sábado, 21 octubre, 2017

De medicinas y piedras


Los restos de la furgoneta militar arden en López de Hoyos, el 21 de junio de 1993, tras el atentado / EFE

Los restos de la furgoneta militar arden en López de Hoyos, el 21 de junio de 1993, tras el atentado / EFE

Hay palabras duras como piedras de lapidación. Como piedras de muros de la vergüenza. Hay palabras pesadas como ruedas de molino, que machacan las partes blandas de la convivencia. Verdad es una de ellas.

¿Qué es la verdad? – preguntaba, y era romano: ya había descubierto todo lo útil. Imaginad nosotros que ni sabemos latín. Ha pasado tanto tiempo, cuajadito de guerras de opinión y religiones, como para llenarnos ahora el zapato de pedruscos, que bastante tenemos con lo nuestro. La verdad a secas es una falta de respeto a los muertos y a la hemeroteca. Y vamos mal de dinero, vamos fatal de trabajo, tenemos la crispación a niveles de avispero. La verdad, no parece el momento de ponerse a medir los hechos para adaptar las palabras.

Están las verdades pequeñas, esas sí, que igual valen para un roto que para un descosido y combinan bien con todo. El dolor está en las dos partes, ponte un poco en su lugar, es otro punto de vista. Tu verdadita, la mía, cada una con su correa para que no lleguen a morderse mientras nos preguntamos por las vacaciones sin torcer la sonrisa. Cada uno con su verdad y Hacienda en la de todos – ¿o cómo era?

La verdad en posesivo – la tuya, la mía – es el mejor complemento en cualquier foro, para invierno, verano o entretiempo. Imprescindible para los razonamientos. Pero, así a ojo, parece que la vida real es de una intolerancia aplastante. La vida real es facha, nazi y estalinista. Lo sabes, ¿a que sí? Que cuando te preguntas si la mirada huidiza que se gasta desde anteayer esconde un beso ajeno, no te las terminas de arreglar con verdades relativas. ¿Le besaste? ¿Me quiere? ¿Robó? ¿Ordenó usted el código rojo? Claro que somos capaces de soportar la verdad, es más, la vida nos hace aguas cuando las certezas empiezan a deshacerse como terrones bajo el chorro de café. La incertidumbre sobre lo que nos sustenta lo consume todo en silencio, como un fuego oculto bajo una montaña de tierra. Uno se da cuenta porque hasta lo más intenso deja un regusto a cenizas.

Por eso Pablo Romero sabe perfectamente lo que busca, con una claridad envidiable: “Ni venganzas, ni condenas justas o injustas. Ni perdón, ni olvido, ni rencores o revanchas. Todo eso me da igual. Yo sólo quiero saber la verdad.” Y no es capricho, da la razón más arriba: “Conocer la verdad de lo que sucedió aquel día maldito, el 21 de junio de 1993, es para mí la mejor medicina para una herida que probablemente no sanará nunca.”

De piedra a medicina. El camino que hacen las cosas cuando importan en nuestra vida. El único camino que, la verdad, me interesa. No sé a ustedes. Será que Pablo y yo somos antiguos.

Guadalupe de la Vallina 

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