sábado, 23 septiembre, 2017

Elogio de la frontera


lafrontera

A mí nunca me enseñaron que la frontera es un lugar al que mirar con prevención, ni tampoco me dijeron que las fronteras no existen, que son inventos de guerras y de gente entretenida en ponerle coto a las tierras. A decir verdad, de las fronteras nunca me han hablado gran cosa. Mi primera salida más allá de mi país fue a Portugal, que es como ponerse a andar nada más que unos cientos de kilómetros. Lo primero que admiré fue que los pájaros sostuvieran el mismo trino que los de acá. Y en los árboles no existían marcas de posesión, como divisas de ganadero, que bien se las traen para untar a sus toros de cosas propias. Portugal era más de lo mismo que España, sólo que más allá. Este fue mi descubrimiento. Yo estaba allí, de aquello era plenamente consciente, había hecho un viaje y había cruzado una frontera, un tanto insípida, pero mi posición era bien otra. Venía de Madrid y me hallaba de repente más allá de España.

Yo creo en la frontera. Me gusta cruzar las casas de los otros, que no son la mía, y me que me pregunten si me apetece una taza de café. Me gusta olisquear países donde todo es inusitadamente extraño, con sus bailes zíngaros y teatros kabuki, que te tienen que explicar los muy adictos para que no te duermas. Creo que sin frontera no hay hospitalidad, y sin ella se desvanecen dos figuras muy queridas, la figura del anfitrión y la figura del huésped. Me atrae poderosamente llegar a tientas a la frontera del otro.

Con el otro hay solución de continuidad, no me prolongo en él, él es perfectamente otro, ajeno a mis apetencias o prolongaciones de mis manos. El otro es un enfrente. Toda frontera es un misterio, y más la frontera personal, a la que no puedo acercarme sin permiso, sin el toc toc de una sugerencia. Y la vida es así, un tránsito entre fronteras personales en las que delicadamente entramos y salimos. Ese quizá es el quicio de la amistad, saber franquear relaciones con delicadeza. Me aburre el discurso de los que dicen que la frontera es un constructo de las mentes dirigentes para obligar a separar al común de civiles.

Hemos convertido las fronteras en espacios subversivamente individualistas, donde nadie se inmiscuye porque se prefiere el cerramiento. Más que fronteras hemos creado un subproducto de muros y fosos para evitar que vengan los de fuera a molestarnos. Pero eso no es natural. Es natural que toda frontera sea posibilidad de un encuentro. Y de un encuentro en el que se aprende todo. Retengo unas frases poderosas de Simone Weil cuando escribió que “el hombre tiene en el exterior las fuentes de la energía moral, como ocurre con su energía física (alimento, respiración)”. Es absurdo intentar la liberación por medio de mis propias energías. Necesito franquear mi frontera para llegar al otro, como el otro necesita ser invitado por mí, cruzar la línea blanca de mi mundo y compartir charla.

El necio lleva recelo por lo foráneo, el hombre libre pone su frontera a disposición de ser hollada. La frontera habla de la belleza de la diferencia, del aprendizaje de lo que no es propio, de la dignidad que no se abarca.

 Agustín Guzmán del Buey

 

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