Domingo, 23 Abril, 2017

A la luz de noviembre

A la luz de noviembre

Nombraron en misa los nombres de mis familiares muertos junto a otros de otras familias. Quedaron prendidos allí encima del altar, de las reliquias que al iniciar la misa besa el sacerdote al arrodillarse.

A la luz de noviembre




En algunos países los cementerios no están fuera de las ciudades, sino dentro.


Ver el final de la vida de frente y verlo antes de que a cada uno nos llegue era algo normal antes en la vida de la gente

altar_wEste mes en el que recordamos a nuestros muertos tiene una luz especial, cada vez más tenue. Bajo a Madrid y atravieso la sierra, unas nubes plomo casi negras, sale el arco iris a mi izquierda. Miro a los chopos con su amarillo intenso a un lado y otro de la Nacional VI.

Visitar el cementerio es una buena costumbre. Recuerdo un viejo profesor italo-canadiense que reconocía que el campo santo era uno de sus lugares preferidos para pasear. En algunos países los cementerios no están fuera de las ciudades, sino dentro. “Elijo siempre una tumba de una familia italiana o latina, están más cuidadas, y allí me siento…”.  Ves a familias enteras, niños jugando entre las tumbas, viudas recientes todavía con su pena. Y flores, muchas flores, hasta tiestos.

Pagar los muertos”, o sea, pagar el seguro de entierro, era una costumbre de muchos mayores nuestros. Pagaban muchísimos años para asegurarse un entierro en condiciones y, sobre todo, para no dejar a la familia el tema. De ahí vienen aseguradoras con nombres tan sugerentes como “El ocaso”.  Mi madre no descansó, literalmente, hasta que se aseguró que tenía un hueco para ella en el cementerio del pueblo.

Mes de buñuelos de viento, de castañas, de misas también en recuerdo por nuestros muertos, por las ánimas del purgatorio. A menudo se entiende mal esto. E incluso con fe a veces se puede creer que es una especie de transacción que la costumbre arrastra en estas fechas.

Nombraron en misa los nombres de mis familiares muertos junto a otros de otras familias. Quedaron prendidos allí encima del altar, de las reliquias que al iniciar la misa besa el sacerdote al arrodillarse. Flotaron en el aire esos nombres tantas veces repetidos, sus vidas enteras entrelazadas con las nuestras, sus pecados con los nuestros, su amor con el nuestro.

Visito a un familiar muy anciano y enfermo. Tiene miedo, muchísimo miedo.  No puede quedarse solo, sales de la habitación a por algo que te pide y te está llamando. “Cógeme la mano, qué malito estoy…”

Ver el final de la vida de frente y verlo antes de que a cada uno nos llegue era algo normal antes en la vida de la gente, habituados como se estaba a que se murieran niños muy pequeños. Acostumbrados también a que las personas murieran en casa, los velásemos después, y se  llevase por ellos luto.

Las costumbres cambian y creo que no hay nada de malo en ello. Pero quiero vivir teniendo  bien presente a mis muertos y a mi muerte. Sé que el miedo no me lo quitará nadie, que la fe no soluciona un tránsito que siempre cuesta, ni alivia tampoco la pena por los que se han ido. Sólo la hace como esa luz de noviembre que pone todo más en relieve,  con esos chopos amarillos a un lado y otro de la carretera, tan bonitos, tan alegres.

“In God’s own time, we shall meet again” lei en la lápida de un cementerio inglés. Pues eso. Allí nos veremos.

Aurora Pimentel

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