sábado, 21 octubre, 2017

Breaking Bad o cómo echarse al monte


Traduzco “Breaking Bad” por “echarse al monte”. Es una construcción anglosajona que lleva mucha dificultad para ponerle patas en castellano, aún así creo que es la traducción más ajustada. Un par de decenas de guionistas andan detrás de este producto televisivo que ha arrasado en los últimos años la pequeña pantalla de las casas de todo el planeta. “Breaking Bad” es una serie de la AMC que cuenta en cinco temporadas la historia de Walter White, un químico de mediana edad, profesor de secundaria en un colegio de Nuevo México. Está casado, tiene un hijo adolescente con deficiencia psicomotriz y un bebito en camino. Muy pronto sabremos que se le diagnostica cáncer y, al no contar con los ingresos debidos para dejar a su familia en posición saneada, decide meterse en el negocio de la droga como cocinero de metanfetaminas, el famoso “crystal” que anda llevándose a miles de incautos a la otra vida.

acce6ff050841827bacadf98cb51f843Estamos ante la historia de la transformación paulatina de un hombre vulgar, más bien poca cosa, incapaz de destacar entre los suyos, en ave rapaz, una bestia despiadada, resuelto a tomar decisiones que, por mor del interés de los que aún no conocen la serie, debo callarme. Es el relato de un cambio, una conversión por goteo hacia el terreno más pantanoso del ser humano. El prodigio de cada temporada es que no asistimos a la moral estática de un personaje, es decir, al prototipo de malo que nació malo, al pirata que vino al mundo con un puñal entre los dientes.

White no es uno de los títeres de Falcon Crest, ni es mafioso, ni mentiroso compulsivo, ni nació para matar. Es el vecino de la puerta de al lado que, en el uso de su libertad, va haciendo de su vida un infierno que es incapaz de reconocer.

Existen varios filósofos y literatos que se han puesto manos al teclado para hacer críticas apasionadas del producto. Mi tesis es que si nos tomamos el hombre como pura química, en él no existe la fijeza de una identidad, sino que todo debe fluir, da igual tomarse un helado que robar un coche o acariciar la cabeza de un niño. Pero si gozamos de una naturaleza genuinamente nuestra, todo aquello que la mengüe va dejando rastro de caracol, un deterioro viscoso. Decía Bernanos en el “Diario de un cura rural” que si Dios nos mostrara cuánto influyen en los demás nuestras acciones, no seguiríamos con vida. Y en “Breaking Bad” no vemos sólo el deterioro moral de un ser humano, sino cómo arrastra consigo todo cuanto toca.

Javier Alonso Sandoica

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