Viernes, 23 Junio, 2017

Trabajar para dar trabajo


construyNo vamos a engañar a nadie. Nuestros parados van a tener muchos problemas para acceder al mercado laboral y afirmar lo contrario, por mucho brote verde que queramos ver, sería engañarse. Salvo alguna profesión sorprendente, como la de pastor o la de zapatero, remendón, claro, no el que mira las nubes, la inmensa mayoría de los nichos de mercado profesionales se encuentran en manifiesta decadencia. Miles de personas con sobrada experiencia profesional están buscando empleo y no es fácil pescar en un caladero donde escasean los ejemplares.

Pero hay hueco. Y hay esperanza. Perder la esperanza sería un atrevimiento puesto que, por dura que sea la situación que atraviesa el parado de más larga duración, aún está a mucha distancia de la situación del eritreo que se juega la vida en una barcaza camino de un falso sueño en Lampedusa.

¿Dónde está ese minúsculo hueco, esa última oportunidad? No tiene señales luminosas de neón, no va a a parecer ante nuestros ojos con claridad meridiana y no va a ser fácil el camino que llegue hasta ella. La nueva oportunidad exige poner en solfa una palabra que está muy de moda: emprendimiento.

Decían hace solo unos días en unas charlas sobre la materia celebradas en la Universidad CEU San Pablo que el emprendedor no tiene por qué ser un joven rubio, de ojos azules, con tres títulos académicos, cuatro másteres y un sinfín de idiomas, aunque todo eso le ayudará. Tampoco tiene que ser, necesariamente, el modelo del gran empresario. Un emprendedor es, sencillamente, una persona dispuesta a sacrificar su tiempo de trabajo no solo para conseguir dinero, sino para satisfacer esa necesidad que ha detectado que tiene la sociedad y, al mismo tiempo, para soñar con que su sueño será también el sueño de aquellos a los que dé trabajo en el futuro.

He conocido a uno de esos emprendedores. Tipo brillante donde los haya. Brillante en su sencillez. Ha montado una empresa, un de esas llamadas start ups, que es sinónimo de “yo conmigo mismo y, en el mejor de los casos, un becario”. Hoy su plantilla ya supera los 30 trabajadores y su negocio crece como la espuma. Su buen hacer lo está paseando por todos los medios de comunicación y con eso gestiona la mejor publicidad, la que es gratis y desinteresada.

remosDe su relato sobre cómo montó  www.8belts.com, una empresa de enseñanza del chino que promete al cliente que lo hablará en ocho meses y, de lo contrario, le devuelven el dinero al cliente, me han llamado la atención dos valores que son los que marcaron la puesta en marcha de todo su proyecto. El primero, el trabajo. Cuatro años de esfuerzo infinito a precio cero que han dado como fruto dos años de empresa sostenible y con crecimiento mesurado. El segundo, el espíritu. Este recién estrenado empresario, baqueteado en rotundos fracasos, tenía una idea en mente: que su negocio sirviera para ayudar a los demás tanto por lo que ofrecía como por los empleos que esperaba generar.

Estés el camino nuevo que hay que seguir. Hay que encontrar el hueco, ese ámbito que permita aportar no sólo valor añadido sino más valor añadido que el resto. Y para eso hay que estudiar muy bien el entorno. Así lo han hecho esos agricultores que están comercializando la cosecha por internet y venden calidad, o la carnicera del pueblo en el que veraneo en Asturias, que ha montado un sistema de envío de carne envasada a sus fieles clientas urbanitas de cada agosto, o un pintor al que he conocido y que, por muy poco dinero más, se compromete a dejar la casa en perfecto estado y cuando se marcha hasta los cuadros y las cortinas están donde estaban.

No son rubios de ojos azules, no tienen cuatro titulaciones y varios idiomas, pero están dispuestos a trabajar por un sueño que ayuda a la sociedad y que, además, da trabajo.

María Solano
@msolanoaltaba

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