sábado, 21 octubre, 2017

Las Cuatro Estaciones


Conóceme porque soy como el viento

Jesús Ayet

Enheduanna

Enheduanna

Es posible que la primera manifestación linguística proferida por la humanidad tuviera mucho de onomatopeya o de cántico, de devoción o de terror hacia lo nombrado, acaso fuera un grito o un susurro de dolor o de alegría. Según Spengler, el primer cometido del lenguaje fue el diálogo. ¿Cuál será el último? El primer autor conocido de la historia es una mujer que vivió durante la Edad del Bronce: la sacerdotisa y poetisa acadia del siglo XXIV a.C. Enheduanna, hija de Sargón, el emperador más antiguo del que se tiene noticia. El museo de Filadelfia expone un disco de alabastro encontrado en Ur con los himnos escritos por ella en alabanza del dios Nanna y de Inanna, la divinidad sumeria del amor más tarde conocida como Ishtar. Escuchemos el comienzo del poema conocido como Exaltación de Inana:

1-12. Señora de todos los poderes divinos, luz resplandeciente, mujer justa vestida de esplendor, amada de An y Uraš. Señora del cielo, la de la gran diadema, la que se adorna con el tocado de sacerdotisa, la que ostenta los siete poderes divinos. Señora mía, guardiana y custodia de los grandes poderes divinos, poseedora de los poderes divinos, recolectora de los poderes divinos, has estrechado los poderes divinos en tu pecho. Como el dragón que ha dejado veneno en los países extranjeros. Cuando ruges sobre la tierra como Iskur, no hay vegetación que se resista. Como una inundación que descendiese sobre los países extranjeros, poderosa en el cielo y en la tierra, eres su Inana.

13-19. Llueve fuego abrasador sobre la tierra, dotado de los poderes divinos de An, la mujer que cabalga sobre una bestia, cuyas palabras son dichas a la orden sagrada de An. Los grandes ritos son tuyos: ¿quién puede comprenderlos? Destructora de los países extranjeros, le das la fuerza a la tormenta. Amada de Enlil, has puesto el impresionante peso del terror sobre la Tierra. Estás a las órdenes de An.

Moisés, según Philippe de Champaigne

Moisés, según Philippe de Champaigne

Estos textos sagrados que traducimos a partir de la versión inglesa tienen su continuación en los muy numerosos pasajes bíblicos de alabanza al Señor, como por ejemplo el comienzo del Cántico de Moisés que encontramos en el Deuteronomio (32, 1-4):

 

Prestad oídos, cielos, que quiero hablar

y escuche la tierra los dichos de mi boca,

descienda como lluvia mi doctrina,

destile como rocío mi palabra,

como llovizna sobre el césped,

como aguacero sobre la hierba.

Pues el nombre del Señor invoco,

dad gloria a nuestro Dios.

Él es la Roca, sus obras son perfectas,

sus caminos son justos,

es un Dios fiel y sin maldad,

es justo y recto.

 

Ezra Pound

Ezra Pound

De la escritura sagrada procede el versículo, la herramienta que sitúa el aliento de estos textos poéticos en las fronteras de la prosa y en las fronteras de la oración y que tanta influencia han tenido en numerosos autores occidentales como Pound o Whitman, Neruda o Cardenal. El hábito hace al monje, y el versículo proporciona una aura neobíblica y neosagrada a todo lo que se vierte en sus insignes cauces. En esta tradición poética se inscribe la escritura de Jesús Ayet, quien se atreve a situar al frente de su último libro, ‘Las cuatro estaciones’ la cita de Isaías ‘Este es mi servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, de quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre él. No gritará, no levantará la voz. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. No desfallecerá ni se desalentará’.

Y tras la cita la extensa, la colosal letanía que intercede en favor del género humano se extiende por las páginas de este libro. ¿Quién intercede? El propio Dios: ‘Puse en ti mi memoria, mis recuerdos, te hice como yo, sensible a los amaneceres y a los días’ –dice el poeta. Un Dios que ha dado la vida y ha producido ese escándalo de belleza y perspicacia que es el hombre: ‘Te hice con mis manos y te soplé mi aliento, te hice respirar’. ¿Qué espera Dios del hombre según Ayet? A nuestro entender el poeta se inspira en la paternidad humana y la ensancha y amplía para referirse a la paternidad divina: ‘Sueño que te llevo conmigo al fin del mundo, para hacerte comprender la vida y el origen del viento’ o bien imagina el sueño de Dios en versos como ‘Te sueño entre mis brazos puro como la lluvia, no una palabra más sino un silencio apenas pronun­ciado’.

Jesús Ayet se esmera en sus pedagogías estelares de los pormenores del inmenso legado de la Creación para que nuestros ojos dormidos aprendan a despertar en los países de la realidad, y para ello se vale masivamente en sus himnos del instrumento poético más poderoso: la anáfora, que el poeta refuerza engastando aquí y allí repe­ti­ciones de los sintagmas en torno a los que construye los poderosos rumbos prístinos del poema y le confiere un ritmo conceptual que nos resulta hipnótico: ‘Porque te di la luz, porque te di las nubes, porque te di la luz del sol y las nubes del cielo/ Porque te di la voz, la luz, las nubes, te di la lluvia de las nubes y la voz de sus truenos/ Porque te di el trueno de la noche y las tormentas, te di la lluvia de los ojos y la llanura de la frente./ Te di la blancura de la nieve en los ojos y puse en tu mirada las estrellas./ Porque te di la luz, te di la noche, te di el amanecer y el movimiento de las hojas de los árboles.’

Esta táctica literaria se escancia en una estrofa original que conforma comple­ta­mente la totalidad del libro: el decaversículo, esto es, la escritura en tiradas de diez versículos donde el poeta constituye un hito en el que vierte, de concepto en concepto, su estro caudalo­sí­simo y poderosamente enumerativo.

En este archipiélago de gemas poéticas hay una que queremos resaltar porque a nuestro entender revela cuál es la intención que anima la escritura de Jesús Ayet: en el decaversículo nº61 leemos ‘dulce como el instante en que acontece todo’. He aquí lo que pretende nuestro poeta: que todo tenga lugar en su escritura, que todo tenga aquí recinto y revelación, oportunidad y cercanía, morada y expansión, hincapié y elogio, que todo llegue hasta la sensibilidad del lector que abre las páginas y escucha. ¿Por qué es esto así? Acaso porque la secreta pretensión de Jesús Ayet sea la de constituirse él mismo en el señor del universo, en una suerte de motor inmóvil aristotélico o bíblico que enumera las gracias de la Creación. ¿Si no es así, por qué hace tantísima mención de lo que nos ha sido otorgado?

El caso es que el libro también recoge la misión que el Creador encomienda a la aventura del hombre. Nuestras obligaciones son nombrar –’Para que nombraras con tu boca cada accidente geográfico y cada uno de los seres vivos’–,  llamar y sentir –’Para que me sintieras y llamaras como llaman los árboles, y como sienten los árboles’–, escuchar –’Sé que me escuchas en el silencio del horizonte’–, amar –’Ama cada soplo del viento que se dirija al cielo o se estrella contra la tierra como si me amaras a mí mismo’– para, finalmente, acoger al Señor: ‘Estaré en tu mirada y estaré en la sonrisa de los labios de tu boca, estaré en tus madrugadas […] cada vez que despiertes’.

Invierno

Invierno

La segunda gran pretensión de Jesús Ayet es convertirse en voz ecuménica del género humano, y en su libro recoge asimismo algunas de las experiencias límites del hombre: la desorientación –’Perdido estoy en las aguas del mar […] Perdido entre los peces y los monstruos marinos […] Buscando tu palabra en los latidos de mi pecho’–, la elevación –’Me elevas a tu rostro y me alumbran tus ojos’– hasta que se produce una identificación, hasta que se alcanza el solipsismo total y definitivo: ‘Todo tú estás en mí […] Y tu cuerpo es ya mío y tu boca es ya mía y tu voz es ya mía y tu frente es ya mía y tus ojos son míos’.

Entonces sobreviene el gran descubrimiento: ‘Secreto de tu cuerpo en mi interior […] Oh lento movimiento de tu cuerpo en mi cuerpo […] Y soy planeta convertido en ti mismo […] planeta alrededor de ti contemplando tu luz’. Y se derraman los elogios: ‘Águila en vuelo o pétalo flotante’, o bien ‘Árbol en mí’. Las consecuencias de este ascenso místico son dos: El crecimiento del poeta –’Cómo alcanza mi ser tu gran tamaño al mirarte’– y el apostolado ecuménico –’Tu semilla en mi vientre para sembrar el mundo’­– y cósmico –’para sembrar la luna y convertirla en día’–. El primer canto del libro es el Otoño, y concluye con un encuentro amoroso: ‘Bésame, siénteme, hazme de ti con un abrazo eterno, fúndeme en ti, hazme de tus entrañas’.

Primavera

Primavera

La segunda sección, titulada ‘Primavera’, se inicia con un nuevo Diluvio Universal que ocupa cinco decaversículos, y una revelación: ‘Espero tu regreso al Paraíso, lo cuido para ti, siembro el campo de espigas esperando que vuelvas’. ¿A qué se debe esto?: Del texto se deduce que Dios necesita del hombre: ‘No puedo convertirme en fuego ni soplar con el aire si no es con la llama de tu corazón y con el soplo de tu aliento’. Parece que Dios lamentase cómo han ocurrido las cosas: ‘Creatura del tiempo, yo nunca te expulsé del Paraíso’, porque el ser humano es ‘la Creatura más hermosa de toda la creación’. Algún indicio ya teníamos, porque Jesús Ayet escribe ‘Creatura’ con mayúscula, mientras que en las referencias a Dios en el texto emplea las minúsculas.

Y entonces sobreviene una original transformación, ya que es el Señor quien implora al hombre e inicia una extensa exhortación dirigida a todos nosotros: ‘Creatura del sol, dame otra vez tu mano […] Dame a beber tu sueño o el sabor de tu sangre’. Y es que para Dios, según Ayet, el hombre es el Hijo Pródigo ante quien el Padre no deja nunca de mostrarse –’Me encontrarás en ti […] Me encontrarás en el soplo del viento […] en el cauce de los ríos’– esperando que vuelva. Y tal cosa se debe a que el hombre y Dios están hechos de la misma sustancia: ‘Me encontrarás en ti porque soy de tu alma y soy tu alma […] soy de tu garganta y soy de tu palabra’.

En los decaversículos 301 y 302 acaso se resuelva el secreto de este infatigable libro: En opinión del Dios que Jesús Ayet propone el hombre es la cifra de la Creación, el auténtico milagro, y nuestro autor parafrasea con talento el texto bíblico: ‘milagro de mí mismo, creación de mi cuerpo y de mi alma, Creatura de mi propia alma y cuerpo de mi cuerpo’. En la última seccíón de ‘Primavera’ (decaversículo 361 y siguientes) el Señor se dirige a todas las fuerzas del universo –aves del cielo, olas del mar, tormenta, día, noche, fuego– para que cuiden del hombre, se nos declara poseedores de todo lo que existe: ‘Porque de ti y por ti son todas las cosas’ y en una original inversión conceptual de nuestro poeta Dios solicita del hombre toda clase de favores: ‘Déjame acariciar tu rostro con mis manos, déjame reflejar en tus ojos la luz del horizonte’.

Verano

Verano

El ciclo de Jesús Ayet continúa. En ‘Verano’ se nos presenta a Dios y al hombre como imágenes especulares, en un extenso desarrollo de uno de los hallazgos máximos del cristianismo: que el hombre esté creado a imagen y semejanza de Dios. A continuación el hombre expresa en términos cósmicos su esperanza de llegar un día a ser digno de su Creador: ‘Un día seré la luz del sol, un día seré el amanecer, un día seré la cara oculta de la luna’, y le pide a Dios que no lo olvide: ‘cada vez que contemples y enumeres las olas del mar, acuérdate de mí’. ‘Verano’ concluye expresando a lo largo del decaversículo 601 y siguientes la inmensa devoción que el hombre tiene por Dios –’Estar en ti y ser de ti, en ti transfigurado, soñar de ti y despertar en ti, vivir en ti, resucitar de ti’– debido a una convicción: ‘Porque sé que me amas […] me prendo en tu pecho como estrella’ y a un proyecto: ‘Resucitar en ti […] árbol en ti, árbol o fiera en ti, león o lobo en ti, criatura de ti’. Jesús Ayet nos revela que el hombre es el gozo máximo de Dios: ‘Complácete del cielo de mis ojos, complácete del sol, de mi mirada […] complácete del ritmo que llevan mis latidos’ y es consciente de que Dios le ama: ‘Porque sé que me amas […] me introduzco en la luz […] soy del sonido de los días’.

Otoño

Otoño

El libro concluye con la sección dedicada al Otoño. El Dios de Jesús Ayet comienza proclamando unos decaversículos en los que resuenan los mandamientos que Moisés recogió en el Monte Sinaí: ‘Búscame en la caricia de las hojas de los árboles movida por el viento […] en los pétalos de las amapolas y en las semillas que vuelan por el viento’. ¿Qué espera el Dios de Jesús Ayet del hombre?: Que ame. Nuestro poeta se recrea en las comparaciones: ‘para que ames como si fueras un león [..] como si fueras un caballo […] como si fueras un tigre’. Dios nos quiere ver gozar ‘como los ríos en sus desembocaduras, como goza la lluvia mientras riega la tierra’ y desea ser conocido por el hombre: ‘Conóceme porque soy como el viento, porque soy como un soplo de vida por tus ojos’.

Dios ha creado para el hombre el universo –’Creé los estuarios y los deltas, según la conveniencia del terreno, y te enseñé a sembrar los campos con semillas’– y le invita a tomar posesión de tan magnífico reino. La sección concluye con una declaración en la que el hombre proclama su pertenencia a Dios –’hasta mi corazón es de tu propio corazón’–. Todo cuanto el hombre pronuncia ha sido dicho antes por Dios: ‘benditas tus palabras –que hacen eco en las mías’.

André Malraux

André Malraux

Aquí concluye nuestro recorrido por el libro que Jesús Ayet entrega hoy a los lectores. Como prescribe el más elemental sentido poético, es preciso pretender algo insensato para tocar al espectador de una manera nueva, para que lo que está desgastado por haber sido dicho tantas veces suene otra vez de una manera seductora. Si estamos en lo cierto, Jesús Ayet se ha propuesto prolongar en el siglo XXI el texto del Génesis para que no se olvide el hombre de los antiguos profetas y los antiguos dones, para que no desmayen sus precarias creencias en un Dios Padre, en un Dios Creador y en un Dios Amor consustancial al género humano. ¿Leerán muchos este libro? No lo sabemos, pero nos imaginamos que la respuesta a esta pregunta servirá también de refrendo o refutación de la sentencia de André Malraux, para quien ‘el siglo XXI será espiritual o no será’.

Álvaro Fierro Clavero

Comentarios

  1. La mujer olmo dice:

    Muy interesante Álvaro.

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