Jueves, 17 Agosto, 2017

Choose wisely


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Librería Alberti. Foto de Manu Granadero / Jot Down Magazine.

Han robado la caja fuerte de la librería Alberti. Con la variedad del butrón, los ladrones han abierto un agujero desde el antiguo consulado de Bolivia, ahora vacío, en una bonita muestra de confianza en la buena salud del mercado editorial. No han acertado los pobres imbéciles, no han robado un solo libro.

Nos lo contaba Lola Larumbe el sábado por la mañana, arropada por gente que se siente en casa al entrar en la Alberti. Llevamos vino, empanada, tortilla, abrazos y ganas de comprar libros nuevos. Llevamos incluso un bebé que tiraba ejemplares al suelo de forma entrañable. Mientras, Lola, con su pelo lleno de ideas y sus ojos buenos, sacaba las cuentas y concluía, satisfecha, que recomenzaban a partir de su mayor activo: los amigos. Después, escuchando a Javi Jiménez (de editorial Fórcola) exorcizar el lugar con un buen texto, dejé retumbar la palabra en mi cabeza.

Recordé a un milanés que encontré hace años, cuando se licenciaba en Bellas Artes, creo que en Brera. Su proyecto de fin de carrera consistía en un autorretrato, y pasó semanas dándole vueltas, sin encontrar una perspectiva que le convenciera. De pronto, entendió. El día señalado presentó un gigantesco Moleskine con una decena de retratos, uno en cada página, de compañeros de piso, de clase y de vida: “soy quien soy – dijo – gracias a mis amigos”.

Mientras hablaba Lola, serena y confiada en vez de rabiosa, que habría sido lo normal, pensaba en mi Moleskine particular con una mezcla de orgullo y abrumador agradecimiento. He dedicado esfuerzo y horas, incluso cuando no las tenía, a dejarme encontrar por el trabajo justo. He dejado todo, aunque luego se me ha devuelto, para casarme con el hombre de mi vida. Y el tiempo que dedique a conocer a mis amigos, lo sé desde el principio, siempre se quedará corto. No porque sean amigos míos, sino porque son los mejores.

Escribo “amigo” y me siento, de repente, en un libro de Los Cinco o en un powerpoint de flores, porque hemos crecido fatal. Pero no hay nada más urgente. No hay matrimonio que dure aislado ni trabajo que no se haga árido sin la compañía adecuada fuera de él. No hay vida que mantenga su gusto bajo el peso de las decepciones si no la sostienen rostros que te recuerden quién eres. La crisis no acabará con las fuerzas de aquéllos que tengan abrazos donde retomar el aliento. Pero no da esperanza quien quiere, sino quien puede. He tenido que cumplir los treinta para entender que pocas cosas merecen más nuestra exigencia que aquéllos de los que nos rodeamos. Hay que ser snobs de amigos. No dedicar más de una tarde a quien te hace volver triste a casa (incluso esa tristeza imperceptible, la que se queda entre los dientes cuando te preguntan qué tal te lo pasaste). Ir hasta el fin del mundo con quien te sabe mirar mejor que tú mismo. Nada es más esencial que aquello con lo que perdemos el tiempo: lo saben bien Lola y compañía, que venden libros rodeados de amigos.

Guadalupe de la Vallina

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