Viernes, 23 Junio, 2017

Mañana tras la devaluación vía sueldos


bubleDice el ministro de Hacienda que los sueldos no han bajado, sino que han moderado su subida. Tamaña grosería produjo un enorme ataque de urticaria sobre el corazoncito de millones de españoles, tanto funcionarios como empleados del sector privado, tanto autónomos como trabajadores por cuenta ajena, que han visto cómo se volatilizaban en unos años todas sus expectativas de desahogo económico.

En el común del sentir está que Montoro mintió o, en el mejor de los casos, erró, al lanzar esta apreciación de la moderación de la subida de los sueldos. Porque es posible qu e la torticera estadística, capaz de generar realidades paralelas, sí le esté diciendo al ministro que los sueldos no están bajando. Y es que, como lleva advirtiendo Cáritas desde que se puso nombre a la crisis, uno de los problemas de estos años de recesión es el aumento de la brecha entre pobres y ricos, que en España se había visto bastante moderado gracias al brutal desarrollo de la llamada clase media. Pero lo cierto es que ricos, como meigas, haberlos haylos. Y sus sueldos elevados y elevables, desvirtúan significativamente esas medias que luego utiliza el ministro.

Pero no era el objeto de este texto analizar las palabras de Montoro, sino analizar qué ha pasado con nuestros sueldos y qué va a pasar con ellos. Empezamos por la parte menos grata, que nos granjeará la enemistad de no pocas personas. En España, había un sensible número de trabajadores que cobraba muy por encima de sus posibilidades. Y no nos referimos solo, aunque también, a los directivos de empresas cuyo mayor logro ha sido solicitar un concurso de acreedores, dejar a miles de empleados en la calle o forzarlos a cumplir condiciones leoninas. También cobraban por encima de sus posibilidades muchos de los que participaron del llamado boom inmobiliario.

Si las consecuencias de la burbuja de viviendas se hubieran circunscrito a un ámbito cerrado de compraventa, el mercado se habría regulado con cierta facilidad y solo se habrían visto afectados algunos sectores muy concretos. Pero ese crecimiento económico basado en el ladrillo derramó falsa riqueza sobre muchos empleados. Se dieron paradójicas circunstancias en aquellos años de bonanza en los que un montador de cocinas o un albañil sin cualificación cobraba más que el profesor que enseñaba a sus hijos o el médico que atendía sus dolencias.

dineroSin embargo, el valor añadido que producían esas personas para la sociedad no era comparable, y ese globo estalló con mucho más estrépito, por sus consecuencias sociales, que el de los pisos. Así que el ajuste de salarios en algunos sectores de la economía entraba dentro de lo lógico después de unos años en los que todo se movió en el terreno de lo ilógico.

Pero aprovechando la difícil coyuntura, la coletilla justificativa de la crisis económica ha provocado un descenso generalizado de la inmensa mayoría de los salarios. Cierto es que el poder adquisitivo no ha descendido en proporción tan grande, puesto que hemos experimentado en paralelo un freno ligero en los precios. Pero el sumatorio final sigue dando negativo y en la mayoría de los hogares entra menos dinero que ates y se consume menos que antes.

España se ha adaptado sorprendentemente bien a esta nueva situación de pobreza sobrevenida. Ya sea por nuestro carácter mediterráneo de resignación, ya por el apoyo incondicional de las familias, el único sustento de ánimo y bolsillo en estos tiempos, el ciudadano medio se ha apretado el cinturón hasta extremos insospechados casi sin protestar.

Pero, ¿qué va pasar mañana? Mañana -un mañana literario, sin fecha, a medio plazo-, los brotes verdes empezarán a dar sus tímidos frutos. La economía se reactivará y las empresas de una España al borde de la demolición y con costes laborales muy reducidos serán exportadoras en el mundo entero. Pero los empresarios tardarán mucho en volver a subir los salarios que con tanta rapidez bajaron. Con sueldos más bajos y una economía reactivada, lo más probable es que la inflación vuelva a hacer acto de presencia. Y ahí llegará la segunda devaluación vía sueldos, porque el esfuerzo para comprar será, durante muchos años, el propio de una crisis, aunque la crisis sea solo un mal recuerdo.

El sueldo tiene que ser el justo pago por un trabajo, no un arma económica de amplias consecuencias. Si no, no hemos entendido nada sobre quien es el hombre.

María Solano 

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