Jueves, 17 Agosto, 2017

Las ceras deshechas (comuniones de los 60)

Las ceras deshechas (comuniones de los 60)

Ha sido todo muy emocionante y estoy muy contenta: ahora podré comulgar todos los domingos como papá y mamá hacen, no sólo estar en Misa a su lado.

Las ceras deshechas (comuniones de los 60)




Dentona, sonriente y feliz por recibir a Jesús, aunque pensando en las musarañas, distraída, mi madre me llama la atención simplemente con la mirada cuando pasa a mi lado a comulgar.


Me tumbo en el sillón de mi abuela, colgadas las piernas de un brazo y la cabeza apoyada en el otro, y me quedo dormida. Estoy agotada y feliz. Jesús dentro.

Recordatorio-A-Orte-1Primera comunión, 2 de junio de 1968, once de la mañana, el sol muy fuerte. En el banco de San Miguel somos unas veinte niñas inquietas, tenemos siete años. Todas con traje de organza blanco, volantes, jaretas, capotitas, mangas de farol, vuelos y enaguas, salvo yo, que llevo una túnica hueso porque mi madre así lo ha decidido, sencilla y recta, como de novicia o postulante. Me ha dejado, eso sí, el pelo largo para la ocasión. Es mi gran ilusión, tener el pelo largo, y no corto, como lo llevo habitualmente. Ella me dice que tengo el pelo malo y que es mejor que lo lleve cortito, que sale más fuerte. Pero a mí no me gusta nada, parezco un chico, y no quiero parecer un chico de ninguna manera. Así que ahí estoy por gracia materna con mi pelo lacio, escaso y, qué felicidad, largo y suelto, sólo llevo una horquilla pequeña.

Dentona, sonriente y feliz por recibir a Jesús, aunque pensando en las musarañas, distraída, mi madre me llama la atención simplemente con la mirada cuando pasa a mi lado a comulgar. Me he vuelto a despistar, qué desastre. Rezo de nuevo, “Jesús, Jesús, yo quiero quererte, pero es que a veces se me olvida…”. Todo ha salido bien, he podido tragarme la hostia. Don Primitivo nos ha dicho que seamos buenas y nos ha felicitado. Ha sido todo muy emocionante y estoy muy contenta: ahora podré comulgar todos los domingos como papá y mamá hacen, no sólo estar en Misa a su lado.

Salimos de la oscuridad y del fresquito dela iglesia, de su olor a incienso y velas, a un día radiante de calor intenso. Por el viejo Madrid y sus callejuelas vamos hasta la Plaza de Oriente donde vamos a celebrarlo. Antes dejamos en el coche unas ceras que me han regalado, más de setenta, una caja enorme, preciosa, azul y blanca, de Manley. Me encanta pintar y ahí hay más colores de los que una podría imaginarse. Qué suerte tengo.

Celebración de chocolate, churros y zumo de naranja recién hecho en un café que hay allí, frente al Palacio Real. Mi madre está esperando a Luisa, embarazada de cinco meses. Lleva un traje negro y blanco muy elegante y un pequeño broche redondo con perlas. Creo que está de alivio de luto. Jugamos allí y luego deciden los mayores que las niñas vamos a ir a casa de la abuela Aurora, pero solo las niñas, que los chicos arman mucha bulla. Están mis primas de Valladolid, las de Madrid, Marta Huarte, Ana, las Guzmán, doce niñas pequeñas. Nos hacen una foto donde la más baja soy yo, una foto que tendré toda mi vida en mi cuarto para recordarme aquel 2 de junio y mi pequeña estatura rodeada siempre de amigas y primas que me superan.

Al montar en el coche vemos lo que ha pasado: todas las ceras se han deshecho por el calor y forman ahora una masa multicolor, pegadas entre ellas, ninguna puede utilizarse. Me llevo cierto disgusto, pero tampoco demasiado porque estoy fascinada con el efecto del calor y la explicación de mi padre y de mi madre que no le dan la menor importancia “No pasa nada, es una pena, pero no pasa nada…” Me hacían ilusión las ceras, pero sé que las cosas se estropean a veces y no hay remedio.

Llegamos a casa de mi abuela en Avenida de los Toreros, enfrente de la plaza de Toros. Jugamos a lo que juegan las niñas desde su más tierna edad, que es a hablar. Todas planean que van a hacer con su vida y, de hecho, ya lo saben perfectamente. Yo solo tengo ilusiones, pero no planes en concreto.  Me tumbo en el sillón de mi abuela, colgadas las piernas de un brazo y la cabeza apoyada en el otro, y me quedo dormida. Estoy agotada y feliz. Jesús dentro.

(La acuarela de Cristo Crucificado es de Alberto Guerrero Gil)

Aurora Pimentel

Comentarios

  1. Un texto excelente. Muy bonito.

  2. Verónica Ester Casas dice:

    Me ha gustado mucho, demuestra una gran sensibilidad.

  3. Aurora Pimentel, no has cambiado nada…
    Precioso.

  4. Ángel, gracias. He vuelto a la actividad bloguera y a leer En Compostela, es una de las alegrías que me doy últimamente.

    Verónica, gracias.

    Patrapa, el despiste sigue evidentemente. Y el mal pelo. La acuarela de Alberto le iba al texto.

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