Jueves, 17 Agosto, 2017

La evolución es ciega e inconsciente, como un berberecho


la foto (1)Bajo el título “La utopía capitalista y otros ensayos”, Ediciones Palabra ha puesto en circulación un “nuevo libro” de Chesterton. Decir nuevo es una boutade, lo reconozco, pero es tanto el volumen de artículos que el inglés escribiera, que aún restan inéditos por publicar. Aquí, el responsable de la edición recopila materia relacionada con las utopías capitalista y socialista. Todo, por supuesto, tocado con el guante blanco del maestro de la paradoja.

Pero no me detengo en este punto, sino en algo que me ha llamado la atención, porque lo cuenta de paso, y las cosas de paso en Chesterton se convierten siempre en avenidas luminosas. Hay escritores que no sirven para la digresión y, furiosos, les insultamos con frases corrosivas del tipo “este autor se nos va por los cerros de Úbeda”. De Proust habría que besar cada una de las digresiones de “En busca del tiempo perdido”, son microrrelatos dentro de esa gran novela de su vida.

picassoPues Chesterton de repente en un artículo sin fecha, es una pena la falta de información precisa en la edición, habla de la evolución del universo. De eso que sigue siendo moneda de curso legal de nuestro tiempo: que la evolución es la madre de la creación, que a ella le debemos la configuración de lo real, quienes somos, etc. Dice el maestro, “hay, claro está, un elemento evolutivo en el universo; y no conozco ninguna religión o filosofía que lo haya ignorado del todo. La evolución, hablando con propiedad, es lo que ocurre a cosas inconscientes. Crecen inconscientemente o desaparecen inconscientemente”. Es verdad, en cualquier momento hay casi siempre algo que está desapareciendo, y las cosas que andan creciendo están aún sin llegar a su plenitud.

munchMe parece inteligente que junte el término “inconsciente” con “evolución”, porque la inconsciencia es el andador de la evolución, la cual no lleva un timonel preclaro. La experiencia humana da para mucho, entre otras cosas para separar nítidamente entre lo inconsciente (la pleamar, el barrido de los vientos, lluvias y tsunamis) y lo rigurosamente consciente (“El grito” de Munch, la Sinfonía de los Mil de Mahler, el trabajo de un operario con su martillo), donde alguien pone rumbo a la materia. Ni siquiera “Las Meninas” de Picasso son una evolución inconsciente de las de Velázquez, sino otro proceso de consciencia, de maduración, de trabajo. No hay más que ir al museo de Barcelona para asistir al despliegue del proceso que le costó al malagueño atinar con el resultado final.

dudamelChesterton añade, “lo que ocurre cuando todos están dormidos se llama evolución. Lo que ocurre cuando todo están despiertos se llama revolución”. Cuando Gaudí se despierta en plena noche porque por fin atina con la clave de bóveda de su templo, es un acto revolucionario que rompe la evolución de la energía y su pasivo aleteo. La evolución nunca sabe lo que hace, el hombre sí, porque le mete razón y corazón, esos mundos abisales, profundamente misteriosos. El hombre da cuenta a la naturaleza de una capacidad inusitada de parar el sol de las cosas y ponerse a crear. Como si alguien le hubiera puesto en el cordaje de su médula una capacidad de modelar las cosas, para que no sigan un flujo de transformación inconsciente.

La evolución es ciega como el berberecho, pero ¿de dónde diantres nace la cualidad que posee el ser humano para arrebatar al mundo su inconsciencia bruta?

Javier Alonso Sandoica

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