viernes, 20 octubre, 2017

De peores salieron (II)

De peores salieron  (II)

Hemos dejado la política, que es nuestra, en manos de muchos ineptos y trepas que no han resultado molestos hasta que no han venido las dificultades. El nivel moral general, en declive desde los 80, es clave al abonar también la crisis económica que padecemos.

De peores salieron  (II)




Al país le hace falta (como a casi todo Occidente) una cura de silencio y de concentración, de foco en lo que se hace en cada momento, más ser y hacer bien y menos apariencia.


Gran parte del sistema ha estado montado precisamente sobre el paradigma de un individuo al que se le hablaba solo de derechos y no de deberes.

chisteHacer un poco de memoria puede ayudarnos a ver la crisis actual en su contexto. Adicionalmente, de cómo se vivía y cómo eran y actuaban quienes nos precedieron, se puede aprender algo que nos sirva en este momento. Algo que, quizás, no defina las medidas concretas que este gobierno o el que sea deberían tomar,  pero que nos dé pistas del tipo de ciudadanos, de personas corrientes, que ayudarían a salir de la situación presente.

El primer aprendizaje  de aquellos sufridos padres de los años 50 o 60 fue su ejemplo. Antes se hablaba menos, se hacía todo más en silencio. No había tantísimas teorías sobre todo, ni tantos gurús, ni tanto supuesto experto, columnista, tertuliano, etc. No había en definitiva esa inflación de palabras que padecemos. Se estaba más en el vivir, en la jugada de cada momento, que en el comentario o en la teoría al respecto. Se estaba más en trabajar que en venderse.

Eran tiempos diferentes, lo sé. Pero creo que al país le hace falta (como a casi todo Occidente) una cura de silencio y de concentración, de foco en lo que se hace en cada momento,  poniendo mirada, corazón y cabeza para hacerlo lo mejor que puedas. Más ser y hacer bien y menos apariencia. Los medios, la opinión, los manuales, las redes sociales…  ¿sobran? No, pero el ejemplo es lo que más cuenta. Y en esto nuestros padres fueron maestros.

Madurez. No es sólo que la adolescencia se haya prolongado a veces hasta los cuarenta, es que el ideal parece ser un niño enrabietado. Por eso me produce  pena la manipulación que sufren los indignados y toda la demagogia que se hace al respecto. La lógica indignación que conlleva la crisis, el paro, la corrupción, etc., se deriva  hacia posiciones casi infantiles: tomemos el congreso, el escrache, lo que sea… Es decir, la pataleta o el cabreo permanente como si fuésemos adolescentes, la algarada como sistema.

Creo que se hace un flaco favor a la regeneración democrática cuando lo que se aporta son enfados,  gritos y lemas. Todo en línea con la canción de ese otro niño eterno, Michael Jackson, “We’re the world, we’re the children…”, o la de John Lenon, “Imagine”. Porque ese es el nivel del discurso público y propuestas que tenemos a veces, sin contar la violencia que se ejerce y el nulo respeto a las leyes, algo muy serio.

Creo yo que no hay punto de comparación con todo esto y el nivel de madurez con que afrontaron nuestros padres desde la posguerra hasta la llegada de la democracia. No hay color ni en el temple ni en los modos de aquellos y de estos.

Hay más ejemplos de la inmadurez que hemos alimentado socialmente. Gran parte del sistema ha estado montado precisamente sobre el paradigma de un individuo al que se le hablaba solo de derechos y nunca de deberes. Era más agradable ofrecer beneficios, subvenciones, etc., que salían de una chistera, que pedir responsabilidad, justamente lo que vivieron desde su infancia hasta que fueron viejos quienes nos precedieron.

Porque, además, mientras se nos entretenía con caramelos –vota cada cuatro años, sigue consumiendo, endéudate hasta las cejas, etc.-,  hemos dejado la política, que es nuestra, en manos de muchos ineptos y trepas que no han resultado molestos hasta que no han venido las dificultades, otra muestra del carácter infantil del pueblo español en los últimos tiempos. Es curioso: hasta que no ha saltado la liebre de la crisis aquí no ha habido quien llamara la atención sobre los desmanes que estaban sucediendo.

El nivel moral general,  en caída libre desde los 80, es clave al abonar también la crisis económica que padecemos,  sustituyendo el tejido que durante muchos años había caracterizado la vida de muchos españoles: sobriedad, respeto, dignidad y coherencia.

La idea de que todo tiene un precio, de que alguien lo paga siempre, de que no todo es gratis, de que la democracia, la libertad, etc., suponen siempre un constante y paciente esfuerzo y requiere ciudadanos maduros y conscientes, todo eso, que vivieron nuestros abuelos y padres, se ha olvidado con penosas consecuencias.

Aurora Pimentel

 

 

 

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