diciembre, 2017

Me equivoqué y me arrepiento

Me equivoqué y me arrepiento


Creo que es uno de los síntomas más evidentes de que algo no marcha en la vida: no reconocer que se hace y se hizo mal y, en consecuencia, sentir que uno debería haber hecho algo de modo diferente.

Me equivoqué y me arrepiento




Hay un valor moral de las acciones y omisiones y no todo vale ni todo tiene el mismo peso ni deja la misma huella.


Hoy cunde ese grito del no me arrepiento de nada, si no formalmente y en palabras, en hechos.

poevis_aOír cantar a Edith Piaf es siempre una maravilla.  “No, je ne regrette rien” es una de las canciones más bonitas. Pero eso no implica no caer en la cuenta de la trampa tan habitual hoy en día de resistirse a reconocer errores propios y de arrepentirse.

Creo que es una de los síntomas más evidentes de que algo no marcha en la vida: no reconocer que se hace y se hizo mal y, en consecuencia, sentir que uno debería haber hecho algo de modo diferente. Y, también, intentar –aunque no siempre se consiga- hacerlo mejor, cambiar de actitud o hasta de vida con alegría.

Estoy segura que hay un sentido de culpa enfermizo que no conduce a nada. Pero junto a eso, está el otro extremo de no reconocer que uno es capaz de hacer mal las cosas y, también, de poderlas hacer bien o mejor. Hoy, creo, hay pocas personas que carguen con un sentido morboso de la culpa y, en cambio, me parece que cunde ese grito del no me arrepiento de nada, si no formalmente y en palabras, en hechos. Y a los hechos me remito.

La disolución del sentido de culpa está tan extendido, que no es de extrañar no que no pidamos perdón, que no lo pedimos, sino simplemente que no veamos con claridad el mal que podemos hacer o que hicimos. O que, en otro plano fuera de lo moral, no pensemos que pudimos meter la pata con decisiones mal tomadas, donde pusimos poca cabeza o prisas.

Ver e interpretar lo que uno hace sin que todo forme parte de lo mismo,  podría ser  una costumbre de vida posiblemente reforzada por la religión, pero también en muchos casos por el simple sentido común. Porque fuera también del ámbito moral, la equivocación forma parte de la vida, pero para aprender de ella –esto que tanto se repite- hace falta ver que hicimos mal y por qué lo hicimos.

Leí recientemente un libro que supuestamente iba sobre equivocaciones de grandes empresarios españoles. Esperaba encontrar meteduras de pata garrafales o más discretas y el reconocimiento de personas sensatas sobre qué se equivocaron y, cómo, si pudieron, arreglaron el error que cometieron. Y me encontré con un texto donde, casi sin excepción, nadie reconocía una culpa o algo mal hecho. Todos echaban balones fuera y al final, el libro, que tenía un propósito muy loable, acababa siendo vencido por el puñetero orgullo de quienes no reconocen realmente un fallo suyo, no de su entorno, suyo.

Pues esto mismo sucede en la vida política, social, económica, laboral, familiar y hasta de amigos. No siempre se dice la palabra oportuna. Y no siempre se acierta, con buena voluntad e incluso con voluntad menos buena. Pero, más allá de eso, hay un valor moral de las acciones y omisiones en nuestra vida. No todo vale, ni todo tiene el mismo peso, ni deja la misma huella.

Así que aquel “De todo se aprende” es una máxima estupenda si realmente sirve. Pero para que sirva, hace falta ver cómo se metió la pata y por qué se hizo. Y en otro plano, el moral, los pecados forman parte de nuestra vida, hasta el justo, ya lo sabemos peca 70 veces 7. Creo que reconocer esto con paz no es incompatible con intentar darse cuenta del mal que se hace o del bien que deja de hacerse por avaricia, pereza, lujuria, ira, envidia, gula y soberbia.  El resto son memeces aunque las cante Edith Piaf estupendamente.

Aurora Pimentel

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