Lunes, 26 Junio, 2017

Hombres objeto


Foto: H&M

Foto: H&M

Aviso, para ahorrarme futuras reclamaciones, de que se viene un artículo superficial y sexista. (Pueden quejarse, faltaría más, basta que no me llamen nazi.)

Un hombre guapo es molestísimo. Me refiero a los perfectos, a los que cumplen un estándar casi femenino de belleza, aquéllos guapos como una chica guapa. Si hay más mujeres como yo (y me consta que las hay), entiendo que ser hombre objeto no está al alcance de cualquiera.

Para las mujeres es muy sencillo ser material de póster: es suficiente la anatomía, sea original o de encargo. Digo sencillo, que no fácil porque, incluso para quien haya heredado las proporciones áureas, la perfección exigida a la mujer objeto puede llegar a absorber la totalidad de los recursos económicos y mentales de cualquiera. Si además la agraciada pretende trabajar y ser madre, por decir una locura, hablamos ya de un terreno reservado a Gwyneth Paltrow y otras pocas que hayan negociado lo suyo con el Maligno.

Así que para ellas basta ser. Pero no así los varones, no así. Porque la mujer es el animal más inteligente, no nos vale un hombre reluciente y bien compuesto, nos aburre. Lo cierto es que vosotros tenéis que ser y hacer.

Lo pensaba el miércoles, en Las Ventas, donde acudí por segunda vez (sin estar siquiera segura de que me parezca del todo bien la fiesta, creo que retraso la decisión no vaya a ser que tenga que perdérmela). Como la primera, encontré en la plaza a Castella, vestido de nuevo de lila y tan guapo que hasta es francés. Con su voz prepúber provocaba al toro para conseguir dominarlo y esa tarde arriesgó su vida con maestría. Ése es el nivel: para ser hombre objeto, icono de virilidad, hay que mostrar la valía triunfando, como poco, sobre la muerte. La delicadeza de las manoletinas, las medias y la colorida ropa entallada se salva por la arrogancia del gesto y la brutalidad de la sangre que mancha el traje de luces. (¿Acaso afirmas que la brutalidad es una virtud? ¿Masculina? ¡Anatema! Yo ya lo avisé, no se me quejen a estas alturas del texto).

En el estadio, que es la plaza de una sociedad más sensible, donde las banderillas mutan en suaves cachetes en la cara del delantero contrario, están naciendo los héroes contemporáneos. El futbolista es el nuevo torero: el que afronta el combate, el que triunfa ante la multitud agradecida y por el que suspiran las mocitas madrileñas o de la comunidad autónoma más o menos integrada en la nación española que corresponda. Cierto, también hay directiones, beliebers y otras desviaciones adolescentes, pero adoran a imberbes que sus padres no sabrían distinguir entre ellos. El futbolista, sin embargo, aúna generaciones como antaño el torero.

Pero sin sangre que empañe sus colores y la abundancia de valores y humildad que rezuma el juego, el futbolista objeto, ése que forra carpetas y empapela ciudades, corre el riesgo de deslizarse por la cuesta de la metrosexualidad insulsa, resbalando sobre su propia gomina. Sí, Cristiano, te hablo a ti y a tu ausencia de vello facial, ¡o pectoral! Hablo a tus cejas adulteradas. Hablo, en fin, al pequeño bruto que sobrevive en algún rincón de tu subconsciente: déjale salir a jugar y a ensuciarte un poco.

Yo no conocí al Beckham del Bernabéu. Llegué al Madrid bajo el manto de Gistau, atraída por el confuso y fascinante mourinhismo underground, lo que me acerca a una inevitable orfandad futbolística… Pero echaré de menos a David entre las filas de los futbolistas-objeto, porque triunfó ante niños y mayores, es inglés (no se me ocurre una imperfección más encantadora) y entendió que debía compensar el exceso de guapura embruteciendo su piel con tatuajes. Ahora luce bigotazos de mosquetero y se quita la camiseta, enfundándose trajes a medida like real men do. Deja atrás el infierno del chándal, que anula cualquier elegancia natural; ni siquiera los iconos de este nuevo siglo han podido librarse de la vulgaridad postmoderna. Así que adiós, David, suerte en el negocio millonario que te espere, ánimo con Victoria, que no debe de ser tan mala como intenta pintarse. Comprende su aburrimiento vital: aspira a ser mujer objeto.

Sirvan estas líneas como homenaje a la mujer exigente, la que mejora la raza, que no se contenta con menos de un triunfador del estadio, un escritor con pelazo o un fenomenólogo punk. No escatimen en esfuerzos, amigas, impórtenlos si es necesario.

Guadalupe de la Vallina

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