sábado, 16 diciembre, 2017

Becar o no becar, he ahí la cuestión


graduacionNo se imaginaba el ministro de Educación, José Ignacio Wert, la que se le iba a liar cuando anunció, mediante un escueto comunicado, que el grifo del Erasmus se cerraba hasta un leve goteo. En realidad, han sido las nuevas tecnologías las que le han jugado una mala pasada. Desde una universidad en Laponia hasta la cálida Malta, bastaron unos minutos para que en todo el orbe los jóvenes se enterasen de que España cambiaba las reglas del juego en medio del partido.

Fue tal el barrido del Trending Topic, tal el clamor de los vídeos que recorrieron las redes sociales, vídeos modelo, no ya mi cámara y yo, sino mi smartphone y yo, que el ministro tuvo que entonar un mea culpa, corregir la decisión y echar balones fuera, eso sí, contra la imprevisión de Hacienda.

Hasta ahí una noticia que ha tenido en vilo en estos días a miles de familias españolas que ya tienen a sus retoños allende las fronteras e iban a ver mermados sus ingresos en unos insuficientes pero necesarios 150 o 200 euros mensuales. Pero lo que subyace detrás de la polémica que, por cierto, no se ha retirado para el próximo año, es con qué criterio se concede cualquier tipo de beca.

El problema es de fondo y ahí está la clave. Por estereotipar la cuestión y llevarla hasta extremos que hagan más comprensible dónde radica la división, la duda está en si se debe dar menos dinero a cuanta más gente mejor o dar más dinero a los buenos estudiantes. El planteamiento es una evidente simplificación, porque caben circunstancias intermedias en función de si prima más la renta familiar o priman los buenos resultados académicos.

graduacionCuando se prima el criterio de la renta, se está primando un criterio de evidente caridad que busca el evangélico precepto de amar al prójimo como a uno mismo: se persigue que las personas que menos tienen accedan, por la vía de las ayudas oficiales, a las mismas facilidades académicas que las personas con recursos. Nada que objetar a esta muestra de generosidad social que da mayores oportunidades a quienes habrían visto limitado su futuro por su presente económico.

Pero si las ayudas se aportan sin criterio académico alguno, solo con el económico, se corre el riesgo de dilapidar un escaso dinero porque, por el afán de tener iguales oportunidades, personas que no querían realmente hacer el esfuerzo de estudiar, ocupan una silla y una mesa financiadas por otro sin más mérito que la brevedad de sus ingresos.

Entonces entra el corrector de la nota. Lo que se prima en este caso es el buen desempeño de las competencias exigibles a un estudiante, y se evalúa mediante notas medias y sistemas similares. También tiene esta opción su reflejo evangélico que queda recogido en la parábola de los talentos. En este caso, lo que propicia la administración pública es que el ponga sus talentos a funcionar, tenga muchos o pocos, les saque el mayor rédito posible. Así, solo los brillantes consiguen una beca financiada.

En realidad, lo que ha demostrado el escándalo Erasmus es que no sabemos lo que queremos. Hace solo unos meses, se montó el escándalo del 6,5 porque se pretendía quitar la beca al que tuviera malas notas. La calle estalló en protestas porque los ricos tontos o vagos, que no necesitan beca, podrían estudiar, mientras que los pobres tontos o vagos no podrían.

Esta semana se anuncia que la beca Erasmus solo irá vinculada a la Renta y el estallido ha sido brutal, cierto es que en parte se debe a la primera y equivocada intención de cambiar las reglas de juego con el partido empezado.

La realidad es que España tendría que hacerse mirar esta enfermedad cortoplacista y comprender que, sea cual sea el criterio aplicado para becar a alguien, el objetivo siempre tiene que ser una inversión en la persona para que la persona invierta, a su vez, con su saber, en el bien común.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

 

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